¿POR QUÉ CUANDO REFIERES UN MILAGRO
EL CRÉDULO EN INCRÉDULO DEVIENE?
“Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (“Hombre soy y juzgo que nada de lo humano me es ajeno”). La citada frase que antecede, traducida literalmente del latín, que dejó escrita el comediógrafo latino Terencio y puso en boca de Cremes, personaje de su obra “Heautontimorumenos” (“El hombre que se castiga a sí mismo”), es un aserto incontrovertible, apodíctico, porque tan propio del hombre (en genérico) es hacer el bien como optar por su contrario u opuesto, realizar el mal. Teniendo en cuenta lo trenzado, un día hice esta reflexión al respecto: Si, cada vez que hago el bien, de manera voluntaria, ese gesto me deja una sensación benéfica en el cuerpo y en el alma (si es que existe eso que llamamos alma o espíritu), ¿por qué, diantres, no lo hago a diario? ¿Por qué no lo convierto en acto rutinario, en costumbre? Reconozco que soy humano y no toda ocasión propicia para llevarlo a cabo, el bien, la aprovecho (¿por falta de compromiso, desgana, incoherencia, pasotismo…?). Ángel, si prefieres ser humanitario a humano, insisto en preguntarme, ¿por qué no lo demuestras aquí, ahí y allí, en todo momento? ¿Por qué no lo mudas en hábito?
El último año que estuve bajo la égida de los religiosos camilos, mientras estudiaba el Curso de Orientación Universitaria en las Teresianas, en el colegio “Enrique de Ossó”, de Zaragoza, que era femenino, salvo el COU, mixto; y a mí ver a tanta fémina por doquier me nubló la vista, ofuscó o terminó de abrirme los ojos, los sábados por la mañana, nosotros, los futuros camilos (si no marro, de mi curso solo uno hoy es hermano de dicha orden), tras desayunar, nos desplazábamos en autobús a la calle Cartagena, donde había un asilo y allí les echábamos una mano (en realidad, las dos, que ninguno de nosotros era manco) a las monjas, que regentaban el edificio, la institución, con los ancianos y los enfermos crónicos que residían allí.
Un día ocurrió un milagro, protagonizado por un cascarrabias a quien yo solía vestir entero, de pies a hombros (he corregido la voz que aparecía antes, cabeza; le ponía los calcetines, las zapatillas, los pantalones, la camisa, el jersey, etc.; y luego le prestaba mi diestra para coronar sus abluciones matutinas; él solo se ponía una raída boina negra), incluso un día, previa petición suya, me atreví a cortarle el pelo cano de las sienes (seguramente, me concedió dicho privilegio por ser este menda quien tantas veces se lo tomaba, pues ya entonces el abajo firmante de estos renglones torcidos era un guasón empedernido; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, dice el dicho castellano con sobrada razón de peso).
No había manera de que el anciano hiciera nada (salvo cubrirse su testa medio calva); sencillamente, se dejaba hacer. Esa mañana del prodigio (sin testigos, solo estábamos presentes el viejo gruñón y yo) le propuse, con sumo cariño, ingrediente fundamental de cualquier guiso, algo que le hizo sonreír, a él, el quisquilloso, de rostro natural serio: si se ponía él solo los calcetines, ese gesto simple, obtendría una generosa recompensa por mi parte, pues le daría un beso en la frente. Como le di dos, largos, sonoros ambos, tras ponerse los calcetines cenicientos, grises, se vistió de abajo arriba, completamente, dejándome a mí boquiabierto. Qué razón tenía San Francisco de Sales, que dijo y dejó escrito en letras de molde este adagio: “Se cazan más moscas con una cucharada de miel que con un barril de vinagre”. El refrán español “más moscas se cogen con miel que con hiel”, que incide en la importancia y los buenos frutos que suele deparar la dulzura, viene a reforzarlo y ratificarlo.
Por supuesto, como los milagros tienden a resultar increíbles, aunque acontezcan a diario en el mundo (medie o no medie Dios, las/os santas/os, las beatas/os, etc.) hasta siendo inmundo, cuando vino la monja a supervisar mi trabajo, le conté lo ocurrido y ella, con un “anda, anda, no me vengas con pamplinas, con cuentos”, que era lo lógico y normal (no la culpo) que adujera, no me creyó.
Nota bene
Bueno, pues otro tanto, mutatis mutandis, me ha acaecido recientemente, que me he enamorado de Mayte, una mujer que es mayor que yo (en edad, me refiero). Sigue leyendo, atento y desocupado lector, pues que el grueso de la gente no me cree. Como si el caso de Emmanuel Macron y su esposa Brigitte, 24 años mayor que el presidente de la República Francesa, su profesora de teatro en el instituto (ella tenía 39 años cuando él era un quinceañero), fuera único, excepcional. Lo propio, pero al revés, pasó entre Leonor Izquierdo y Antonio Machado. Ella tenía 15 años, la edad mínima para contraer matrimonio, cuando se casó con Machado el día 30 de julio de 1909, que tenía 34.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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