La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Sonia y Marta (bis)

El calor era insoportable. Después de toda una noche (ya eran las seis de la madrugada) sin parar de bailar y de beber cubatas como quien bebe agua, Sonia y Marta estaban destrozadas. Habían venido a la última disco de moda con sus respectivos novios. Pero la verdad es que ni una ni otra se encontraban ya muy a gusto con ellos. Desde hacía algún tiempo sentían que no había entre sí una verdadera complicidad. En cambio, este sentimiento por el que el alma se puede compartir, por el que se puede mirar al cielo y al fuego a través de los ojos de la otra persona, sí existía entre ellas. Al fin y al cabo eran las mejores amigas desde los doce años. Y ya tenían 23…

En un momento en el que ambas parejas permanecían en el más absoluto silencio, mirando a uno y otro lado como el que busca una ayuda desesperada, los chicos “huyeron” hasta el servicio. La tensión pareció evaporarse. Sonia y Marta, aliviadas, empezaron a hablar:

Sonia: Puff, menos mal, yo ya no aguanto a Luis ni un minuto más.
Marta: Yo estoy igual con Óscar, vamos a cortar.
Sonia: Si es que no tenemos nada que ver. No sabemos de qué hablar, no tenemos la más mínima empatía. Vamos, que me ocurre con él justo lo contrario que contigo…

Marta, en ese instante, notó cómo veía a su amiga de un modo diferente a otras veces. No sabía la causa, pero de repente ya no era Sonia, la chica que conocía hace años. De pronto, notaba que era algo más, era todo.

Marta: Tienes razón, con ellos jamás lograremos sentir lo que sí sentimos entre nosotras.

En ese momento, Marta se acercó hasta su amiga. Se puso justo frente a ella y la sonrió. Pero no como otras veces. Esta noche era todo distinto.

Sonia: Marta, estás muy guapa… No sé que me pasa hoy. Tal vez sean los cubatas, puede que sea lo mal que estoy con Luis… pero cada vez que te veo me gustas más… y me muero por besarte…

Tras unos segundos de silencio en los que ambas se miraron alucinadas, se besaron. No fue un beso apasionado ni sensual. Fue más bien un abrazo tímido, en el que sus labios deseosos se tocaban por primera vez.

Con el fin de ese furtivo gesto, ambas se quedaron bloqueadas. Tras volver los chicos del servicio, se inventaron un dolor de estómago a causa del alcohol y se fueron cada una a su casa. Después, intentaron seguir su vida como si nada hubiera pasado. De hecho, aparentemente lo consiguieron. Sabían que no eran lesbianas. El sólo pensarlo les producía rechazo. Al final, tras algunos meses de cruce de miradas de desconcierto, de rubores sin explicación que nadie notaba salvo ellas, ambas decidieron que aquéllo sólo fue una “tontería de borrachas”. Tras reírse falsamente el día que esto acordaron, continuaron igual que estaban antes. Sólo en apariencia.

Al cabo de los años, Sonia se casó con Luis y Marta con Óscar. Cada una se marchó a vivir a una ciudad diferente y ya sólo se vieron un puñado de veces más. No fueron felices. Ninguna de las dos lo llegó a reconocer, pero cuando cada una en su casa se asomaba con el batín a la ventana y veía la luna, siempre pensaba en la otra. Fue así como Sonia y Marta mantuvieron toda una vida de amor frustrado, melancólico y desesperado, de maldición de la cobardía. Ni la una ni la otra supo lo que su alma en la distancia sentía por ella. Pero ninguna pudo olvidar jamás aquel dulce abrazo con los labios.

PD. Escrito el 4 de febrero de 2008.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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