DE “EL QUIJOTE DE AVELLANEDA” Y DE IRIS
Tengo entre mis manos un ejemplar de “El Quijote de Avellaneda” (por cierto, con un error garrafal, morrocotudo —acepto que aquí haya exageración, pero no la hipérbole que alguien más tarde, en el párrafo final, acaso halle—, en la portada, donde cabe leer el nombre de su supuesto autor escrito así, Alfonso F. de Avellaneda, con una efe de más en su gracia de pila) que, con motivo del IV Centenario de la aparición de la inmarchitable obra de Cervantes (1605), el Grupo Zeta publicó, como iniciativa editorial de su revista Tiempo.
En el primer capítulo de la sobredicha novela, cuenta Avellaneda que, tras la llegada al lugar, Argamesilla, de los cuatro caballeros granadinos y hecho el reparto, don Quijote (a quien, según narra el apócrifo autor, “ya no le llamaban don Quijote, sino el señor Martín Quijada, que era su propio nombre”, aunque el hacedor, cayendo en clara y evidente contradicción, una y otra vez, continúe refiriéndose al inmortal personaje de dicha guisa) marchó a su casa con el que le tocó en suerte, don Álvaro Tarfe, quien a la pregunta que le había formulado don Quijote sobre la razón del viaje, este le contesta que lo hacía “por mandado de un serafín en hábito de mujer”, que, a renglón seguido, complementa o completa, así como hace el rosario con la Virgen María, con el siguiente listado de metáforas: “reina de mi voluntad, objeto de mis deseos, centro de mis suspiros, archivo de mis pensamientos, paraíso de mis memorias, y, finalmente, consumada gloria de la vida que poseo”.
He tenido que empezar a releer “El Quijote de Avellaneda” para cerciorarme, una vez más, o darme cuenta, de nuevo, de mi deturpado y escaso cacumen y, asimismo, reconocer, sin ambages, que ese encadenado o lista de tropos lo/a tendría que haber ideado, engarzado o urdido servidor sin la necesidad de mentar (sin ánimo de plagiar, por supuesto) al cabal y no tan manco (como se ha llegado a motejar al) tordesillano.
Si hubiera recibido una notificación, o sea, si hubiera sido citado, en tiempo y forma, por un juez, para comparecer sin falta ante un juzgado o tribunal, acudiría y, tras tomarme el alguacil juramento, diría la verdad pura y dura, que, como le había acaecido a don Álvaro, la confianza que tenía y tengo depositada en Iris, mi amada musa tinerfeña, era y es tan grande, plena y segura, que, como en su caso (el del caballero granadino), este menda resultaría o saldría triunfante de y en otras justas zaragozanas, en el supuesto de que estas se hubieran convocado, claro, y ella, Iris, me lo hubiera ordenado. ¿Por qué?, cabe preguntarse. Entrecomillaré, a continuación, por venir como alianza al dedo anular, el parecer de Avellaneda: “porque yendo ella conmigo, como va dentro de mi corazón, será el vencimiento infalible, la victoria cierta, el premio seguro, y mis trabajos alcanzarán la gloria que por tan largos días he con tan inflamado afecto deseado”.
A la súplica que le hace don Quijote de que le refiera noticias de su hermosa amada, de su edad y nombre y de los de sus augustos progenitores, don Álvaro responde de inmejorable e inolvidable modo circunspecto:
“—Menester era —respondió don Álvaro— un muy grande calepino (esto es —el apunte es nuestro—, un diccionario latino, llamado así por su autor, Ambrogio o Ambrosio Calepino, humanista agustino italiano, nacido en Calepio, de ahí su apellido, de tan vasta erudición que escribió un famoso en su tiempo vocabulario latino, “Dictionum interpretamenta”, 1502, modelo léxico) para declarar una de las tres cosas que vuesa merced me ha preguntado. Y pasando por alto las dos postreras, por el respeto que debo a su calidad, solo digo de sus años que son diez y seis”.
Aunque debo concluir la relectura de la novela del supuesto tordesillano para aquilatar la tesis que anda gravitando sobre mi pesquis o rondándomelo, tengo para mí que “El Quijote de Avellaneda”, además de otras tantas cosas, que no niego ni puedo negar, es un sentido y sincero homenaje (y aquí, para cerrar el círculo, no usa servidor la hipérbole) al “Don Quijote” cervantino. Solo el amor auténtico, el del bueno (o tal vez su contrario, el odio) puede explicar que alguien le dedique a alguien o algo tanto tiempo y esfuerzo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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