OTRAMOTRO, ME HAS DADO UN SORPRESÓN
Y ANTAÑO UNA EXCELENTE INFORMACIÓN
El viernes pasado, como es una costumbre que ha echado raíces en mí, acudí al convento de Algaso para hacerle la visita semanal, proverbial, a fray Ejemplo. En el recibidor, tras fundirnos en el abrazo de rigor y darnos mutuamente la propina asidua, que consiste en las dos, tres o cuatro palmadas en la espalda del saludado, mi querido maestro, que puede llegar a ser tan zumbón como este menda, su epígono, me espetó:
—Otramotro, me has dado un sorpresón. Como el viernes de la semana pretérita, antes de despedirte, me comentaste que tal vez hoy no pudieras desplazarte al cenobio, porque tus diversas obligaciones profesionales te lo impidieran, debido al volumen de trabajo que, eso calculabas, se te iba a acumular encima de la mesa, no te esperaba, de veras. Pero bienvenido eres, como siempre.
Y yo le repliqué:
—Así es; pero ayer me quedé hasta tarde, la una de la madrugada, corrigiendo exámenes y los trabajos de fin de curso que, salvo dos auténticas rarezas, dos especímenes excepcionales, el resto de mis alumnos siguen teniendo el pésimo hábito de aguardar al último día de plazo para entregarlos. Seguramente, entre hoy, mañana, sábado, y pasado, domingo, acabaré esa tarea que es la labor más perentoria que tengo entre manos. Salvo causa o caso de fuerza mayor, mi charla semanal con usted no me la pierdo, porque, aunque pueda admirarle el hecho, además de ser aleccionadora, he de reconocer sin ambages que me relaja, como otro tanto sucede con cuanto me seduce, que, por cierto, es su anagrama, el rumor del mar.
—Si me permites, Otramotro, te voy a enseñar una novedad.
Y procedió a meter su diestra en el bolsillo del hábito y sacar del bolsillo derecho del pantalón (esto no lo vi; es cuanto deduje) el nuevo modelo de móvil que le habían entregado en la tienda de la compañía de telefonía con la que volvió a firmar el correspondiente contrato de dos años. No es un teléfono inteligente, sino una versión remozada o renovada del antiguo teléfono fijo de casa.
—Te tengo que dar las gracias por aconsejarme, con especial encarecimiento, cuanto me convenía, tras haberme persuadido con razones de peso de las ventajas de no adquirir un smartphone, porque, entre otros motivos, me iba a limitar mi preciosa y preciada atención.
—Como amor con amor se paga, gracias.
—Ayer, precisamente, en la tele estuve escuchando y viendo, haciendo más de lo segundo que de lo primero, lo confieso, un debate sobre el alza que había experimentado en nuestra sociedad, durante los últimos años, los casos de hipocondría. Hoy muchos de nuestros congéneres muestran una preocupación constante y angustiosa por un simple achaque de salud. Con el lento paso del tiempo, ya sabes que yo estoy dentro del grupo de quienes han estrenado la octava raya o década, es normal que se experimente un evidente aumento del deterioro físico.
—¿Sabe cuál es el culpable, en un porcentaje alto, de los casos de ese estado hipocondríaco?
—Uno de los médicos presentes en el coloquio lo aseveró, sin la menor duda, el mal uso que hacemos del smartphone, al preguntarle al “espabilaburros”, como llamas tú al buscador de Google, qué enfermedad pueden tener, tras hacer un listado raudo de los síntomas que tienen.
—Pues eso coincide con cuanto he leído al respecto.
—Otro de los galenos, que trabaja en el servicio de urgencias de un hospital, adujo que hacemos una utilización pésima, perniciosa, indebida, de dicho servicio, al que solemos acudir sin motivo o razón de peso, atestando y colapsando ese espacio, que debería ser usado por pacientes con inconcusas necesidades perentorias.
—Lo urgente, maestro, es que hagamos todos autocrítica. No analizamos de dónde proviene la información que nos llevamos a los ojos, que consultamos, pero no contrastamos; y eso nos lleva a asustarnos innecesariamente. Muchas veces, en lugar de informarnos, nos desinformamos, porque no hemos aprendido a saber discriminar lo auténtico o fetén de lo mediocre, esto es, distinguir el grano de la paja, que deja mucho que desear. No estamos preparados para filtrar y salir airosos de ese aprieto o brete.
—Eso mismo aseguró otra doctora; que vestimos con ropas de ciencia informaciones que van desnudas por algo. Te agradezco, de veras, que me abrieras los ojos y que me desaconsejaras comprarme un teléfono inteligente.
—Acepto, de buen grado, las gracias, si ídem.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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