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Confieso ser un empedernido votante en blanco

Ángel Sáez García 15 Jun 2016 - 14:00 CET
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CONFIESO SER UN EMPEDERNIDO VOTANTE EN BLANCO

“La pasión es una obsesión positiva. La obsesión es una pasión negativa”.

Paul Carvel

En “El secreto de sus ojos”, cinta argentina (cuyo guion bebe directamente de ese hontanar que es la novela “La pregunta de sus ojos”, de Eduardo Sacheri) protagonizada en sus principales papeles por Ricardo Darín (Benjamín Espósito, sí, así, con ese), Soledad Villamil (Irene Menéndez-Hastings), Guillermo Francella (Pablo Sandoval), Pablo Rago (Ricardo Morales) y Javier Godino (Isidoro Gómez), y dirigida por Juan José Campanella en 2009, que ganó el premio Oscar a la mejor película de habla no inglesa, consiguen echarle el guante al asesino de Liliana Colotto, Isidoro Gómez, gracias a esta reflexión de Pablo Sandoval:

“—¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”.

¿Y cuál es esa pasión? Su equipo de fútbol, el Racing Club de Avellaneda.

Quien haya leído “Amor y pedagogía” (1902), de don Miguel de Unamuno y Jugo, y le haya extraído, si no todo, el grueso de su zumo a la citada “nivola” o novela, habrá sacado sus propias conclusiones. Una coincidente, entre varias/os lectoras/es de la breve obra, es que el amor a la libertad y la grima por la muerte (el protagonista se suicida por ahorcamiento —es mi deseo y mi esperanza que el/la lector/a me perdone algún día las dos faltas que estoy cometiendo aquí y ahora, haber sucumbido a la moda de hacer spoiler y haber ejercido de destripacuentos—, pero no antes de haber dejado embarazada a una criada, en cuyo “nasciturus” él seguirá viviendo de alguna manera) triunfan sobre la rígida y acaso también ridícula pedagogía. Asimismo, recordará, a grandes rasgos, el argumento de la obra: Avito Carrascal es un intelectual que pretende seguir los principios de la moderna pedagogía para que su hijo, Luis Apolodoro, tras recibir una esmerada educación por su parte, llegue a ser un genio. Pero no solo lo educa su padre. También lo hace, a escondidas, su madre, Marina, que lo sala con su sal marina. Aparece, en medio de esas dos aguas, un pedagogo o “pedabobo” más, Fulgencio de Entrambosmares, amigo de Avito. Unamuno, tras situarse en la fina frontera que separa el País de las Burlas del País de las Veras, le hace decir a don Fulgencio lo que cabe interpretar como una suma idiotez o una estupenda recomendación, un sabio consejo:

“—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: ‘suena a Apolodoro’, como se dice: ‘suena a flauta’ o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

La novela, como queda dicho arriba, termina trágicamente con Apolodoro (don o regalo del sol, del dios Apolo, significa su nombre en griego clásico) ahorcado.

¿A qué vienen las dos referencias anteriores? A abundar en lo que está claro, cristalino, que el ser humano es un ser racional, aunque, de cuando en vez (o de vez en cuando), tenga reacciones extemporáneas y disparatadas, o sea, sea también el autor de una serie o sumatorio de actos o hacedor de ciertos comportamientos que acaso sean calificados por la generalidad como irracionales o ayunos de razón. A compartir lo que es público y notorio, que el hombre es un ser pasional, aunque, por unas o por otras razones, a veces, no siempre, solo a veces, se halle tan apático, que parece que perece, porque por nada padece, al mostrarse tan indiferente e imperturbable, que uno diría que es impensable y aun imposible encontrar a alguien más impasible. Y, como colofón, a coincidir con Pero Grullo en que nadie osará objetar que toda persona acarrea, porta o portea un mundo emocional personal, particular, individual y, tal vez, intransferible, que la hace única.

¿Qué nos empujó, siendo críos, a ser de un equipo de fútbol y no de otro? ¿Qué nos impele, contraviniendo incluso el primer mandamiento de la ley de Dios, a continuar amando esos colores por encima del Todopoderoso y del resto de los casos y las cosas, sean cuales sean los derroteros que tomen y/o los resultados que obtengan, buenos, regulares o malos, ganen, empaten o pierdan (“¡Viva el Betis!, ‘manque’ pierda”), como si fueran los símbolos de una nueva religión? ¿Por qué decidimos votar a un partido y no a otro? ¿Por qué, elección tras elección, seguimos introduciendo en la urna, hagan cuanto hagan sus dirigentes y representantes, bondades o maldades, el sobre que contiene la lista del mismo partido? Como no soy psicólogo, no me voy a meter en camisa de once varas. Prefiero hacer mutis por el foro e irme incólume y mentiroso (será el único embeleco que incluiré aquí) a mis asuntos; verbigracia, a “Misa”, como de esa guisa hubiera llamado, extravagantemente, sí, lo reconozco, por supuesto, en el caso de que algún día lo hubiera montado, a mi bar, pub o restaurante.

Ante el absoluto, completo y total descontrol, que tal vez sea la palabra clave o llave maestra, pues explica buena parte de los muchos desmanes que aquí se han cometido, considerando los numerosos casos de corrupción que han ido saliendo a la luz a lo ancho y a lo largo de la piel de toro durante los últimos años, ¿qué debe hacer la/el votante habitual de un partido político a cuyos representantes, bastantes, las acusaciones y las/os fiscales les achacan un sinfín de reprobables delitos y eso hace que, subsidiariamente, quede la mentada formación enmerdada hasta las narices (alguna hay que, semejando un anfibio anuro que trae cola, es decir, un mero oxímoron, lo está hasta las cejas)?

Servidor, a pesar de que intuye que, entre las/os de su cuerda, abundan o son legión las/os que o no cobran o apenas reciben unos (pocos) centenares de euros al año por sus innumerables quehaceres y son probas/os a carta cabal, reconoce que, por no poder votar en conciencia (no ha logrado convencerle del todo ese razonamiento del que acostumbran a echar mano algunos gerifaltes de su formación para persuadir de que el pasado no debe hipotecar el presente ni mucho menos el futuro) al partido de sus entretelas, el mismo al que votaba su padre, el mismo al que votó su abuelo paterno, de quienes mamó y heredó el ideario que circula por sus venas y defiende en cualquier tribuna (también en esta), al haber quedado la formación deslucida por ene casos de corrupción, manchada por una patulea, sí, no una pléyade, no, de mamarrachos, y argumentar que la abstención es una opción menos atractiva y atinada todavía, por menos empática, respetuosa y/o solidaria con quienes dieron (se desprendieron y/o perdieron) su vida para que el sufragio fuera universal, ha decidido votar en bastantes de los últimos comicios en blanco.

¿Qué hará el 26-J? La víspera, día de reflexión, lo consultará con su amor, con su hada o con una extravagante fusión de ambas, con su almohada.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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