EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXXIII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Me consta que no es la primera vez que aquí lees y escribo lo que sigue: que el amor y el humor son los dos ingredientes fundamentales para poder seguir peregrinando por este valle de lágrimas. El amor es la condición imprescindible para lograr comprender y perdonar a las demás personas y, asimismo, para llegar a comprenderse y perdonarse uno a sí mismo. El humor es el componente necesario para conseguir aguantar a las/os otras/os y soportarse.
Me encanta que me hagas críticas. Ni siquiera las más cítricas (si proceden de ti) me molestan, porque las mismas me hacen estar alerta. Conocer el parecer de un crítico severo, sereno, habitual, amigo, es, casi, casi, un milagro hoy en día. ¡Cuántos autores y autoras me envidiarán por no poder tener o disponer de uno como tú, de tu laya!
El diccionario es uno de los mejores amigos que uno tiene en una biblioteca (se halle delante de la pantalla de un ordenador o no).
Tras leer tu escolio y reflexionar en torno a la idea machadiana de que “pensar es deambular de calle en calleja, de calleja en callejón, hasta dar en un callejón sin salida”, me ha dado por abundar en las verdades irrefutables que contienen estos dos pensamientos del dramaturgo y poeta alemán Eugen Bertholt (Bertolt) Friedrich Brech: “Las revoluciones se producen, generalmente, en los callejones sin salida” y “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el coste de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.
Te agradezco sobremanera la lectura detenida que has hecho de mi relato y los comentarios que has urdido y me has mandado.
Invertí bastante tiempo en hallar el título, “HAY QUIEN VELA Y NOVELA A LA LUZ DE UNA VELA”. Tras probar mucho, me decidí por el que aparece expreso. Tuvo otros (en las diversas versiones que hice del cuento), pero el definitivo me pareció y sigue pareciendo eufónico, redondo. No obstante, acepto discrepancias.
Con el “¿Que…?”, átono, inicial, pretendía demostrar a un comentarista esporádico que no todo “¿Que…?”, que arranca una pregunta, lleva tilde. Ahí está y tiene la excepción.
Esta vez considero que no hay objeción alguna a la utilización de “cualesquiera”. Esta es otra demostración, pero para quien me apostilla asiduamente. Intuyo que en esta oportunidad sabes a qué escoliasta habitual me refiero.
A veces, como te (y, asimismo, me) consta (y —nos— constará), la primera impresión no es la correcta o válida.
A mí también me llamó la atención cuando leí la noticia en la contraportada de un número de Diario de Navarra. Si no recuerdo mal, mantuve el nombre del dueño, Amadeo, pero mudé el del perro, Mozart. Seguro que conoces que Mozart cambió su Theophilus (amigo de Dios), uno de sus nombres de pila, por Amadeus (amado por Dios).
Si dejas a un lado el aparte, lo que obra entre paréntesis, hallarás tú mismo la respuesta: “Amadeo ha vuelto esta mañana al lugar y ha hallado las raspas de las sardinas en el plato y, efectivamente, a Mozart bajo su roja chaqueta de lana”.
Te animo a que escribas tu versión. Puede que, cuando la lea, me guste más que la mía. Si es así, te lo haré saber. Acaso yo también me anime y escriba una continuación.
Llegada la despedida, ya sabes qué viene a continuación (ergo, hoy, excepcionalmente, te/se ahorra los tres verbos proverbiales que conjuga en la tercera persona del singular del presente de indicativo servidor), antes de que coloque el menda su firma,
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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