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Yo soy yo y mi salvada circunstancia

Ángel Sáez García 16 Mar 2022 - 14:00 CET
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YO SOY YO Y MI SALVADA CIRCUNSTANCIA

Hoy, miércoles dieciséis de marzo, cuando me hallo a dos semanas justas de cumplir sesenta (¿siento lo mismo que antes sintieron quienes así me lo refirieron, personas coetáneas o unos años más usadas —prefiero este adjetivo a la otra opción de la alternativa, viejas—, que uno va cayendo por la ladera de la montaña de la vida a una velocidad vertiginosa, tremenda, increíble, sin que nada ni nadie lo frene?) primaveras, me ocurre algo extraño con mis recuerdos, pues dudo de ellos, y no sé, a ciencia cierta, si son míos, préstamos propios o adjudicaciones ajenas.

Hace mes y medio, cuando subíamos la cuesta del cementerio de Cabretón en el coche eléctrico que conducía su dueño, mi hermano “Use”, sobrepasamos a nuestra prima carnal Corpus y a su esposo Alberto, que habían cubierto el trayecto andando. Cuando, tras aparcarlo, nos apeamos del silencioso vehículo, y la pareja citada llegaba a nuestra altura, comprobamos los cuatro que, dentro del camposanto, a simple vista, solo estaban el enterrador (Carlos, hijo de Valentín, si no recuerdo mal el apunte que hizo Corpus o Alberto) y el sacerdote, que acababa de oficiar en la iglesia del pueblo la misa de funeral por nuestro tío Ulpiano, finado el día anterior, a quien fuimos a acompañar y despedir a su última morada, donde quedó “ennichado”.

Mientras llegaba el cortejo fúnebre, accedimos al cementerio y anduvimos comentando a propósito de los allí residentes; a quiénes conocíamos y a quiénes no. Allí Corpus me dijo que yo, de pequeño, era un balarrasa, malo, con la significación de revoltoso. Me consta que me atribuyeron barrabasadas o travesuras que no protagonicé, pero no me he defendido de esas falsas imputaciones nunca. Para qué. Adujo que se corría la voz, más rápida que la pólvora, entre los niños de mi edad, ora fueran un año mayores que yo, ora un año menores, de que ya había llegado al pueblo el tudelano, el Angelito. Y yo pensé que, de niño, me gustaba jugar a todos los juegos que había o que nos inventábamos, pero no tuve jamás la sensación de ser el demonio, ni Atila, rey de los hunos, a no ser que eso quiera decir que me iba a apetecer, siendo ya mayor de edad, leer y releer las obras que firmó el proverbial rector de la universidad salmantina, don Miguel de Unamuno y Jugo. Y de él, precisamente, de su primer apellido, Unamuno, iba a extraer o tomar prestada la idea para crear mi seudónimo por antonomasia o excelencia, Otramotro.

Más de una vez y más de dos y aun de tres, he recordado que, de crío, me gustaba acercarme a casa de una vecina de mi abuela materna Cruz, la tía Felipa, yaya de uno de mis compañeros de correrías, Martín, a calentarme, si hacía frío, porque siempre había en su hogar un fuego generoso; pero dicho recuerdo quizá sea una mera apropiación de uno de mi madre, a quien le escuché narrar la misma anécdota o parecida peripecia. Puede que nos ocurriera idéntico hecho a ambos, a mi progenitora y a mí, pero no estoy seguro. Si un juez me preguntara al respecto, haría constar, para no mentir voluntariamente, mi renuente hesitación.

Nunca he sido un pirómano, pues no he sentido placer al ver cómo se quemaba el monte, pero, siendo un infante, me achacaron haber sido el artífice que dio fuego a una pocilga semiderruida. Yo no fui el autor mediato ni inmediato. Ignoro quién quemó aquello, pero yo no fui. ¿Que por qué no salí a la palestra a desmentirlo? Acaso por el prestigio de gamberro que me daba entre mis colegas, ya que prefería ser líder a secuaz. Puede que fuera la excusa fácil de quien, de verdad, lo hizo, que se hallaba en el pueblo, de vacaciones, el Angelito, el tudelano, para achacarme a mí, presunto hacedor de fechorías sin cuento, aquel desaguisado, un desmán más.

Puede que en este texto quien firma abajo sus renglones torcidos, servidor, haya seguido la recomendación del filósofo José Ortega y Gasset, quien dejó escrito en letras de molde su adagio más famoso: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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