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Nuestra memoria no es tan fidedigna

Ángel Sáez García 16 Sep 2021 - 14:00 CET
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NUESTRA MEMORIA NO ES TAN FIDEDIGNA

DESDE BARAJAS VUELO A LOS RODEOS

Ayer me guiñó su ojo derecho varias veces la diosa de la suerte, la Fortuna, pues volé de Madrid a Tenerife, de plácida manera y provechosa. Que mi compañero de asiento en el avión fuera profesor de Historia en la Universidad de Zaragoza, donde yo, por cierto, cursé la carrera de Filología, y dicharachero, ese concreto binomio o tándem, propició que el viaje no me pesara, sino que, al contrario, se me pasara en un santiamén.

Breves minutos antes de que la aeronave, una vez llegada a la pista de despegue, comenzara la carrera previa a levantar el vuelo, hicimos las presentaciones, de esta guisa:

—Me llamo Félix Ángel, profesor.

—Yo solo la segunda de tus gracias de pila y “juntaletras” o escritor. Aún no he publicado ningún libro, pero si quien escribe a diario lo es, yo, sin hesitación, soy escritor, pues publico mis textos o urdiduras (o “urdiblandas”, añado entre paréntesis), ora en prosa, ora en verso, desde que mi bitácora gestiono, el blog de Otramotro, en Periodista Digital, el mes de febrero de 2006, hace más de tres lustros, sí; y son más de 6000 los textos editados, más. ¿Qué profesión más complicada la de historiador, no?

—Depende; es un trabajo minucioso, porque historiar, cuando las pruebas fehacientes escasean y tienes que acopiar tantos y tan distintos materiales (anales, memoriales, epistolarios,…) para hacerte una idea aproximada de lo que, de verdad, aconteció, puede ser agotador, especulativo, desalentador. Con la inestimable ayuda de las grabaciones cinematográficas, videográficas y sonoras la labor historiográfica ha mejorado mucho, pues se basa en menos suposiciones sin fundamento.

—Hace poco, menos de un mes, vi en la tele un programa sobre lo que había ocurrido el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca; y lo que extraje en claro o deduje, tras la emisión del mismo, como conclusión, fue que nadie, ningún historiador, sabía, a ciencia cierta, qué se dijo, de verdad de la buena, allí.

—Así es; un historiador como Dios manda, de los pies a la cabeza, hubiera pulsado la opinión de, si no todos los asistentes al acto, ellas y ellos, el grueso. Para poder tener una idea, si no exacta, bastante aproximada de los pensamientos y los argumentos que adujeron y se cruzaron unos y otros. Y, como cada cual se acuerda de sus cosas, de las que le atañen, y no hay dos memorias iguales de un mismo suceso, el historiador suele borrar, eliminar o echar en saco roto las variantes o variaciones y se queda con lo coincidente o sinóptico, que le refieren sus informantes.

—Hoy, verbigracia, usted lleva perilla, que juraría que no es postiza, y gafas. Si me pidieran que hiciera una prosopografía suya, lo pintaría con los dos citados atributos, pero acaso viaje usted de incógnito y quiera pasar inadvertido. Pues el actual no sea su look habitual.

—Exacto. Para unos seré alto o bajo, dependiendo de la persona con la que me comparen. Para unos seré guapo y elegante respecto de un tipo. O lo contrario, cotejado con otro.

—Le contaré algo que me ocurrió hace muchos años. Yo he llevado, a lo largo de mi vida, varios diarios, pero en secreto. Un  día me puse a releer uno de ellos, de cuando yo estudiaba Tercero de BUP en el Seminario de Zaragoza. Leí, leí y me detuve o paré en el día que me tocó jugar la final del torneo de ajedrez contra Santaolalla, José Luis, tristemente finado (DEP), que se decantó por repetir el último movimiento que yo había hecho, siempre que el tal no lo perjudicara, claro. Terminé ganando la partida, pero con tal dolor de cabeza que tardé años, muchos años, en volver a jugar otra partida. Ese mismo día, según leí mis anotaciones, ocurrió otro suceso, que llamé a mi tío Félix, por tanto, sería el 24 de enero, fecha de su cumpleaños, desde la cabina de teléfono, que funcionaba entonces con monedas, que había en la explanada o plazoleta previa a las escaleras y rampa, verdaderos accesos o entradas al número 162 del Camino de la Mosquetera (en cuyos bajos y los tres primeros pisos del bloque octavo tenía su casa la Orden de los padres Camilos en la capital maña). Reconozco que mis recuerdos dependían claramente de la relectura que había hecho de esas líneas. Compartí mis recuerdos con los que otros compañeros tenían al año siguiente, cuando estábamos estudiando COU, que cursamos en el colegio Enrique de Ossó, en las Teresianas; y constaté que discrepaban y disentían de los míos. Ellos, tres, sostenían que esos recuerdos pertenecían a diferentes días, cercanos en el tiempo, pero distintos. Recordaban, casi mejor que yo, que me tuve que duchar para calmarme los muchos nervios acumulados o generados, tras la tentativa de robo de la cartera que sufrí, dentro de la cabina, por parte de un drogadicto. Para probar que los equivocados eran ellos, no servidor, tuve que desvelar mi secreto, que llevaba un  diario, aunque no escribiera en él todos los días. Y les enseñé lo que había escrito en sus páginas, para que se cercioraran de su clamoroso yerro. Se desveló otra verdad más, sonrojante para mí, que ellos tenían razón o estaban en lo cierto, porque, por el motivo que fuera, dos hojas se habían pegado y yo las había pasado como si fueran una simple. Tras despegarlas, se deshizo el entuerto: había transcurrido una semana justa entre un hecho y el otro.

—Nuestra memoria no es tan exhaustiva ni fiel, como juzgamos, fidedigna.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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