EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CLXXV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Ojalá cumplas otras 47 primaveras. A ver si Dios me concede la gracia de que la mitad más una de las mismas, ergo, veinticuatro, por lo menos, te llegue en tiempo y forma mi felicitación, porque se haya dado, evidentemente, una de estas dos circunstancias, o servidor siga todavía vivo o el alzhéimer aún no haya hecho acto de presencia en mi vida, empezando a hacerme jugarretas, o sea, conmigo de las suyas.
De nada. La décima te la has ganado por tu comportamiento, que no miento, fautor para mí y mis intereses anímicos. El amor (la amistad es una mera variante del tal) solo con amor se paga (el resto o lo demás, si no se da o hay trueque, con dinero —asevera un amigo, experto paremiólogo—). El abulense Juan de Yepes, más conocido por San Juan de la Cruz, lo dijo de parecida o similar guisa. Además, dejó escrito en letras de molde, entre otras, estas dos frases que no conviene olvidar: “Pon amor donde no hay amor y sacarás amor” y “el alma que anda en amor no cansa ni se cansa”.
Ayer mi hermano Miguel Ángel, “el Chato”, y este menda estuvimos en el HRS acompañando a nuestra señera y señora madre, Iluminada. Por la mañana, pasado el mediodía, en la consulta del nefrólogo, doctor Gamen, y, por la tarde, en la (por razones que ignoro, atestada) salita de espera del quirófano de locales, donde, en uno de los dos (desconozco si hay más), la uróloga, doctora Sierra, le cambió la nefrostomía derecha a nuestra progenitora, que le había dado numerosos problemas (se le había obstruido varias veces). Este es el motivo de la demora en contestarte (pues ya sabes que Otramotro no tiene ordenador ni Internet en casa ni, por ahora, la necesidad imperiosa de disponer en breve del uno y la otra).
Esta noche, estando acostado (echado decúbito supino) en la cama, he escrito mentalmente la décima que viene a dar cuenta de una parte de los hechos que, de manera sucinta, acabo de narrar arriba y publicaré aquí mañana. Una vez coronada, finiquitada, me he levantado y la he pasado a papel por la presente razón de peso, porque no es la primera vez que me ha ocurrido esto, que, al día siguiente, a pesar de los ímprobos esfuerzos que he hecho, me ha quedado descabalada, quiero decir, no la he recordado íntegramente.
Ciertamente, es bueno encontrar, dentro de los muros o las paredes de la seriedad, un hueco o rendija por la que soltar la carcajada más lozana (que es apuesta y opuesta a la ajada), la risa mal atada, poco apretada o tirante, la floja.
Mi madre (y ojalá continúe así, aunque siga quejándome del trabajo que me da) ha dado muestras de que tiene una mala salud de hierro, como antaño, cuando aún vivía, se aducía o decía, verbigracia, de un excelente poeta, don José, “Pepe”, Hierro.
Mejor, que la melena se la suelte la lene Elena (qué pena, pues no me consta que ninguna amiga mía se llame de esa guisa, o con hache, como la de Troya, que ocasionó la guerra de tal), que brilla, mientras al fondo, en el horizonte, vislumbro a Selene, que hace lo propio en pleno plenilunio o luna llena.
Ignoro a qué Montero te refieres y, asimismo, si es o no es motero, le gusta el otero o irse por los cerros de Úbeda, como acaba de hacer este menda.
Te saluda, felicita (hoy, como puedes comprobar he sumado, con razón y corazón, un verbo más a los cuatro proverbiales) aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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