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Más cine y más copas: doce nuevos cócteles de los capítulos 37 al 48 de El celuloide etílico

Juan Luis Recio 18 Jun 2026 - 07:26 CET
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Seguimos avanzando en este viaje sorbo a sorbo por El celuloide etílico. Cócteles en pantalla grande. Ya llevamos treinta y seis capítulos recorridos, y la cosa no para. Hoy toca una nueva entrega: los capítulos que van del treinta y siete al cuarenta y ocho. Más películas, más cócteles, más anécdotas personales y más ganas de compartir una copa contigo. Así que siéntate, pon tu película favorita de fondo y acompáñame en esta nueva ronda.

Abro este bloque con el Tequila Sunrise, ese cóctel que parece un amanecer dentro de un vaso. Lo asocio a un viaje muy personal: cruzar la frontera de Tijuana con unos amigos después de visitar Disneyland, con el coche humeante y alguna que otra anécdota con la policía. El Tequila Sunrise nació en los años de la Ley Seca, cuando los norteamericanos cruzaban a México para beber legalmente. Lleva tequila, zumo de naranja y granadina, y no se remueve. Así los colores se despliegan solos, como los de un atardecer californiano. En el cine da título al film aquí conocido como Conexión Tequila, la película de Mel Gibson y Michelle Pfeiffer, donde la rubia actriz declaró que quizá nunca debería haber hecho la escena de la ducha, pero que Mel Gibson era muy dulce. Yo me quedo con el cóctel.

El capítulo treinta y ocho está dedicado al Ohio, un cóctel que lleva el nombre del estado al que representa la senadora Laine Hanson en la película Candidata al poder. Un thriller sexual en Washington, según su director, donde la protagonista ve cómo su pasado sexual se utiliza para destruir su carrera política. Brindo con este cóctel por la lucha de las mujeres por alcanzar la vicepresidencia, un objetivo ya conseguido con Kamala Harris, aunque aún quede camino. El Ohio tiene dos versiones: una para el aperitivo y otra para el postre. La primera lleva whisky, vermut rojo, angostura y Cointreau, todo coronado con cava. La segunda, también con cava, pero con coñac y Curaçao rojo. Ambas son elegantes, con un punto turbio que se va aclarando, como la carrera de esa senadora de ficción.

Luego vienen dos formas de beber que son casi un duelo: el Boilermaker y el Submarino. El primero es una tradición anglosajona: un chupito de whisky y una pinta de cerveza, por separado. El segundo es mexicano: un chupito de tequila que se deja caer dentro de una jarra de cerveza, como un submarino encallando en el fondo. Aparecen en Aeropuerto 75, esa película donde Gloria Swanson, ya viejecita, pide un bourbon con hielo y luego añade «bueno, tomaré también un poco de cerveza». Un pasajero le comenta que eso se llama «el aperitivo de los hombres viriles». Ella le mira impasible y sigue bebiendo. Yo creo que es más bien el aperitivo de las señoras que no quieren perderse nada, ni siquiera en medio de una catástrofe aérea.

El capítulo cuarenta es para los amantes de las resacas, aunque yo no te deseo ninguna. Hablo del Aquavit Clam y del Bloody Mary, los grandes reconstituyentes. El Aquavit Clam lleva aquavit danés, zumo de tomate y el líquido de una lata de almejas. Suena raro, pero funciona. El Bloody Mary es el rey de los antirresecas, y en el cine aparece hasta en la sopa. Lo asocio a una escena de Camarada X, donde Clark Gable, entrando borracho en un hotel de Moscú, pide que le suban coñac, vodka, pepinos, huevos y pimienta, lo mezcla todo y declara que es «el mejor reconstituyente que conozco». También recuerdo a Alberto Gómez Font, que degusta Bloody Marys en las salas VIP de los aeropuertos provisto de su ramita de apio. Eso es estilo.

Luego nos vamos a Almería, al Cabo de Gata, con el cóctel Andaluza. Lo recordñe una vez mientras paseaba con una niña alucinada que creía ver monedas de oro en el cielo. El sol, claro. La Andaluza es la mezcla más sencilla y más brillante: jerez seco y zumo de naranja recién exprimido. Lo asocio a los rodajes de Lawrence de Arabia, que se hicieron en aquellos parajes desérticos, con Anthony Quinn y Peter O’Toole brindando en medio del oasis. Si alguna vez estás en el Cabo de Gata, pide un Andaluza en cualquier chiringuito. Si no, prepáratela en casa y cierra los ojos. Oirás el mar.

El capítulo cuarenta y dos es para el Cape Codder, el cóctel de los veraneantes de Massachusetts. Lleva vodka y zumo de arándanos. Lo conecto con Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick, donde Nicole Kidman le confiesa a Tom Cruise que durante unas vacaciones en Cape Cod estuvo a punto de dejarlo por un oficial de marina. Quizá fue culpa del Cape Codder. O quizá no. El caso es que los arándanos son una fruta maravillosa, llena de antioxidantes y con propiedades medicinales que ya conocían los indios Wampanoag. Si no encuentras zumo de arándanos, puedes sustituirlo por zumo de ciruela. No será lo mismo, pero te acercarás.

Luego llega un cóctel por un caballo: el Rob Roy. Lo bebe la esposa de Robert Redford en El jinete eléctrico, mientras él pide un Jack Daniel’s doble. El Rob Roy lleva whisky escocés y vermut rojo, y es el primo escocés del Manhattan. El nombre rinde homenaje a Robert Roy McGregor, un héroe romántico del siglo XVIII que luchó por la libertad de su pueblo. También hay una película con Liam Neeson y Jessica Lange que se titula Rob Roy, pero a mí me gusta más el cóctel. Brindo con él por los héroes de verdad, los que luchan por los caballos, por los animales, por los que no tienen voz.

El capítulo cuarenta y cuatro es un viaje a Vietnam a través del Saigón, un cóctel que inventé en Casa Fugger en los ochenta. Lleva bourbon, licor verde de ciruela y vermut seco, y se sirve con una ciruela pasa en el fondo de la copa. El verde es turbio al principio, como la selva, y luego se va aclarando hasta dejar ver la ciruela, como un vietcong agazapado. Lo asocio a la película Equipo Mortal, donde Mark Wahlberg, antes de consagrarse como estrella, hacía de asesino a sueldo. Y también al futuro suegro del personaje, que no podía beber alcohol porque se volvía viperino y despotricaba contra todos. Así que mejor toma el Saigón con moderación, no vaya a ser que se te suelten las verdades.

El capítulo cuarenta y cinco es una invitación al paraíso. El Paradise, ese cóctel semiseco de ginebra, zumo de naranja y apricot brandy. Lo asocio a un lugar que tengo escondido en la sierra de Gredos, en Cáceres, cerca del valle del Jerte. Allí, sorteando víboras, llegamos a un paraje que llamamos El Paraíso. Y allí, bajo la luna llena, tomábamos este cóctel. En el cine, el paraíso aparece en La playa, la película de Leonardo DiCaprio, donde una playa tailandesa esconde peligros y comunidades hippies bebedoras. Pero yo prefiero mi paraíso extremeño, con vino de pitarra y queso de cabra. Cada uno tiene el suyo.

Luego toca un rito gallego: la Queimada. Me nombro a mí mismo «edecán de queimadas» por una anécdota con Manuel Fraga, que una noche, en Santiago, me pasó el cazo de barro y me dijo: «Le nombro edecán de queimadas o lo que quiera, pero termine usted con esto». La queimada se hace con aguardiente de orujo, azúcar, piel de limón y granos de café. Se prende fuego, y el fuego azul ilumina la noche mientras se dice el conjuro. No es para ahuyentar espíritus, sino para atraerlos, para convocar a los seres mágicos del bosque animado. Si alguna vez tienes ocasión de hacer una queimada, no la hagas solo. Convoca a tus amigos, enciende la llama y brinda por lo invisible.

Y cierro este cuarto bloque con la sidra y sus cócteles. Hablo de Asturias, del Hotel Reconquista de Oviedo, de las fabes con almejas y del queso afuega’l pitu. También de Las normas de la casa de la sidra, esa película de Tobey Maguire donde se ve la recolección de manzanas en Nueva Inglaterra. Te propongo varias combinaciones: el Kir Bretón, con crema de cassis y sidra; el Cider Martini, con vodka, calvados y sidra; y el Northern Lights, con vodka, cassis y sidra. La sidra es la manzana hecha bebida, y la manzana, como sabemos, tiene algo de pecado original. Pues bienvenido sea.

Con estos doce capítulos sumamos ya cuarenta y ocho. La mitad del camino. Pero aún quedan muchos más. Películas, cócteles, recuerdos y alguna que otra locura. Si quieres seguir acompañándome en esta ruta de cine y copas, el libro está esperándote. Y si lo prefieres dedicado, con envío sin gastos y con la firma de quien ha estado tras la barra y delante de la pantalla, ya sabes cómo contactarme. Salud y cine.

Juan Luis Recio

Blogger gastronómico y de tendencias, crítico de vinos (XL Semanal), letrista, sociólogo, mensista, poeta

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