UN ANIMAL IMPERFECTO ES EL HOMBRE
Hoy estoy absoluta y plenamente convencido de que nadie puede poner objeción a este aserto (que no juzgo de mi exclusiva propiedad intelectual, ya que considero que otros muchos congéneres que me han precedido lo han podido aducir con parecidas u otras palabras antes que servidor) hodierno: el hombre es un animal imperfecto (tanto desde el punto de vista anatómico como desde el ético o moral). Y es que hay semejantes míos a los que no les funciona bien el corazón, el hígado, los riñones, etc.; y cabe hallar a quien no les responden correctamente ninguno de los órganos mencionados, pero, tomando la medicación prescrita por los galenos especialistas, ahí siguen y siguen y siguen, sobreviviendo. Hay quien padecía un oxímoron, una mala salud de hierro, como, por desgracia, verbigracia, se decía, y el propio enfermo lo corroboraba, del poeta José, “Pepe”, Hierro, premio Cervantes de 1998, autor de un soneto inolvidable, titulado “Vida”, epílogo de su poemario “Cuaderno de Nueva York”.
Hoy, estando tumbado decúbito supino en el catre, sin lograr conciliar el sueño, durante el breve rato de siesta, me ha dado por pensar en lo obvio, que he olvidado un montón de nombres y primeros apellidos de autores, actrices y directores cuyas interpretaciones y/o trabajos me han gustado sobremanera, cuando he tenido la oportunidad de ver (y oír, verbo que solemos echar en saco roto) sus películas en la pantalla de un cine o de la tele. A mí, al menos, no me ha dado por sentir angustia vital, ni algo aún peor, pánico, como, si no me han mentido como bellacos, eso es lo que han reconocido en diálogo sincero varios amigos de la segunda capa de esa alegórica alcachofa o cebolla que es la amistad.
Hay quien interpretó el olvido como un anuncio o presagio de muerte (y acaso no iba tan desencaminado, si tenemos en cuenta qué les sucede a los enfermos, ellas, ellos o no binarios, de alzhéimer, que olvidan sus recuerdos, su historia, quiénes son y pierden hasta su dignidad como personas, aunque, al menos, ellos no son conscientes de este, amén de descorazonador, descerebrado hecho), más o menos inminente. Y es que el ser humano es un ser falible (errare humanum est, sed perseverare diabolicum), mortal. “¿De qué sirve presumir, / rosal, de buen parecer, / si aun no acabas de nacer / cuando empiezas a morir?”, son los cuatro primeros versos que dejó escritos, negro sobre blanco y en letras de molde, Quevedo en la primera décima de las dos que forman parte de la letrilla titulada “A un rosal”.
A mí, lo reconozco sin ambages ni requilorios, no me agrada tener olvidos, pero compruebo un día sí y otro también que los tengo. Lo único que puedo hacer al respecto es constatar cuanto ocurre, que olvido, porque el hombre no es una máquina perfecta, aunque lo parezca. ¿Acaso hubo o hay algún semejante nuestro que no olvide? Jorge Luis Borges se sacó de su chistera o magín a su personaje literario Ireneo Funes, el memorable memorioso, pero a quien le pueda parecer que el don de recordarlo todo es una bendición, le sugeriría que se pusiera, durante una semana seguida, no más, el disfraz de dicho ente de ficción. Seguramente, llegaría a la conclusión opuesta, que esa habilidad o virtud era una maldición, tan perniciosa o pésima como otra de ese o similar jaez.
La literatura es inmortal hasta con sus imperfecciones. ¿Por qué? Porque su hacedor es un ser imperfecto. Sea esta o no un reflejo de la sociedad o de la vida actual, tanto la una como la otra son imperfectas; así que el resultado tendrá que ser, por desgracia, haga o no haga gracia, imperfecto. Todas las novelas que he leído, todas, sin excepción, son imperfectas, pero eso no las hace menos queridas por mí. También los amigos del alma lo son, y usted, lector, y yo. Incluso “El Quijote”, que acaso sea la mejor novela habida y por haber, es imperfecta; ahí están las pérdidas y olvidos cervantinos, que son proverbiales, pero que, si le restan algo, apenas es un ápice o una pizca a dicha imperecedera obra.
Nota bene
En cierta ocasión, le preguntaron al general Antonio Ros de Olano qué tesis quería sostener en su obra “El doctor Lañuela”, una obra de carácter esotérico, o sea, difícil, intrincado, y él contestó, poco más o menos esto: “Cuando la escribí, solo Dios y yo lo sabíamos; hoy, lamentablemente, solo lo sabe Dios”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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