A la mierda los ingleses

Estoy convencido de que cuando Dios quiere castigar a alguien lo reencarna en turista británico. Aunque estoy dispuesto a aceptar que algo mal habrá hecho el turismo español para ser castigado con tanto descerebrado de la pérfida Albión.

La plaga de memos, borrachos, retrasaos sociales e inadaptados que nos envía cada año Gran Bretaña es peor que las siete plagas de Egipto elevadas a la enésima potencia. Que el turismo español haya escogido este tipo de cliente en vez de hacer la competencia a Mónaco o Saint Tropez tiene también su delito, cierto. Todos los años tenemos que aguantar los escándalos de esta gentuza reprimida, incapaz de soltarse el pelo en su casa y que necesita huir a mil kilómetros para desinhibirse, panda de inadaptados. Entiendo además que en España la ley o la sociedad les permite actitudes y comportamientos que no les permite en su casa. Culpa nuestra, evidentemente.

No teníamos bastante con los habituales mentecatos, parásitos sociales, cretinos, inútiles, paletos ingleses, escoceses, galeses de escaso juicio que vienen a emborracharse a nuestras costas, a beber en un día lo que allí beben cada uno de sus infelices fines de semana; no teníamos bastante con esa caterva de monos anglosajones que vienen a saquear en pelotas nuestros supermercados; no teníamos bastante con esa invasión de insectos que, empapados en alcohol de la peor calidad, se arrojan a la piscina desde el balcón de su hotel, no. Ahora ha habido un imbécil supino, un payaso engreído, un gilipollas borracho hasta las trancas que en vez de arrojarse él por el balcón pretendía defecar desde la barandilla de su terraza. Al final han caído él y su mierda, probablemente porque eran la misma cosa.

Claro, que algo de culpa hemos de tener los españoles cuando estas actitudes tercermundistas ocurren año tras año, temporada tras temporada, sin que nadie les de a estos brutos, a estos animales de dos patas, a estos salvajes selváticos, cabestros disimulados, una buena paliza en todos los morros. Una paliza, entiéndaseme, tan estrictamente legal como real, pero contundentemente definitiva como para que no vuelvan nunca más a demostrar que en realidad son cavernícolas con dinero como para comprarse güisqui barato hasta reventar.

Insisto, a lo peor es el turismo español el que tiene que cambiar y dejar de ser el paraíso de sexo generalizado y alcohol generoso. Permitimos en nuestra sociedad lo que ninguna sociedad permite a los suyos, y nos parece bien porque hace tiempo decidimos que habíamos de ser los progres más chupigay del mundo. Cueste lo que cueste. Lo que nos cueste.

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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