AYER CACÉ OTRO PEDAGOGO BOBO
Aunque está claro, cristalino, que no todo pedagogo es necesariamente bobo, ayer volvió a caer en mi red o tela de araña otro de esa calaña o ralea. Terminada la conferencia, en una sala aneja al salón donde había sido impartida la misma, se sirvió un piscolabis o refrigerio, lo que antes era llamado con dos palabras, vino español. El mencionado pedagogo, más bien “pedabobo”, y yo (que habíamos acudido otras veces al casino “La Fuerza”, de Algaso, pero nunca habíamos sido presentados) fuimos en esta oportunidad para escuchar atentamente a quien la junta del susodicho había invitado y convocado, un experto en la materia, Inteligencia Artificial, tema de rabiosa actualidad, a fin de que él nos abriera la mente sobre el asunto de marras y fuéramos más libres, a la hora de pensar y opinar, o los asistentes fuéramos aleccionados por el perito.
A la sazón, servidor agarraba una copa de un caldo de la tierra, un crianza de uva garnacha cien por cien, con la mano izquierda, del que tenía la intención de beber un sorbo, tras haber ingerido antes un mini pincho de jamón que sostenía con la diestra, cuando escuché la siguiente boutade u ocurrencia:
—La memoria no es crucial, precipua o principal. Lo verdaderamente importante es saber relacionar conceptos —afirmación que había sido emitida o había salido de la mui del pedabobo; y este, tras proferirla, se había quedado más ancho que largo, tan campante.
Irónicamente, sin haber llegado a engullir el mini pincho de un bocado ni haberle dado el primer trago al caldo de Haro (La Rioja), me brotó argüir esto:
—No aplaudo su aserto por tener las manos ocupadas —e hice el gesto oportuno, exhibiéndolas de esa guisa, para que se viera, ostensiblemente, que era cierto cuando aducía—, pero luego, cuando las desocupe, con sumo gusto le tributaré la ovación que se merece.
Ignoro cómo se tomó mi comentario, pero, cuando les adujo a las cinco o seis señoras que le hacían corro, que él era hijo de un pensamiento gramsciano, que situaba el pesimismo de la inteligencia en clara oposición al optimismo de la voluntad, y se olvidó de mencionar la memoria, la otra potencia del alma, que había vuelto a colocar a la altura del barro, no puede callar este sarcasmo:
—Como usted muy bien sabe, porque, seguramente, lo habrá leído en más de uno de los muchos libros que se ha llevado a los ojos, ese pensamiento lo propagó Antonio Gramsci, pero quien lo ideó no fue él, sino el Premio Nobel de Literatura de 1915, el escritor francés Romain Rolland. Ciertamente, según Gramsci, al pesimismo de la inteligencia, que ha de emplearse para analizar la realidad de una manera justa, cruda, ha de oponerse, de manera dialéctica, el optimismo de la voluntad, para cambiar lo que debe ser mudado, si se pretende corregir la errada coyuntura existente o mejorar la situación actual. Ojalá a quien desprestigia la memoria no le dé un día alcance el alzhéimer y este se apodere de su mente, dejándole, a cambio, un agujero inmenso.
Una señora, que captó al punto mi guasa o sorna, metió baza a mi favor y dijo:
—Sin memoria, una persona vive una existencia de segunda y hasta de tercera clase, si el alzhéimer ha hecho ya mella en ella; y, si es pobre, más miserable aún, con menos capas, matices, perfiles y recovecos.
Otra señora, para abundar y confirmar el diagnóstico o dictamen de su amiga del alma, agregó:
—Prefiero tener a mi lado a una persona con una memoria de elefante que a otra con una olvidadiza.
El pedabobo, que se había visto acompañado como Jesucristo entre niños, pasó a verse como ricacho rodeado por Curro Jiménez y sus secuaces, a punto de ser desplumado y quedarse como el gallo de Morón. Así que se vio obligado a reconocer que sería bueno hablar de inteligencias, memorias y voluntades.
A mí me brotó preguntar:
—Si el conferenciante hodierno no hubiera ejercitado su memoria, ¿cree alguien que hubiera recordado fielmente todos los datos que nos ha brindado para afianzar o reforzar su tesis?
—Si hubiera sido actor, sí —contestó el propio conferenciante, que había escuchado, situado detrás de mí, cómo este menda había planteado la cuestión.
Y, antes de irse a por otra célula o grupo, nos recordó algo que había dejado escrito el neurólogo británico Oliver Sacks:
—Si un hombre ha perdido una pierna o un ojo, sabe que ha perdido una pierna o un ojo; pero si ha perdido un yo, él mismo, no puede saberlo, porque ya no está allí para saberlo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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