La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Noticia bomba (XLV)

La pérdida de papeles se repite con relativa regularidad en la ya prolija y desigual peripecia de la «tribu» periodística

REPORTERO DE GUERRA: Noticia bomba (XLV)
Benito Mussolini, Haile Selassie y la Guerra de Abisinia. PD

Además de dar cierto lustre imperial a Benito Mussolini y figurar en una despectiva estrofa en una canción de la Guerra Civil española mofándose del coraje de los soldados italianos durante la Batalla de Guadalajara, la conquista de Abisinia tuvo el inconmensurable mérito de servir de inspiración a Evelyn Waugh para escribir una de las obras más irreverentes que se han publicado sobre el reporterismo bélico.

Cuando en 1938 Waugh concluyó ‘Scoop’Noticia bomba en la versión castellana- el libro fue presentado como una novela de ficción sobre las aventuras del reportero William Boot en un país imaginario llamado Ishmaelia.

Tanto la búsqueda afanosa de exclusivas por parte de Boot como sus desventuras sobre el terreno o las desquiciadas relaciones con la redacción de su periódico, estaban calcadas de la propia experiencia del autor durante la campaña abisinia (El miserable antecesor de una tribu desgraciada).

Para evitar que su editor o sus competidores lo demandasen por libelo, el corresponsal alteró los nombres y presentó como parodia lo que era la cruda realidad.

Evelyn Waugh.

Durante la Primera Guerra Mundial, la tierna Italia se había alineado en el bando aliado y, como premio a su participación, recibió la promesa de apadrinar económicamente a Abisinia.

Cuando Mussolini llegó al poder, dio por supuesto que ese acuerdo significaba el dominio puro y simple de aquel país. Se trataba de hacer lo mismo que hacían en otras partes de África los ingleses, franceses, alemanes, belgas y españoles.

El problema fue que Abisinia era miembro de la recién creada Liga de Naciones, organismo internacional surgido del Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919.

El emperador de Etiopía, Haile Selassie.

Haile Selassie, su tacaño emperador, estaba convencido de que las naciones europeas no permitirían a los italianos imponer su voluntad y desafió al Duce en la seguridad de que no le dejarían solo si estallaban las hostilidades.

Los periodistas extranjeros empezaron a afluir en mayo de 1935. En octubre, cuando se iniciaron los combates, acampaban en Addis Abeba más de un centenar de reporteros.

En Estados Unidos y buena parte de Europa se presentaba a Mussolini como un pomposo bravucón empeñado en demostrar la redescubierta virilidad latino-romana. Las simpatías de la opinión pública estaban con los abisinios.

Una caricatura del Duce Benito Mussolini.

Todas las citas a Haile Selassie iban acompañadas del calificativo de «León de Judá» en referencia a su supuesta vinculación familiar con la reina de Saba y el rey Salomón.

Aunque no era complicado presagiar el resultado del choque militar, los sentimientos eran tan vehementes que ofuscaron a periodistas y público.

La superioridad italiana era evidente, pero la gente dio por supuesto que los abisinios iban a conducir con brillantez una agotadora campaña guerrillera en la que las tropas del Duce caerían en fosos para leones y serian ensartadas en lanzas y flechas.

El Duce Benito Mussolini.

La desinformación y la falta de objetividad eran tan flagrantes entre los lectores como entre los reporteros encargados de narrar los hechos.

El lúcido Evelyn Waugh, quien cubrió el conflicto para el Daily News, escribió:

«Pocos editores pueden encontrar Abisinia en un mapa y ninguno tiene la más tenue idea de como es. El editor de uno de los principales diarios creía que sus habitantes hablan griego clásico y los que se suponen informados se dividen entre los que imaginan que es una nación semivacía por la que pasean desnudos lunáticos homicidas y los que la conciben como una especie de Tíbet africano, salpicado de glaciares y palacios inviolables.»

Los corresponsales destacados con las unidades italianas no estaban mejor documentados que los situados en Addis Abeba.

El Duce Benito Mussolini, al mando de sus camisas negras.

Muchos de ellos portaban pesadas fajas de lana, recomendadas como remedio contra el cólera por el jefe de los médicos militares transalpinos.

Ninguno sabía lo que los esperaba y muchos se presentaron equipados con rifles, telescopios, mascaras antigás, mochilas y tiendas de campaña. Hubo quien arribó con motocicleta y sidecar.

Ernest Hemingway aconsejó a los corresponsales norteamericanos tomar precauciones, «porque los buitres se comen primero los ojos de los heridos y después les devoran el hígado».

Esta pérdida de papeles se repite con relativa regularidad en la ya prolija y desigual peripecia de la «tribu» periodística.

El 17 de enero de 1991, cuando estalló la Guerra del Golfo, los temerarios corresponsales de la NBC en Jerusalén -a mas de mil kilómetros del teatro de operaciones- enviaron sus crónicas desde el estudio de la cadena de televisión con las máscaras tan encajadas en la mandíbula que no se entendía lo que leían.

En Bagdad, ese mismo día, hombretones que habían disipado una fortuna adquiriendo ropajes mimetizados en las secciones de caza y pesca del Corte Inglés, Macys, Harrods o Marks&Spencer y se habían despedido de sus novias con un sobrio «me voy a la guerra», sollozaban de miedo a la puerta del Hotel Rachid, convencidos de que se cernía sobre ellos el apocalipsis químico de la tercera guerra mundial.

En 1935, Addis Abeba era poco más que un cochambroso villorrio repleto de leprosos, eunucos y esclavos.

Tenía un palacio al que se llegaba por una avenida bordeada por leones de piedra, una estafeta de correos, una estación de ferrocarril, dos cines, una emisora de radio y unas cuantas tiendas regentadas por indios.

Había también un hotel -el Imperial– con treinta habitaciones, en las que se agolparon por parejas, tríos y cuartetos los corresponsales extranjeros.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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