“DE TODO CUANTO PIENSAS HAY UN POCO”
Aunque son legión las/os que creen a pies juntillas que los cuatro contertulios habituales de “Otramotro” (Emilio González, “Metomentodo”; Elvira González, “Metáfora”; Eladio Golosinas, “Metaplasmo”; y Edurne Gotor, “Metonimia”) son, como él, tudelanos, lo cierto y curioso es que no lo son. El citado cuarteto o póquer son meras variantes de otro heterónimo, “Egomet” (que significa, en griego clásico, “yo mismo”, conformado con retazos de varios amigos íntimos que tuvo), que parió sin dolor el magín del autor que firma estas líneas abajo.
El escritor sugerido ha tenido esta noche varios sueños, pero uno de ellos, que narrará brevemente luego y sobre el que divagará (o, mejor, extravagará) más tarde, lo ha vivido en un permanente estado de pasmo o estupenda estupefacción.
Uno de sus mejores amigos, de quien me limitaré a dar dos iniciales, A. S., pero no diré de qué, a quien en vida le gustaba compartir (disfrutaba un montón cuando conseguía coronar dicho propósito y dejaba complacidos a los beneficiados) y repartir lo suyo, tuvo la desgracia de morir prematura e inopinadamente. Como, desde que el azar o el destino alejó sus existencias o separó, y con el lento transcurso del tiempo quien trenza ahora estos renglones torcidos ha devenido un agnóstico convencido, redomado, que va camino de decantarse y reconocerse pronto (mañana antes que pasado) abiertamente ateo, acaso el finado amigo ha decidido darle la mano o echarle un cable o cabo, o sea, resucitar y/o mostrarse en sueños vivo a sus ojos para, de este modo, lograr persuadirle del error mayúsculo que iba a cometer.
En la vida real, un día (si un juez, tras reconocer servidor que no lo recordaba con fidelidad, me pidiera que me decantara por uno de la semana, le diría que fue domingo), acompañado de otro amigo, quedé con A. S. en un bar de su lugar de residencia y trabajo. Tras tomarnos lo que fuera (dentro, en una mesa; pudo ser un café), nos invitó a su casa, donde volví a admirarme al comprobar que fuimos dichosos adolescentes, mientras pasaba las páginas del cuidado bloc de fotos que él había confeccionado (amén de otros nuevos).
Dentro del sueño, el entorno en que nos hallábamos los allí presentes resultaba desconocido para mí. Él, de manera sorprendente, ha aparecido en medio, como un pantocrátor o Cristo en majestad, rodeado de una almendra, nube u óvalo luminoso; y así como santo Tomás necesitó meter sus dedos en los agujeros que habían hecho los clavos y la lanza para creer, así hice yo con las yemas de tres dedos, índice, corazón y anular, de mi mano derecha, que han osado acariciar la piel y el vello de su antebrazo izquierdo, que se ha erizado.
Le he preguntado si la tesis, que había elaborado este menda mentalmente, de que había solicitado a Dios más tiempo para despedirse de sus seres más allegados (y el Ser Supremo le ha concedido ipso facto, sin vacilar) era cierta o equivocada. Él se ha limitado a sonreírme y a acercarme su diestra abierta para que se la estrechara con la mía; y en un santiamén ha desaparecido.
Fugazmente, en la palma de mi diestra, me ha parecido leer grabada su respuesta: “De todo cuanto piensas hay un poco”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home