EN UN GUION CABE HALLAR ¡TANTAS VERDADES!
“El poeta, un fingidor; / finge tan completamente, / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”.
Fernando Pessoa (autor de una constelación de heterónimos)
Un libro es un objeto, pero puede estar repleto de sujetos que viven un acervo de hechos reales (históricos) o un montón de sucesos irreales (imaginados, fantaseados, falseados), y que piensan y que sienten (y estas acciones pueden mezclarse, pues, como aseveró Miguel de Unamuno, a veces, piensa el sentimiento y, a veces, siente el pensamiento) y que tienen emociones humanas, como usted, atento y desocupado lector (sea ella, él o no binario), o yo. El libro es un bien mueble; y, aunque no es un electrodoméstico con su preceptiva garantía, pues no existe un contrato entre ambas partes, la que compra y la que vende, quien adquiere una novela, de alguna forma tácita, llega a un acuerdo con el editor (y, de manera interpuesta, con el autor) de ese volumen cuyo precio ha apoquinado, en principio, con el propósito de llevarse las páginas que contiene a sus ojos, a sabiendas de que, salvo que esta obra sea de no ficción y así lo airee su cubierta, este diserta o trata de una mentira diuturna, alargada en el tiempo, o sea, cobija una colección de embelecos.
Ahora bien, como sostuvo, de modo convincente, persuasivo, Mario Vargas Llosa en su ensayo titulado “La verdad de las mentiras”, una novela, que es ficción, puede amparar una pila enorme de verdades (como puños).
Si de un autor, que es creíble, verosímil, en su relato, cabe decir que interpreta al elenco completo de los personajes de su novela, de un actor se puede afirmar, cambiando lo que debe ser mudado, asimismo, tres cuartos de lo propio, que puede interpretar magníficamente a distintos personajes de diferentes obras de teatro o películas.
Francis Scott Fitzgerald, el autor de “El gran Gatsby”, viene a echarme una mano, a ayudarme (y hasta confirmar mi tesis), cual fautor, pues, en un ensayo titulado “Sobre la escritura” aparece lo que dejó escrito en letras de molde, que “un escritor no es exactamente una persona. Cuando tiene talento, es muchas personas que se esfuerzan por ser una sola”.
Bueno, pues los parágrafos precedentes vienen a cuento de lo que sigue. El pasado viernes 20 de octubre de 2023, durante la ceremonia de entrega de los premios Princesa de Asturias en el Teatro Campoamor de Oviedo, la magnífica actriz estadounidense Meryl Streep, galardonada con dicho premio este año, nominada 21 veces al premio Oscar y ganadora de 3 estatuillas, afirmó (si la modestia era veraz o falsa eso lo sabrá ella; no me corresponde a mí hacer ese juicio de valor) que había interpretado a tantas mujeres extraordinarias en su extensa (y exitosísima, agrego yo) carrera cinematográfica que la gente, el público, la confunde con ellas. Hasta cierto punto, eso es normal, lógico. Ella fue la que las puso en pie, la que les dio el hálito de vida que necesitaban para devenir reales (dentro de la ficción). Y es que retomando la cita o el epígrafe de Scott Fitzgerald, mutatis mutandis, cabe aseverar que un actor (ella, él o no binario) no es exactamente una persona, sino todos los papeles o roles que interpretó, todos los personajes que se esforzó en construir y levantó sobre las tablas de un teatro o delante de la cámara que la filmaba. ¡Cómo no identificarla con esas mujeres inolvidables que fue (dentro de los filmes en los que intervino)!
Meryl Streep, en el discurso que leyó, dijo que “la empatía es el corazón palpitante del don del actor”. Como esa es una verdad inobjetable, me temo que solo un congénere absurdo o, en su defecto, incauto se atreverá a refutarla (con empeño baldío, por supuesto). Reconozco que esas palabras me han hecho rememorar otras, hermanas o primas de las susodichas, que contienen la clásica definición que el filósofo estagirita dio de amistad: “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita (forma verbal que suelo mudar por la más cabal para mí, palpita) en dos almas”. Y es que, ciertamente, si el actor no le presta su alma al personaje que interpreta, este, se ponga como se ponga, de frente, de espaldas, de lado, de pie o boca abajo, no logrará ser creíble y, por tanto, creído.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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