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Todo hombre es una paradoja andante

Ángel Sáez García 04 Jul 2024 - 14:00 CET
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TODO HOMBRE ES UNA PARADOJA ANDANTE

TÚ, LECTOR, Y EL ABAJO RUBRICANTE

“Al ateniense Esquilo, muerto en la fértil en trigo Gela, hijo de Euforión, lo oculta esta tumba. De su valor bien considerado el santuario de Maratón puede hablar y el medo de larga cabellera, su conocedor”.

Epitafio de Esquilo

   Que el hombre, en genérico, es una paradoja andante, una pura contradicción (como la rosa del epitafio de Rainer Maria Rilke), no debería extrañar a nadie. Se parece al boxeador perdedor, que, tras dar dos o tres pasos tambaleantes, grogui, ha acabado fuera de combate sobre la lona del cuadrilátero y, nada más recuperar el conocimiento y la vertical, acude raudo a la esquina contraria a darle la enhorabuena al oponente, vencedor. O este, el triunfante, cuando se interesa, de corazón, por la salud del que acaba de maltratar a puñetazos y ha mandado sin querer en una UVI móvil (dotada con todo el aparataje necesario para realizar prácticas de soporte vital avanzado) al hospital.

Está claro, cristalino, que nuestra escala de valores (la del lector, ella, él o no binario, y la mía) no es la de nuestros padres ni la de nuestros abuelos (ellas y ellos; a pesar del atavismo, esa tendencia biológica a que caracteres de los antepasados, más o menos remotos, aparezcan en sus descendientes). Ahora bien, puede que, si alguien nos pudiera estudiar a conciencia a los tres, a mis yayas/os, a mis progenitores y a mí, acaso advirtiera una idea que nos uniera a los tres miembros de la familia (además de los genes, por supuesto), un hilo que, ayudado de una aguja, nos pespunteara, haciendo puntadas (no conviene olvidar la ene en dicha voz, como casi me ocurre a mí), si no idénticas o iguales, similares.

Ignoro si otro tanto le acaece al atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, pero a mí me llama sobremanera la atención que Esquilo, en su epitafio, no echó en saco roto mencionar la batalla en la que participó (en la mencionada, de Maratón, que aconteció el 12 de agosto del 490 a. de C., verbigracia, murió su hermano) y sí las numerosas obras teatrales que escribió y fueron representadas; ni siquiera menta una sola de las siete que han llegado íntegras hasta nuestros días. ¿Estaba Esquilo más satisfecho de haber defendido a su nación que de las obras que creó? Aunque eso parece colegirse del hecho, no lo creo, pero no tengo un argumento que ofrecer en favor de mi objeción. Lo reconozco. Empero, refutándome, ¿no hizo tres cuartos de lo propio Cervantes, encomiando y/o ponderando la de Lepanto, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571, en la que él participó, de esta guisa, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”?

Bueno, pues, con ser sorprendente lo señalado en el parágrafo precedente, aún lo es más que escribiera su obra “Los persas” (472 a. de C.), donde el citado dramaturgo ateniense (¿pretendiendo esquilarnos a quienes los portábamos, como si fuera lana, nuestros prejuicios?), de manera inesperada, narra la perspectiva o el prisma que de la guerra tienen sus enemigos, perdedores de y en la misma. La acción transcurre en la capital del reino persa, Susa, y en la obra no aparece un solo personaje griego.

Esquilo debió hacer trabajo de campo o, en su defecto, en el caso de que no lo culminara, dio bien el pego, pues uno infiere, tras leer la obra, que se documentó (¿cómo?; se desconoce). En dicha obra no cabe hallar un ápice de mofa, una pizca de aversión o inquina hacia los persas, sino, al contrario, un afán de entender su estado de postración, tras sufrir los rigores del varapalo bélico, de la severa derrota.

El heraldo persa, llegado a Susa, narra emocionado la batalla naval de Salamina (ocurrida ocho años antes, el 480 a. de C.). Como Javier Cercas sabía y quien haya leído su novela “Soldados de Salamina” (2001) también, el nombre de esa pequeña isla del mar Egeo, donde aconteció el combate naval susodicho y el ejército más numeroso de Jerjes I perdió ante la alianza helena, ha pasado a ser el lugar proverbial donde el pueblo agredido se rebela contra el invasor, defendiendo, a golpe de espada, sus leyes, costumbres y modus vivendi. Qué razón sigue teniendo Walter Benjamin, desde que en 1940 adujo su celebérrima reflexión de que: “No hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo de barbarie”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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