¡QUÉ PAZ DA RECORRER “LOS ARBOLITOS”!
Ignoro qué opinará (en el supuesto de que tenga formado algún criterio al respecto) el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, en concreto, de la tesis que me dispongo a dar por sentada a continuación, que no solo es lógico y normal enamorarse de un pueblo, Cornago (La Rioja), verbigracia, sino también hacerlo de uno de sus paseos, el de “Los Arbolitos”, por ejemplo, y, asimismo, por descontado, seguir enamorado de una fémina cornaguesa, y aun de varias, aunque esos embelesamientos fueran de distinto tipo y ocurrieran hace muchos años.
¿Acaso se puede dejar de amar la experiencia, cuanto sucedió en las coordenadas espaciotemporales, cuando se amó sin restricciones y de verdad? Se podrá dejar de amar (y nunca del todo), siempre que otro pueblo, paseo o fémina reclame tu atención e interés personal, pero, si no se lo arrebatan los presentes, ahí están los pasados, más livianos que pesados, para que uno pueda echar mano de ellos y, gracias al cúmulo de herramientas que hay en la caja donde vas metiendo lo que te han reportado tus lecturas, el perito arte de juntar palabras, metamorfosearlos en literatura.
Sostiene el neurólogo británico Oliver Sacks (basta con hacer una biopsia o vivisección a dicho pensamiento para certificar y colegir lo obvio, que no marra) que “todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”. Abundo con su tesis, porque no es necesario que los hechos que otrora sucedieron los retome ahora el autor para un nuevo lienzo o telar, y con ellos recrear otros nuevos, que sean posibles y, por ende, tan dignos de que acaecieran, aunque no acontecieron en la realidad.
Yo tiendo a jugar, a intercambiar teselas de mosaicos reales con piezas de otros puzles irreales, siempre que sean creíbles, verosímiles; o sea, a mudar personas y hechos de una narración verídica en otras/os de un relato apócrifo.
Mi novia actual, que se llama Paula, aunque ella no sepa aún que lo es, pues yo no he tenido la delicadeza de solicitarle el preceptivo permiso para que dé, o deniegue, su conformidad de que se tiene por tal y pueda tratarle sin excederme así, es un sol. Bueno, pues, con Paula puedo pasear tranquilamente por “Los Arbolitos” y confiarnos mutuamente, mientras deambulamos, nuestros deseos, secretos, sueños y temores; y, como puede que algunos sean comunes, coincidentes, sentados en uno de los bancos, diseminados a lo largo de dicho recorrido, en un momento dado, nos miremos arrobados a los ojos, recíprocamente, y nos demos un beso de tornillo, un morreo, el primero, porque, esta es la pura y dura verdad, todavía no nos hemos dado uno, ya que lo cierto es que no hemos cruzado en la vida real más de cincuenta palabras, pero ella me ha gustado (me refiero a su actitud, a su proceder, no al físico, que cuenta, por supuesto, pero no es cuanto más he valorado de ella).
No sé qué piensan los lugareños del cornagués castillo de los Luna, pero yo veo en él o, mejor, lo identifico con mi hermano José Javier, finado hace cuarenta y seis años, pero presente, cual sombra protectora, benéfica. Fue baluarte, bastión, defensa y hasta cementerio. Allí estuvieron enterrados, durante algún tiempo (años y aun décadas), los restos mortales de mi abuelo José. Así que acabo de formular, sin querer queriendo, como solía decir el chavo del Ocho/8, el pensamiento que no había pensado referir, que, además de ver en una de las facetas de ese poliedro que es el castillo-fortaleza a mi hermano, columbro o vislumbro en otra de sus variopintas caras a mi yayo paterno. Y, si uno sostiene el escudo para defenderme, el otro esgrime la espada afilada para amedrentar y guardar la prudente distancia con la parca, a pesar de que esta no deja de empuñar su dalle espantable.
Nota bene
Siguiendo la estela que dejó Cervantes en su inmortal obra, callo los nombres de las féminas cornaguesas que he amado para que una treintena se sientan amadas en silencio y, asimismo, por esta otra razón, porque me parecería una desconsideración y/o descortesía que hiciera públicas sus gracias de pila sin habérselas mencionado antes a mi novia actual, Paula, para que le constara una parte, al menos, de mi amatorio currículo, ni haberles pedido el pertinente permiso a las interesadas, por si se oponían a mi propósito revelador.
Post Scriptum
Como no faltará el lector asiduo de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro que se sienta defraudado, porque servidor le ha escamoteado aquí el quid de la cuestión, el ejemplo clarificador, por no haber dado cuenta expresa de uno, al no haber fungido de leal epígono de fray Ejemplo, subsano la falta en un santiamén y lo refiero: estuve, estoy y estaré arrobado mientras viva, del comportamiento modélico, siempre a la altura de las circunstancias, de mi tía María, sí, cornaguesa de pro. ¡Qué morrocotudo error cometí varias veces!, por no haber comprado una grabadora y poder recoger así, fielmente, cuanto ella sabía, que era mucho. Estoy convencido de que quien tuvo la inmensa suerte de conocerla y tratarla abundará conmigo en la opinión cabal que contiene este post scriptum.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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