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Hay hechos que devienen inefables

Ángel Sáez García 25 Dic 2021 - 00:00 CET
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HAY HECHOS QUE DEVIENEN INEFABLES

ÁPTERO, MAS CON ÁNGEL DE LA GUARDA

En castellano/español hay un concepto, el de ciencia infusa, que viene a agrupar o reunir (recta o irónicamente) en torno suyo, dentro de la cerca o valla (con o sin vaya) que rodea esa majada o redil de casos inefables, imposibles de explicar racionalmente con palabras, ciertos conocimientos o saberes que solo pueden haber sido infundidos o inspirados por Dios, en el que cada quien crea, por supuesto, si la religión que profesa el sujeto, hembra o varón, es monoteísta, claro, porque, como regla general, cabe argüir que todos, seamos creyentes, agnósticos, escépticos, ateos o el póquer completo, según las circunstancias o los días, y aun a la vez, estaremos, al menos, de acuerdo en esto, supongo, en que solo puede saberse, a ciencia cierta, aquello que previamente se ha aprendido o asimilado. Y, si no ha sido Dios el ser sobrenatural que ha mediado, ha sido en medio de un sueño cuando hemos logrado hallar la solución a un problema, y no solo de física, matemáticas o química. Confucio lo adujo y sentenció de esta guisa tan sutil, incontrovertible y apodíctica: “Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”. Parece un argumento proferido por Perogrullo, pero no.

Ignoro si el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ha tenido constancia de haber llegado alguna vez al conocimiento exacto de algo y no haber acertado a hallarle el quid, una explicación racional de por qué sabe lo que sabe, ya que asume y reconoce que desconoce (se ve incapaz de exponer) cómo ha llegado a conocer lo que conoce.

A mí, a lo ancho y a lo largo de mi existencia, me han sucedido varios casos o episodios que cuadran o encajan con los del jaez descrito en el párrafo precedente. Y, como para muestra basta con presentar un solo botón, pondré un ejemplo clarificador. El día de Navidad de 1978, cuando nuestro amigo y vecino (entonces) Jesús Manuel García Castellano, “Fitín”, y yo estábamos encamados, compartiendo habitación en el antiguo y tudelano hospital de “Nuestra Señora de Gracia” (él, recién operado de un buen tajo en la pierna, y yo, sin poder moverme, pues, como consecuencia del accidente de tráfico que habíamos sufrido, se me habían desplazado las vértebras 11 y 12 dorsales, alguien llegó con la fantástica (más bien fantasiosa) noticia de que mi hermano José Javier había aparecido y que estaba vivo. Yo, sin saber el porqué sabía lo que sabía y dije lo que dije, empero, lo refuté al instante, argumentando que esa buena nueva era un bulo, porque mi hermano había muerto. Y, poco más o menos, aseveré que una punzada que había sentido en el lado izquierdo del bajo vientre me había avisado, por mediación de solo sabía Dios quién (no digo que fuera Él, pero, si no, ¿quién lo hizo?, ¿un emisario suyo, tal vez, un ángel?), del tristísimo hecho, y tras ratificarme, lloré por ello.

En castellano/español existe la palabra “huérfano” para designar a la persona (casi siempre menor de edad, pero esta circunstancia no es excluyente) que ha tenido la mala suerte de perder a uno de sus progenitores o la pésima de perder a ambos (siempre que los tales fueran buenas personas, claro; porque en esta vida hay de todo, como podemos encontrar en una botica o en cualquier otra parte). En más de una ocasión hablé con mi piadoso padre, Eusebio, de que nuestro idioma, aun siendo inmensamente rico, carecía de una voz específica para denotar o nombrar a quien ha perdido a un hijo o a varios (por las causas que fueran), o a un hermano o a varios. Hoy, en el Diccionario de la Lengua Española, DLE, comprobamos que la segunda entrada de la voz citada, “huérfano”, en lenguaje poético, sirve para designar también a la persona a la que se le ha muerto el hijo que tenía o varios hijos. En el caso concreto de mi hermano, se dio la terrible circunstancia agravada de que, además de ser mi hermano, perdí en su persona a quien ejercía o fungía de mi mecenas. Así las cosas, si por un extraño concatenado de causas, quién sabe el devenir de los hechos, algún día el abajo firmante fuera miembro de la RAE, ilusionante (acepto que se me moteje de iluso) y soñador, sí, como se llama Ángel, propondría una tercera acepción o entrada, que recogiera el caso que me toca y he señalado arriba para la dicción existente “áptero”, que significa “sin alas”, ya que así me sentí yo, tras morir Javi, áptero, mas, qué contradicción, ¿no?, con ángel de la guarda.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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