¿HABRÁ A QUIEN LE SORPRENDA LA ETOPEYA?
LOS MANDAMASES, ¡CUÁNTO SE PARECEN!
“La prosa, decía Juan de Mairena a sus alumnos de Literatura, no debe escribirse demasiado en serio. Cuando en ella se olvida el humor —bueno o malo—, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, ¡tan empalagosa!”.
Antonio Machado, en su “Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo)”, 1936.
Esto va para quien no me conozca, porque quien me tiene guipado, fichado, controlado y metido acaso en un cajón estanco ya sabe (le consta, de manera fehaciente) que soy un burlón, coñón o zumbón empedernido. Y, por eso, de cuando en vez, me concedo la gracia (sin que le preceda a la mencionada voz el sintagma “el tiro de”, por supuesto) de cachondearme a porrillo del momento. Así que ahí va la confesión que el lector avezado (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro aguarda, como agua de mayo, que haga al ídem inicial, inaugural o esporádico.
Durante la cuarta o quinta vez que otrora pasé mi vista, de cabo a rabo, por “El Quijote” cervantino, me di de bruces con unas páginas en las que el hacedor clásico demostró ser contemporáneo y hasta hodierno, pues bastó con que este menda pusiera el lenguaje que usaba don Miguel en las mismas al día para que las tales pudieran pasar como nuevas, originales, recién salidas de un telar moderno. Y doy fe de que eso ocurrió tal cual, pues ni siquiera uno solo de mis amigos, licenciados, como servidor, en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), que antaño leyeron (supongo) la inmortal obra del alcalaíno, e hicieron lo propio, asimismo, con mi texto, se dieron cuenta de que el abajo firmante les había dado gato por liebre, al ignorar que la idea y las palabras no eran mías, sino de “el manco de Lepanto”.
Como hoy existen herramientas sin cuento para poder probar si la pieza literaria que uno ha escrito es copia o plagio de un texto de otro autor, propongo a los lectores (ellas, ellos o no binarios) un juego fácil, muy fácil. Lo entrecomillado, que van a leer a continuación, aunque vaya firmado por mí, no lo escribí yo, sino otra persona. Deberán adivinar (bueno, como puede que no funjan de augures profesionales, me conformo con que adviertan e identifiquen) los verdaderos nombres y apellidos silenciados del presidente, sobre el que discurre o diserta el texto, y de la filósofa que lo firmó. La susodicha tribuna (para poner alguna dificultad, óbice o traba en el camino) no está completa, pero hay partes de la misma que, salvo lo imprescindible, para que no se descubran al instante los nombres y apellidos del retratado y de la retratista, son fieles a los originales:
“(…) Para este presidente, no hay pasado. No solo es que no le interese aprender del conocimiento y la experiencia históricos. Es que el ayer, sencillamente, no existe. Ni siquiera el suyo. De su memoria desaparece cualquier declaración o posición anterior que pueda ser vinculante para él; la idea de la coherencia le repugna. El presidente no se siente comprometido con nada, ni siquiera consigo mismo un momento antes. Para el gerifalte no hay continuidad racional, todo puede romperse, invertirse, negarse en cualquier momento; lo que antes dio por válido pierde su validez más allá del instante. Todo puede ser cuestionado a voluntad, nada significa nada fuera del acto de hablar. La estabilidad semántica tampoco existe para él: cada gesto, cada palabra puede perder en cualquier momento su significado previo si le conviene. El lenguaje como sistema asociado a un significado, como condición y posibilidad de entendimiento, se ha hecho añicos en los últimos cuatro años en tiempo real.
“El responsable de todo esto no ha sido solo él, el jerarca, sino también el acompañamiento mediático simultáneo y sin filtrar, las emisiones en directo de la radio y la televisión públicas, que han normalizado esta perversión comunicativa. Los errores y las mentiras del presidente se enumeraban aisladamente, siempre en diferido, creando así la sensación de que se trataba de frases y términos esporádicos e incorrectos, y no de un ataque sistemático a las normas vinculantes y las condiciones del entendimiento (…)”.
Confío, deseo y espero que el grueso de los lectores haya identificado las gracias y apellidos de ambos, presidente y filósofa. Puede que más de uno se haya sorprendido, al comprobar que en la etopeya de dicho mandatario podían encajar unos cuantos y, en un principio, tan distintos entre sí. Así que me ha dado por colocar, bajo el rótulo de este escrito, el subtítulo que porta.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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