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Cabe hallar a «los Luises» tras Emilio

Ángel Sáez García 01 May 2025 - 14:00 CET
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CABE HALLAR A “LOS LUISES” TRAS EMILIO

A la hora de hablar en público, ninguna de las variopintas varillas del amplio y abierto abanico que da cuenta, muestra e incluso semeja bien, a las claras, un uso razonable y aun correcto de la palabra, le es ajena. A él le gusta aseverar y suele iterar que se mueve, como pez en el agua, en esa horquilla completa y ancha que la representa y con fidelidad la retrata, pues ha recorrido sus diferentes tramos varias veces. Así las cosas, puede pasar de ser, en apenas unos minutos, como por arte de magia, de la persona locuaz que es, sin ninguna duda, con los amigos, asiduos o conocidos, a la más parca en palabras con los infrecuentes o ignotos. Y, por eso, acaso encaje y no huelgue agregar que, como escribió Lope de Vega, a propósito del amor, en un soneto inmarcesible (que inicia este verso endecasílabo, “desmayarse, atreverse, estar furioso”, y concluye este otro, “esto es amor, quien lo probó lo sabe”), a quien ha tratado y probado a charlar con mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, ese asunto complejo, que acarrea, envuelve o implica contradicción, le consta, de manera fehaciente.

Haciendo caso y honor, y rememorando a uno de sus plurales modelos conductuales, Immanuel Kant, de quien sus convecinos, por las acostumbradas rutinas diarias del idealista pensador alemán, sabían, a ciencia cierta, la hora exacta que era cuando este pasaba por el centro de la plaza mayor de la villa en su paseo vespertino, pues solía hacerlo a la misma hora en punto, es lógico y normal (y a nadie debería extrañar) que a Emilio, sus vecinos, algasianos como él, le hubieran dado en llamar con diversos alias o motes, verbigracia, “el Constante”, “el Puntual” o “la única muestra de orden en el poliédrico caos existencial que nos rodea”.

“Cualquier concepto que uses (me aleccionó un día que debatía con él; los diálogos entre autor y personaje no resultan extraños a los lectores, desde que Miguel de Unamuno se los sacó del magín y los puso de moda), a pesar de la definición que de dicho vocablo dé el Diccionario de la lengua española, DLE, se mueve entre dos extremos, que son tan válidos como los diferentes y finitos centrales; y así, por ejemplo, es tan auténtico y verdadero afirmar que la voz literatura puede englobar o ser un simposio sobre mitos clásicos, grecolatinos, un congreso sobre el “Quijote”, o tres jóvenes universitarios (ellas, ellos o no binarios), aprendices de ruiseñor, comentando el postrero poemario que cada uno de ellos ha leído o recitándose los últimos versos que les han inspirado sus respectivas/os musas/os”.

Al final, en un momento en el que Metomentodo aprovechó para tomar aire y beber un sorbo de agua, pude meter baza en el más monólogo que conversación y me brotó, de lo más profundo o recóndito de mi alma, preguntarle si, en su opinión, según el autor que lo había creado, Otramotro, o sea, servidor, el abajo firmante, ¿él era consciente de quiénes cabía hallar dentro o tras él? Y él, por supuesto, sabedor de que era un mosaico, poliedro o puzle, era consciente de cada una de las personas reales que habían contribuido a crearlo. Evidentemente, estaban “los Luises”, los amigos del alma de su hacedor, pero también era fácil identificar partes de otros amigos suyos, Pío, Diana, Pacho, Eusebio, Santos (el así llamado, de veras, cabretonero, y el que así llama quien me creó, a pesar de que su gracia de pila es Vicente, rinconero), Javi (el de Blanca), Martín; Jesús, “el Chapela”; Chus, “el Chuzo”; Carlos, “el Canca”; Pilar, Teresa y Luis Lucas, Esperanza, Estrella y hasta Silvia, con quien últimamente, desde que conozco cómo se llama, me ha dado por soñar…

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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