EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLXIII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Espero que, conociéndome, como me conoces, sin duda, hayas felicitado a tu progenitor de mi parte cuando lo hayas hecho o vayas a hacer (sospecho, por teléfono), intuyendo, básicamente, lo que te iba y estoy comentando ahora, respondiendo a tu escolio: que no le falte mi felicitación.
No marras un ápice, no. Mañana mi madre, si aún estuviera entre nosotros, los vivos, hubiera cumplido y celebrado su octogésimo primer cumpleaños. Luego te mando los dos textos que publicaré aquí mañana (uno lo comparte con mi sobrino Jorge).
Lamento sobremanera la caída de tu suegra. Espero y deseo que la intervención sea un éxito y pronto ande por la calle como si el accidente no hubiera acaecido.
Ya verás qué bien sale tu espectáculo vespertino y cómo logras conjuntar las notas de tus voces en francés con el rasgueo de las cuerdas de tu guitarra.
No obstante lo urdido arriba, como recordaba que tu madre, Blasa, me llamó por teléfono para darme el pésame por la muerte de la mía, Iluminada, juzgué que la correspondencia, amén de oportuna, se imponía, como así ocurrió o resultó. Si la compasión (o empatía) por la pena, colegí, motivó que ella buscara la forma de hacerse con mi teléfono, por qué la alegría no iba a empujarme a hacer lo propio con el suyo. Te llamé al móvil y me contestó tu junior, que, tras una breve gestión, me lo doy. Y, a renglón seguido, hice la llamada.
Estoy seguro de que, dadas las circunstancias (tus estados de salud y de ánimo y las preocupaciones por la salud de tu suegra, sobre todo), lo hiciste estupendamente. Ya sabes que, cuando uno se exige al máximo, quiero decir, hace todo lo que puede, no está obligado (ni nadie le puede obligar) a hacer más. Y no ignoras que, cada vez que uno se esfuerza en hacer felices (si lo consigue, tras fundir, juntar y/o mezclar el “utile dulci” horaciano, eso deviene ya, sin duda, en miel sobre hojuelas) a quienes están a su alrededor (como dijo, con otras voces, José Ortega y Gasset, uno es uno y sus alrededores) incrementa un grado, al menos, su dicha.
Te consta que uno elige (cuando escoge) entre las diversas opciones que se le ofrecen. A veces, la (mejor) decisión se nos impone. El hombre propone, y Dios dispone, dice una paremia española, que viene a ser una mera traducción de la sentencia “Homo proponit, sed Deus disponit” (1. 19. 9.) que podemos leer en la “Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis, autor que, a su vez, seguramente, bebió en “Proverbios” 16, 9: “Cor hominis disponit viam suam, sed Domini est dirigere gressus eius” (“El corazón del hombre dispone su camino, pero al Señor le corresponde dirigir sus pasos”).
Tu tocayo y mi excompañero en los camilos, de piso y facultad (Arellano), a quien le estaré eviternamente agradecido por un montón de razones, pero, sobre todo, por ser a quien le debo el “apto” de una asignatura del CAP, porque el trabajo de Psicología, aunque llevaba también mi nombre, lo coronó él en solitario, lleva muchos años estudiando inglés. Quizás ahora lo haga en la E. O. I. (Escuela Oficial de Idiomas) de Logroño, pero es un inveterado estudioso de la lengua de Shakespeare. Si vuelves a ver a su padre o a él, los saludas en mi nombre.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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