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Te confirmo, sin ser obispo, lo obvio

Ángel Sáez García 20 Dic 2019 - 14:00 CET
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TE CONFIRMO, SIN SER OBISPO, LO OBVIO

Dilecta Pilar:

Acabo de llegar de la sede la UGT de Tudela. Nos acaban de imponer a una docena (a mí, en concreto, en el jersey azul que visto) el pin de plata de la citada organización sindical, por llevar afiliados al mentado sindicato desde el 93 del pasado siglo (más de veinticinco años).

Ya ves, en muchos aspectos de la vida abundamos en el parecer o coincidimos, que es algo bueno, y no es necesariamente algo malo discrepar o disentir en otros.

Me he acercado a la biblioteca, pasadas las siete de la tarde, porque intuía que me habías contestado y debía corresponderte y, por tanto, sin el “co”, responderte.

Sigue currando, que eso es sano (siempre he aducido que el trabajo de darle a las teclas de un ordenador con criterio es salud; para mí, mental, sobre todo).

Te confirmo, sin ser obispo, lo obvio, que había tomado el comentario por el lado positivo. Soy amigo de saber cada día algo nuevo, aunque lo que sepa, en conjunto, sea poco, muy poco. Desde que Sócrates reconoció lo evidente, muchos nos hemos subido a su mismo pensamiento, carro o vagón del tren.

De nada (el usual comentario en mí, para no variar, aunque haya quien reconozca que en la variedad está el gusto —apunto, sin disparar, que la frase me ha servido para sostener también lo contrario u opuesto, que en la variedad está el disgusto y hasta el porqué de la ruptura matrimonial; que conste, asimismo, en acta—). La hecatombe, el antiguo sacrificio de cien reses vacunas (el vocablo, en griego clásico, hace referencia al de un centenar de bueyes a los dioses) puede verse hoy como el mismo, mas/más moderno, de una centena de reyes de su casa (sean adultos o menores). Ya, ya sé que me ves como soy, irónico (pero con tendencia a ser divertido). Supongo que has leído u oído, recientemente, la mala nueva de que han muerto más de 63 migrantes al venir el cayuco o la patera en la que viajaban a pique.

Si hoy viniera al mundo de nuevo Jesús, podría ser el bebé de una migrante africana embarazada, que llegó a nuestras costas en un cayuco o patera. Qué pocos verían en él a Jesús. Han trascurrido dos mil años, pero nada ha cambiado, me parece, o muy poco. Aquí muchos celebran la Navidad comiéndose al mismísimo niño Jesús (casi casi literalmente) sin entender que es, sobre todo, compartir, de verdad, lo que tenemos y somos (¿seres humanos?), empatizando (¿apalizándolos?).

De nada. Y perdona a este cascarrabias que tienes por amigo.

Es más que una pena, porque apenas nos apenamos. Un proverbio sueco dice: una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena.

Bellos sentimientos y versos los de tu tarjeta de Navidad.

Otro (de tu amigo Otramotro).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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