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¡Cuánta verdad subyace en las mentiras!

Ángel Sáez García 09 Ago 2024 - 14:00 CET
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¡CUÁNTA VERDAD SUBYACE EN LAS MENTIRAS!

Hoy, durante la siesta, inferior a la media hora asidua (si la comenzamos a medir desde el momento en que me he acostado en el catre hasta el instante en que me he levantado del mismo), mientras me hallaba descansando plácidamente en los mullidos brazos de Hipnos (o, en su defecto, en los de su hijo, Morfeo), durmiendo a pierna suelta, he soñado que celebraba, en la grata compañía de mis queridos e inveterados amigos “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), una comida en un restaurante de postín (cuya dolorosa estaba dispuesto a abonar, de buena gana, servidor, pues se sentía, por primera vez en su vida, rico), ya que, por fin, habían visto la luz en una editorial prestigiosa los 28 relatos que agavillé, hace dos años (como tempus currit ut volet, el tiempo corre que se las pela, puede que hubiera transcurrido más), sobre sucesos que habían acontecido en mi territorio fantástico por antonomasia o excelencia, donde todo acaecimiento puede ocurrir, incluso un milagro o prodigio, Algaso. Y ese era, precisamente, el título que aparecía, escrito en letras mayúsculas, en la portada de la obra, el nombre de la imaginada villa del septentrión peninsular, que contiene algo (no sabría decir, a ciencia cierta, si eso es mucho o poco) de mí, “Algaso”, algo de as, Ángel Sáez.

Puede que el porqué o la razón de dicho sueño estribara, estuviera o radicara en otro anterior, que osó dirigir con absoluta libertad, su habitual proceder, mi inconsciente ayer, pero no por la tarde, durante la siesta correspondiente, sino de madrugada, antes de despertarme (por lo perentorio o urgente) y tener que salir a evacuar la vejiga de la orina, que había llegado al límite de su capacidad, al baño, en el que soñé que había aparecido en BABELIA, el suplemento sabatino del diario EL PAÍS, una crítica literaria sobre la susodicha “Algaso”, en la que el comentarista decía algo que me entusiasmó y enorgulleció, que hacía mucho tiempo que él, el analista, no había disfrutado tanto leyendo una colección de cuentos; quizás desde que se llevó a los ojos “Ficciones” (1944), o esa otra obra miscelánea que es “El hacedor” (1960), las dos de Jorge Luis Borges.

La crítica la firmaba quien fue otrora magnífico compañero mío de facultad y piso en Zaragoza, durante la carrera (Filología Hispánica) y, más tarde, durante el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica), Jesús Manuel Arellano Barja (aunque él, sensu stricto, llevaba siendo colega desde Séptimo curso de la Educación General Básica, EGB, en el seminario menor navarretano; y lo siguió siendo los cinco cursos siguientes: Octavo de EGB, en Navarrete; los tres cursos de BUP, en el seminario metropolitano de Zaragoza, colegio “San Valero”; y el COU, en las teresianas, en el colegio “Enrique de Ossó”), a quien le estoy agradecido por un montón de motivos que, por mor de la brevedad (el abajo firmante de estos renglones torcidos es un seguidor fiel, convencido, del adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián, en el que cabe leer esto: “(…) Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos”), concentro todos en uno, este: el trabajo de Psicología del aprendizaje que presentamos en el CAP, en cuya portada aparecían los nombres y apellidos de ambos, insisto e itero, machaconamente en ello, lo realizó él solo, en exclusividad, de cabo a rabo, pues yo, por aquellas fechas, andaba atareado en otros menesteres de dicho doble curso, que, por cierto, me quedaron para ser publicados. Ahora bien, como con la verdad se puede ir a cualquier parte, debo reconocer y admito, sin ambages, lo obvio, que me siento en deuda con él, desde entonces, porque, de dicha labor, salvo del planteamiento del mismo, que fue mancomunado, él fue el único y verdadero hacedor.

A veces, el inconsciente consigue enhebrar, a la primera, con hilo blanco una aguja de coser, y, alcanzada esa cumbre, se dedica a hilvanar sueños, que son mentiras, para transmitir una verdad.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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