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La directora de 'Fin de Semana' (COPE) destapa la doble vara de medir del podemita

Schlichting retrata en una soberbia pincelada a Iglesias: «Es un macarra»

"El vicepresidente segundo y los suyos prefieren amenazar con una escalada de escraches a las familias de la oposición"

Juan Velarde 21 May 2020 - 17:10 CET
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Cristina López Schlichting no está por la labor de que Pablo Iglesias y su tropa impongan el discurso victimista a cuenta de las caceroladas que han llegado hasta Galapagar (Madrid), donde tiene su casoplón.

La columnista de La Razón tiene claro que el género humano es muy acomodaticio, pero sobre todo muy olvidadizo así pasen auténticas desgracias:

Que aprenderíamos lo que es importante en la vida. Que distinguiríamos entre lo accesorio y lo crucial. Que un pequeño organismo nos ha enseñado humildad. Bobadas, nunca aprendemos colectivamente. Ya tuvimos pestes antes y guerras mundiales y, en lo que llevo de vida, Balcanes y torres gemelas con guerras en Irak y ETA y atentados yihadistas y Atocha.

Le llama poderosamente la atención la reacción de Iglesias y Echenique:

Veintisiete mil muertos después, escucho a Pablo Iglesias y a Echenique señalar a los líderes de la oposición para constituirlos en diana de sus hordas y no doy crédito de la rapidez con que se sustituyen los aplausos y los a-este-virus-lo-paramos-juntos por las sórdidas amenazas. ¿Qué ha pasado este fin de semana para que estas hienas salgan de sus jaulas? Pues que algunos se han atrevido a hacerle al dirigente de Podemos lo que éste le hizo a Soraya Sáenz de Santamaría. Fue Iglesias quien se inventó el jarabe de palo democrático del «escrache», que antes de Podemos ni conocíamos la palabra.

No duda de que el casoplón serrano de los morados es un monumento a la incongruencia:

La casa de Galapagar es un símbolo nacional de la incoherencia. Fue Pablo Iglesias y no sus enemigos el que dijo que hacían mal los responsables políticos en alejarse de los núcleos urbanos y los barrios obreros. Y ha sido él el que ha comentado en sede parlamentaria que se alegraba de poder disfrutar de este jardín durante el confinamiento del coronavirus. Ahora la gente de Madrid está cansada de la jaula y recela de que el estado de alarma esté siendo tapadera de contratos sin concurso, nombramientos a dedo y hasta cierta indiferencia hacia la quiebra de las empresas y los 18.000 parados por semana. Gente a la que Podemos está deseando «apesebrar» para hacer clientes.

Y los torpes sin jardín han ido al jardín de Iglesias para gritarle que no están bien. No han buscado su casa, es que su casa no hace sino multiplicarse en los medios desde que fue comprada por la familia Iglesias en un gesto antológico de indiferencia con lo proclamado. Es ese gesto el que critican las personas. Que Iglesias tenga los mejores recursos del hospital para sus hijos. Que tenga análisis sin cuento para él y su mujer. Que acuda sin mascarilla a los actos, saltándose la cuarentena. Ir a gritar donde vive su familia es cruel e injusto.

Y remacha a Iglesias por su actitud macarril:

Ellos no tienen culpa alguna. Como no la tenía el hijo de Soraya Sáenz de Santamaría. Pero no esperemos que el virus nos haya cambiado. En respuesta, Iglesias y los suyos prefieren amenazar con una escalada de escraches a las familias de la oposición. Era esta siempre la forma de actuar de los macarras de mi barrio: «Que te meto…» Ante el mal nos encogemos momentáneamente, pero luego volvemos por donde solíamos. Y aquí estamos de nuevo. Sólo se aprende del bien. Y de uno en uno.

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