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Urdimos en los ratos libres libros

Ángel Sáez García 24 Ago 2023 - 14:00 CET
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URDIMOS EN LOS RATOS LIBRES LIBROS

LEÍMOS LIBROS EN LOS RATOS LIBRES

En esta vida uno está plenamente convencido de pocas certezas o verdades; sin embargo, hay una de la que nadie logrará que me desdiga ni persuadirme de que marro; y es de la fetén que me dispongo a dar cuenta, tras haber procedido a darle cuerda. Los escritores (hembras, varones y no binarios) dedicamos muchas horas de nuestro tiempo, muchos de nuestros ratos libres a escribir nuestros libros. Y lo hacemos discurriendo o disertando de cuanto nos hizo dichosos, de nuestro edén en el planeta azul (oscuro, casi negro), la Tierra, que no son otros que los sucesos que ocurrieron en los espacios y en los tiempos de nuestra niñez, infancia y adolescencia. Yo fui feliz durante mi época o etapa de crío y “muete” (que es el modo tudelano de llamar o referirse al mocete o muchacho), pero recuerdos fieles, fidedignos, constatables y contrastables, los tengo de mi adolescencia, tras ser debidamente desasnado por los religiosos camilos en el seminario menor que regentaban entonces en la localidad riojana de Navarrete.

Confío, deseo y espero que el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos haya entendido el rótulo de la presente pieza literaria y el subtítulo (que, si alguien arguyera que debería encabezar este texto, he de reconocer, sin ambages ni requilorios, que abundaría o coincidiría con él, es decir, que no me opondría a su criterio, por aseverar servidor que dicha razón de peso la sigo catalogando de inobjetable, puesto que la lectura es actividad que siempre precedió a la escritura). Lo que habrá quedado claro, cristalino, y acaso, asimismo, apodíctico, es que los ratos libres, los de ocio, son sagrados, ya que los tales generan nuestra capacidad para fantasear y para que nuestra imaginación se espabile o libere y eche a volar, y que las palabras se escriban unas detrás de otras, sin aparente esfuerzo.

Ignoro qué les ocurre a los demás escritores, pero a mí, cuando recibo en mi mente una centella o epifanía, un chispazo, me veo impelido y obligado a escrutarlo, examinarlo a conciencia y explicarlo en sus detalles o pormenores. Esa centella o revelación puede ser, verbigracia, un recuerdo del “cursillo” preparatorio, propedéutico, veraniego, que aconteció hace casi medio siglo en las instalaciones del extinto, sí, pero inolvidable, colegio navarretano. Allí, habiendo sonado el timbre para salir al recreo, sacrosanto, fui donde fue Vicente y el grueso de la gente, a la mesa del profesor, porque en dicho lugar, en clase, sentado en su silla, el docente que nos había puesto el examen procedió a corregir las soluciones que acabábamos de entregarle con nuestros trabajos firmados. ¿Cómo podía ser considerado un espectáculo ver enmendar, si había que enmendar algo, claro, al religioso camilo Jesús Arteaga Romero esos recientes ejercicios en un santiamén?

Pues, aunque a algún lector le parezca esto impensable, imposible, y le suene a lenguaje cirílico, chino o jeroglífico, no lo es. Aunque eran ejercicios sin mayores dificultades, nunca he visto corregir a nadie de modo más célere, mientras él fumaba Celtas cortos (sin boquilla), ni hacer comentarios tan ponderados, pertinentes, atinados y ajustados como los de Arteaga sobre nosotros, los hacedores de dichos exámenes, en los que acertaba o… acertaba; yo no le vi marrar, durante aquellos quince inmarchitables días del estío del año 1974 que duró el cursillo, jamás de los jamases. Aquellas gafas de pasta negra que usaba le daban el aspecto de búho que sigue teniendo en mi mente (lo propio me ocurre con Miguel de Unamuno, de quien a nadie debería extrañarle que obtuviera por decantación mi seudónimo por antonomasia o excelencia, Otramotro), y que perdurará allí, diuturnamente, mientras viva y el alzhéimer no me haya jugado una pasada pésima. ¡Qué menos! De bien nacido es ser agradecido.

    Ángel Sáez García

    angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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