UN PÓQUER DE INSTANTÁNEAS CON “SALVA”
Hoy, suceso corriente, he vuelto a soñar, por enésima vez, que me encontraba en mi edén en el planeta azul, la Tierra; eso quiere decir, a la pata la llana, que me hallaba, por tanto, en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), donde cursé los tres últimos años de la extinta Educación General Básica, EGB, de Sexto a Octavo, que, con el lento o raudo, según el parecer de cada quien, paso del tiempo, ha devenido o se ha metamorfoseado en hotel (“San Camilo”, qué detalle o gesto), cuando yo era un adolescente, pero, cosa rara, no aparecían esta vez en dicho espacio onírico ni Jesús Arteaga Romero ni Pedro María Piérola García, cuyas presencias suelen ser frecuentes, habituales, casi obligadas, preceptivas, sino, insisto, cosa extraña, otro religioso de la misma orden camiliana, Salvador Pellicer (tristemente finado, DEP, como sus dos compañeros citados, RIP, también sacerdotes), excelente profesor de francés (idioma).
Mientras permanecía tumbado en el catre o sobre, en posición decúbito supino, disfrutando de un feliz rato de duermevela, me ha nacido rememorar momentos que compartí con “Salva”. Los instantes resultantes, evidentemente, han sido muchos, pero, sin tener que culminar un campeonato ni librar un torneo entre ellos, diré que se han impuesto cuatro al resto. Así que he decidido proceder a explicar ese póquer de fotos.
En los tiempos que corren, en los que, por fin, salen a relucir en los mass media (sobre todo, en EL PAÍS) comportamientos delictivos, denigrantes, reprobables y reprochables de religiosos con menores de edad, me veo en la obligación de aseverar que mi experiencia con ellos está exenta de traumas de ese jaez. Insisto en el dato, para que quede constancia de que solo hablo de mí, de mi caso concreto, de mi precisa y no extrapolable experiencia, para que no haya luego malentendidos, porque, con el lento y aleccionador transcurso del tiempo (“la experiencia es la madre y maestra de la ciencia”, solía proclamar mi piadoso padre, Eusebio), he advertido y aprendido que no se puede poner la mano en el fuego por nadie, porque te la quemas. Así que hubo representantes (debo escribir y redacto) del clero que actuaron clara, correcta e irreprochablemente, sin que quepa generalizar (qué injusticia) que en todas las órdenes religiosas dieron amparo a delincuentes, pederastas.
Me había salido (ignoro el motivo, la razón médica) una rojez en el bálano o balano (término que, desde hace una década larga, le cuadra al mío; o le viene como alianza al dedo anular, porque, desde hace la tira, mi pistola anda vacía de balas, sí), en el glande (yo tuve, in illo tempore, cuando mi arma estaba en pleno uso, una novia, que estudiaba Filología Hispánica, como este menda, y a la que le gustaban los retruécanos o juegos de palabras tanto como a mí, que, sobre todo, cuando estaba cachonda, solía proferir este endecasílabo sicalíptico, “siempre que ande, que el glande sea grande”), en la cabeza del miembro viril, y se lo comenté a Salvador, que estaba a cargo de la enfermería entonces y del surtido botiquín, que había dentro de un armario, que se hallaba en el interior de la susodicha. Le enseñé, estando los dos a solas, en la enfermería, la mencionada rojez (puede que fuera acompañada, a la sazón, por otra, la de mi rostro) y me dijo, tras echarle un vistazo, que no le diera ninguna importancia, me prescribió que me extendiera, por la mañana y por la noche, la pomada, de uso tópico, del tubito que me entregó, como así hice y, a los pocos días, el problema se solucionó. Puede que lo haya olvidado sin querer, pero no considero que mienta al aseverar servidor esto, que ni yo le volví a comentar nada al respecto, ni él se interesó por el asunto, dando por supuesto que aquello había sanado.
Salvador, durante una hora de estudio, se percató de que estaba leyendo absorto y con fruición la novela que había solicitado a Jesús Arteaga, nuestro profesor de lengua y literatura entonces, para hacer el trabajo final de la asignatura, “San Camilo, 1936”, de Camilo José Cela. Me la arrebató de las manos, leyó unas líneas, tal vez fueran unas páginas, y se la apropió. Me adujo que yo no estaba preparado para leer aquello de manera comprensiva. Estuve y estoy con Salvador de acuerdo (salvo en el proceder censor, evidente), pero entendí su salomónica decisión, dado el contexto.
Una mañana, durante los oficios (labores de limpieza del colegio), no sé cómo, pero me colé en el despacho que solía usar el profesor de matemáticas y ciencias, que ejercía o fungía de cura en un pueblo próximo, Sotés, y Juan María López, otro religioso camilo, me pilló con las manos en la masa, con los dos problemas que me había dado tiempo a copiar del examen final de física y química, que había que superar, junto con el resto de las materias, para obtener el Graduado Escolar. Ese mismo día, durante otra hora de estudio, se acercó a la mesa del profesor que, excepcionalmente, ocupaba el abajo firmante de estos renglones torcidos, y me preguntó por lo acaecido por la mañana. Fui sincero (según la definición que dio André Maurois, “ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”; porque lo inconcusamente cierto es que no conté toda la verdad de lo que sabía), al referirle una parte de la fetén. Yo fui la primera persona que informó al profesor, “el Matraco”, de mi fechoría y acepté, sin chistar ni mistar, sin paular ni maular, su decisión de hacerme un examen especial, distinto del de mis compañeros, aparte, como castigo. Me puso o saqué un sobresaliente. El ingenuo Salvador me comentó altivo (no era proclive a la soberbia), que su examen no lo pillaría tan fácilmente. Otro compañero se había encargado y ocupado de dicho menester. Otro día daré el nombre compuesto y los apellidos del artífice. Me apuesto doble contra sencillo a que más de uno, de dos y de tres se sorprenderán al conocerlos. Y es que, en ese mismo instante, de puntual vanidad de “Salva”, debajo de los varios folios que tenía sobre la mesa, estaba dicho examen de francés, ¡enterito! Puede que lo arguyera para desincentivar o desmotivar mi posible propósito de reincidir, pero, si le había colocado un cepo al suyo, nada más enterarse de mi presunto interés en conocer la verdad de los hechos con antelación, había sido en vano, por lo que acabo de contar arriba. Reconozco que agaché la cabeza para que no advirtiera o catara que me estaba riendo interiormente (¿acaso podía hacer otra cosa, desde el punto de vista de la coherencia?; a este relato mío no cabe echarle en falta su cohesión, no como ha pasado con la chapuza del Gobierno de coalición, presidido por Pedro Sánchez, que ha vacilado, oscilado o fluctuado entre el bochorno y el alipori, la vergüenza ajena, en lo concerniente o tocante al caso “Pegasus/CNI”, con más agujeros que un colador). Ciertamente, algunos no necesitábamos esa ayuda extra, pero no la rechazamos, no la despreciamos. Ni mis colegas ni yo. Entonces, cuando ocurrió el hecho desagradable, no lo pensé, pero hoy sigo y no dejo de darle vueltas al asunto. ¿Hubo quien se chivó a Juan María para que él pudiera cazarme y yo ser su pieza apresada? Y, si el chivatazo existió, ¿quién me delató? Dejo el hilo ahí, pero puede que otro día lo retome. ¿Continuará? Demos tiempo al tiempo. Ya veremos. Pero, ¿qué hubiera pasado si descubro, en ese mismo momento o unos minutos después, el pastel, que todos los exámenes de todas las asignaturas obraban en nuestro poder? ¿Se hubieran hecho responsables todos los implicados en el affaire (pues no todos los alumnos estábamos metidos en el ajo)?
Cuando cursé el COU, en Zaragoza, algún responsable solicitó voluntarios para ir, durante las vacaciones de Navidad, a Valencia a coger naranjas para las casas de Zaragoza y Navarrete. Como el único brazo que se alzó fue el mío, fui el único alumno que se desplazó en la furgoneta de la orden a la casa de los padres de Salvador, en Benifairó de Valldigna. Allí pasé el postrer día del año viejo y el primero del Año Nuevo. Como las naranjas que había que coger, estaban cogidas y metidas en cajas, no tuve ningún trabajo que hacer, solo disfrutar del momento. Recuerdo que para la cena de Nochevieja degusté cabrito asado. Estaba para chuparse los dedos. Toda la familia de “Salva” se portó estupendamente, de modo exquisito.
Y el póquer de instantáneas con “Salva” ¿ha quedado explicado con detalle? Los lectores dirán, según opinen.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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