Ya llevamos sesenta capítulos recorridos de este viaje sorbo a sorbo por El celuloide etílico. Cócteles en pantalla grande. Hoy toca una nueva entrega: los capítulos que van del sesenta y uno al setenta y dos. Ya casi estamos al final del viaje, pero aún quedan historias que contar, cócteles que preparar y películas que recordar. Así que ponte cómodo, elige tu copa favorita y acompáñame en esta penúltima ronda.
Abro este bloque con el Red Eye, el cóctel que en Cocktail, la película de Tom Cruise, se presenta como una broma entre bármanes. Lleva vodka, zumo de tomate, cerveza, un huevo crudo y dos comprimidos de paracetamol. No es un cóctel que recomiende, pero sí es un cóctel que merece ser recordado porque representa todo lo que no debe ser la coctelería. En el capítulo hablo de cómo la película, que es una especie de canto a la coctelería de exhibición, también tiene sus momentos de humor negro y de malas ideas. El Red Eye es una de ellas.
Luego llega el LSD, un cóctel que juega con los colores y con las alucinaciones, aunque no tenga nada que ver con la droga del mismo nombre. Lo asocio a Una mente maravillosa, la película de Ron Howard donde Russell Crowe interpreta al genio matemático John Forbes Nash, que sufrió alucinaciones durante toda su vida. El cóctel se prepara con cubitos de hielo de colores rojo y azul, pisco, tequila, aguardiente de frambuesa y Curaçao azul. Es un cóctel visual, casi hipnótico, que te invita a perderte en sus colores mientras recuerdas las visiones de Nash.
El capítulo sesenta y tres está dedicado al Camaleón, un cóctel que cambia de color a medida que lo bebes. Lo asocio a la película Zelig, de Woody Allen, donde el protagonista es un hombre camaleón que cambia de personalidad según el entorno. El Camaleón se hace con ron blanco y Curaçao azul, que al mezclarse con zumo de naranja va pasando del azul al amarillo y luego al verde. Es un juego de colores que hipnotiza, como el propio Zelig. También hablo de los Pousse-Café, esos cócteles de colores superpuestos que son toda una obra de arte visual.
Luego viene Lucía, un cóctel que dedico a la actriz Lucía Bosé, una mujer elegante y vital que frecuentaba el Chicote y que, aunque no era gran bebedora, sabía apreciar una buena copa. El cóctel lleva zumo de piña, Carpano, vodka y Campari, y lo asocio a la película Así es la aurora, de Luis Buñuel, que rodó con la actriz en su época francesa. Y de paso, hablo del Buñueloni, esa variante del Negroni que el cineasta aragonés creó con Carpano, ginebra y Campari. Un cóctel que sabe a cine de autor.
El capítulo sesenta y cinco es un viaje a México con María Bonita, un cóctel que homenajea a la famosa actriz María Félix, la «Doña» del cine mexicano. La canción María Bonita, compuesta por Agustín Lara, habla de Acapulco y de noches de amor. El cóctel lleva ron blanco, leche de coco, azúcar y especias, y se sirve caliente o frío, según el momento. Lo asocio a la película El peñón de las ánimas, donde María Félix inició su carrera junto a Jorge Negrete. Un cóctel que sabe a México, a mariachi y a noches de pasión.
Luego nos vamos a Shanghái con el Shanghai Cocktail, un cóctel que evoca el exotismo de la ciudad china en los años treinta. Lo asocio a la película de Fernando Trueba El embrujo de Shanghái, basada en la novela de Juan Marsé, donde la ciudad es un lugar mítico, lleno de espías y de cócteles. El Shanghai Cocktail lleva ron añejo, Pernod, zumo de limón y granadina. Es un cóctel misterioso, con un punto de anís que te transporta a las calles coloniales de la ciudad fantasma.
El capítulo sesenta y siete es para el Pastel de chocolate, un cóctel que no es un cóctel, sino más bien un postre líquido. Lo asocio a la película En el apartamento de Lennon, donde John Lennon y Paul McCartney pasan una tarde comiendo chocolate y fumando marihuana. El Pastel de chocolate se hace con Frangelico, Grand Marnier, pimienta negra y limón verde. Se bebe de un trago y sabe a chocolate, a recuerdos y a la nostalgia de los Beatles. También hablo del Café a la Sch-inn-gadda, una mezcla de café, licor de cacao y nata que lleva el nombre de una palabra malsonante mexicana.
El capítulo sesenta y ocho está dedicado a los tiburones. El Shark Attack, el Shark Bite y el Gran Tiburón Blanco son cócteles que beben los pescadores en la película de serie B El ataque de los tiburones. Todos llevan vodka, ron o tequila, y algún toque de granadina o tabasco para darles ese punto salvaje que los tiburones merecen. Son cócteles para beber con cuidado, como si uno estuviera nadando entre escualos.
Luego viene el Mai Tai, el cóctel tropical por excelencia, ese que en Evolution bebe el señor Cartwright antes de ser engullido por un monstruo marino. El Mai Tai se inventó en California en 1944, pero se popularizó en Hawái, y desde entonces es el rey de los cócteles tiki. Lleva ron blanco, ron oscuro, Cointreau, Amaretto, zumo de limón y jarabe de azúcar. Se sirve con una cuña de piña, una cereza y un poco de menta fresca. Es el cóctel que te hace sentir que estás fuera de este mundo, como dirían los tahitianos: «Mai Tai», lo mejor.
El capítulo setenta es una inmersión en el tequila y la sangrita, esa tradición mexicana que consiste en beber tequila acompañado de una mezcla de zumo de naranja, tomate, limón y especias. Lo asocio a mis noches en la plaza de Garibaldi, en la Ciudad de México, donde con mis cuates Carlos Islas y otros amigos pasábamos la noche cotorreando entre mariachis. El tequila con sangrita es un ritual: se bebe a sorbos, alternando el tequila y la sangrita, como si fueran dos caras de una misma moneda. Y si quieres más emoción, prueba el Vampiro, que mezcla ambos en un solo vaso.
Luego llega el Paraíso Fiscal, un cóctel que inventó el barman José María Gotarda y que asoció a la película La caja 507, donde José Coronado y Antonio Resines protagonizan un duelo de corrupción y amenazas. El Paraíso Fiscal lleva coñac, licor de frambuesa y vermut rosado. Es suave, bien ligado y perfecto para sortear las amenazas de la vida real. También hablo del Tánger, un cóctel con Amaretto, nata y café frío, que es como un abrazo en una copa.
El capítulo setenta y dos es para el Destornillador, ese cóctel tan sencillo como engañoso: vodka y zumo de naranja. Lo asocio a la película Los ángeles de Charlie, donde Cameron Díaz, vestida de camarera, sirve uno a un invitado en una recepción. El nombre del cóctel viene de los trabajadores de los pozos de petróleo en Oriente Medio, que mezclaban el vodka con naranja usando un destornillador. Es refrescante, vitamínico y peligroso, porque el vodka no se nota. También hablo de otras herramientas, como los Alicates, otra creación de Gotarda con ginebra, vermut rosé y Calisay.
Cierro este séptimo bloque con una reflexión. Ya llevamos setenta y dos capítulos. Solo nos quedan doce para completar el viaje. Ha sido un recorrido largo, lleno de cine, de cócteles, de recuerdos personales y de ganas de compartir una copa contigo. Si has llegado hasta aquí, te doy las gracias por acompañarme. Y si quieres seguir en la última ronda, el libro está esperándote. Y si lo prefieres dedicado, con envío sin gastos y con la firma de quien ha estado tras la barra y delante de la pantalla, ya sabes cómo contactarme. Salud y cine.
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