¿PIÉROLA Y ARTEAGA? ¡QUÉ ACICATES!
Arre es la voz que se usa para estimular o aguijar a las bestias, una yunta de bueyes, verbigracia. Ahora bien, ¿qué haremos cuando, tras proferir dos arres con voz potente, estentórea, sí, como la de Esténtor (uno de los heraldos de las huestes aqueas que aparece en la “Ilíada”, de Homero, que narra el sitio de Troya), la pareja sigue parada, donde estaba, sin echar a andar, arar o acarrear la carga que arrastraban o el carro que la portaba? Podemos aguijonear al susodicho tándem, pues dice y enseña una paremia del rico refranero español que más vale una aguijonada (o aguijonazo, o sea, picar o punzar con la aguijada, la vara larga con punta de hierro en uno de los extremos que se usa con los bueyes cuando la sola voz no sirve para espolearlos) que dos arres.
¡Ay de aquella persona, ya sea o se sienta ella, ya sea o se sienta él, qué infeliz, que, a lo ancho y a lo largo de su existencia, no ha tenido la suerte de recibir el oportuno muestrario o rosario de aguijonazos de una aguijada hecha hombre!; en el caso que nos atañe y ocupa, maestro de carne y hueso, por ejemplo, Pedro María Piérola García, por la cara o el haz, y Jesús Arteaga Romero, por la cruz o el envés, o viceversa.
Yo tuve la inmensa e intensa fortuna de tener a las dos aguijadas humanas, durante dos y tres años, respectivamente, de educadores, cuando servidor era una esponja experta en chupar todo el jugo inteligente que advertía a su alrededor y brotaba sin parar de ellos, pues ambos lo destilaban o exudaban sin solución de continuidad. Y aún hoy, pasadas más de cuatro décadas y media de aquello, tengo la sensación refractaria de que los dos religiosos camilos susodichos fueron los maestros de los que más aprendí a aprender por mí mismo, y de que olvidarme de ellos y de sus plurales e indelebles enseñanzas sería como si un médico, antes de que se inventara y existiera Internet, se hubiera dejado en casa su vademécum, y este se mirara en un espejo y viera que andaba en cueros y estaba a la intemperie.
Piérola y Arteaga eran originarios de la misma localidad navarra, Ázqueta. Piérola era más alegre y risueño que Arteaga (o menos serio) en la media distancia, porque en la corta esa diferencia desaparecía, se disipaba o se deshacía como un azucarillo en un café caliente, recién hecho.
Ambos fueron dos duchos motivadores, dos excelentes zahoríes (¡cuántos dones descubrieron en los mocetes que pasamos por Navarrete, siempre que el espíritu que bullía y gravitaba sobre el seminario navarretano pasara, sin pesar ni pisar, también por nosotros!). Por razones obvias, Piérola, en el ámbito recreativo-deportivo, era un estímulo constante (con su inseparable bolsa de chucherías o golosinas en uno de sus bolsillos, que erogaba entre nosotros, recompensándonos por haber alcanzado nuestros retos o nuevos triunfos, los que fueran), mientras que, en el ámbito del coro, Arteaga era la espuela que corregía o enmendaba, ora el exceso, ora el defecto, y, por ende, perfeccionaba al cantor.
Confieso que soy el que soy y como soy, en un alto y amplio porcentaje, no desdeñable, por ellos, gracias a ellos, a sus óptimos consejos, sus ejemplos. Si ellos no hubieran despertado mis facultades, habilidades o virtudes dormidas, si es que tengo alguna que merezca dicho nombre, estas hubieran quedado como estaban, plácidamente aletargadas.
Tengo para mí que Gustavo Adolfo Bécquer escribió su “Rima VII” para homenajear al maestro que le había espabilado o avivado su (in)genio poético. Como no creo que haya un poema mejor para darles las gracias, como se merecieron, merecen y merecerán Piérola y Arteaga, reproduzco (pidiéndole permiso con antelación a Bécquer, claro, y mostrándome agradecido con él por haberme concedido el préstamo para la presente y especial ocasión) a continuación su docena de versos (diez decasílabos, con acento en la sílaba sexta, y dos hexasílabos):
Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa. // ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas / como el pájaro duerme en las ramas, / esperando la mano de nieve / que sabe arrancarlas! // ¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma, / y una voz como Lázaro espera / que le diga: “Levántate y anda”!
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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