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¿Por qué tenemos pánico al divorcio?

Ángel Sáez García 04 Jul 2017 - 14:00 CET
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¿POR QUÉ TENEMOS PÁNICO AL DIVORCIO?

A veces (cada día resulta más frecuente el hecho; así que acaso —y aun sin acaso— tendría que haber empezado esta urdidura —o “urdiblanda”— de esta otra guisa: en numerosas ocasiones), el amor se acaba (algo tan natural como la vida misma). Y deviene una separación provisional (con meses dichosos y hasta años muy felices de prórroga o reenganche, tal vez) o definitiva. Bueno, pues, cuando esta nave arriba a ese puerto, se le suele llamar a la relación de pareja rota no derrota, no, sino divorcio (si es la vida la que fina, a ese fin de fines, a ese sin acaso ocaso, no se le conoce por fracaso, no, sino por muerte).

Si la vida nos viene demostrando del modo más natural, un día sí y otro también, que el amor apasionado que fluía a diario entre los dos miembros de una pareja no ha sabido evolucionar con el lento o raudo (porque, ciertamente, el perspectivismo puede llegar a hacer en algunos pagos estragos) transcurso del tiempo a otro estado, mera variante del mismo, cariño respetuoso, acaso haya llegado la hora de coger el toro por los cuernos y poner fin a ese infierno incipiente, medio o entero, en el que, en lugar de manar las caricias y los halagos (habituales o esporádicos) de otrora los/as que ahora brotan son reproches y broncas (sin cuento).

Seguramente, todas/os (las/os atentas/os y desocupadas/os lectoras/es de estos renglones torcidos y servidor, quien los ha hilvanado) conocemos a alguien, amiga/o, saludada/o o tratada/o, que se ha divorciado recientemente o va a divorciarse más pronto que tarde. El divorcio, que aún sigue teniendo mala prensa en ciertas capas, estratos o niveles de nuestra sociedad, debería perderla cuanto antes; y tomarse el grueso de las veces que acaece como lo que es, la mejor solución que cabe hallar o hay para resolver un problema morrocotudo de convivencia, donde los gritos, los insultos y los malos modos, si están a la orden del día, pueden dañar tanto, tan seriamente, los pocos lazos existentes que pueden borrar, cargarse y poner en peligro el buen poso e inmarchitable recuerdo que han dejado los momentos de felicidad vividos juntos y perjudicar ostensiblemente a otras/os, las/os hijas/os, u otros deudos si los hay, abuelas/os y nietas/os, probables víctimas de sus efectos colaterales, en el ámbito familiar.

En lugar de ver la faceta positiva de la ruptura, la paz que va a deparar o traer a ambos excónyuges (y, como consecuencia, al entorno, al resto), las/os espectadoras/es del hecho concreto, unas/os recalcitrantes pesimistas, sin duda, nos solemos fijar más en la parte negativa del asunto, en la angustia que nos genera a nosotras/os comprobar cómo dos enamoradas/os ejemplares han dejado, por la razón o los motivos que sean, de serlo. ¿Acaso nos acongoja (forma verbal que suele preferirse, por ser más eufónica, a la que acostumbra a esconderse detrás de ella, malsonante, acojona) o desazona que tal cosa pueda ocurrirnos también algún día a nosotras/os? Como itera el título de la canción popular (pluriversionada) que escribió en 1947 el compositor cubano Osvaldo Farrés, “Quizás, quizás, quizás”.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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