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El hombre es un sujeto a la deriva

Ángel Sáez García 12 May 2025 - 20:00 CET
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EL HOMBRE ES UN SUJETO A LA DERIVA

Esta tarde, tras los quince minutos de plácida siesta de rigor, en los que, si he soñado, no recuerdo ninguno de los episodios oníricos que he tenido, nada más sentarme en la silla y empuñar con mi diestra el BIC azul, he cazado al vuelo la idea sobre la que iba a discurrir o disertar. Es la que acaba de llevarse a los ojos el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) en el rótulo que encabeza estos renglones torcidos.

Ahora bien, una vez obtenida la pieza, ¿qué puedo hacer con ella, después de escribir lo obvio, que el hombre, en genérico, es un ser que flota sobre la faz del planeta azul, la Tierra, que, en lugar de llamarse así, debería denominarse, más propiamente, el Agua, el Mar o el Océano. Así que, a mí, al menos, no me extraña, nada (de nada) que, tras llevar tantos días inmersas las dos carabelas, la Pinta y la Niña, y la nao Santa María, comandadas por Cristóbal Colón, en el mar, el océano Atlántico, en el primero de los cuatro viajes que realizó el gobernador general del Virreinato de Indias al continente americano, al tripulante y vigía Rodrigo de Triana (según unos historiadores; a Juan Rodríguez Bermejo, según otros) casi le da un mareo al atisbar o avistar el 12 de octubre de 1492, a lo lejos, la costa, y optara por airear e iterar, a voz en grito, la voz salvadora: ¡Tierra, tierra!

El hombre es ese ser infeliz al que solo el contacto de su piel con la de otro ser infeliz hace que, en algunos momentos especiales, este se considere o devenga en un ente agraciado, agradecido y, por ende, dichoso. Esa suma de pieles, que tiene la virtud de parecer un tarro de mieles, sirve para que se protejan ambos de la angustia, la desesperación y la intemperie, tras constatar los dos, por separado, la nada previa a sus respectivos nacimientos y la nada que les aguarda o espera tras sus correspondientes muertes. La melífera epidermis, junto con la almibarada belleza (que, al ser poliédrica o variopinta, estimula el mestizaje), la enjundia y sonoridad de algunos versos y el fulgor de ciertos rostros reales o soñados, ficticios, hacen que la vida sea soportable y no nos suicidemos nada más tomar conciencia de nuestro absurdo existir, de que somos una pasión inútil, como acertó a vislumbrar y decir, en “El ser y la nada”, el filósofo francés Jean-Paul Sartre.

La naturaleza es sabia y, cuando el orgasmo no es asiduo, cotidiano, habitual, se las ingenia para buscar y hallar en ese poliedro que es el arte su sustituto. Quien lleva más de dos décadas sin hacer el amor con una “mujer hermosa, atractiva y lozana” (tampoco con una fémina que no reúna en su persona más que dos, una o ninguna de las tres circunstancias destacadas), como se lee en el “Libro de buen amor”, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, obtiene por otro cauce su satisfacción personal diaria, es decir, suple la carencia de ese caño (voz que he tenido que corregir, porque había escrito su paronomasia, coño) de la fuente del placer con el acto de firmar los textos (bien escritos en prosa, bien en verso) que pasa a ordenador por las mañanas en la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, sita en el número 14 de la tudelana calle Herrerías, tras trenzarlos la víspera, por la tarde, a bolígrafo, en casa.

Y, para poner el broche de oro a esta urdidura en prosa, elijo echar mano de una ocurrencia de Publio Papinio Estacio, autor de la “Tebaida”, un manifiesto y notorio homenaje, y no solo estructural, a la “Eneida”. Así que es mi pretensión rematar esta pieza literaria elogiando indirectamente a Virgilio, pues copio los dos versos que Estacio escribió antes que el penúltimo y el último de su obra, para reconocer que no he pretendido echarle un pulso a la “Eneida”: “Vive, precor, nec tu divinam Aeneida tempta, / sed longe sequere et vestigia semper adora” (“Vive, te lo ruego, y no intentes competir con la divina “Eneida”; antes bien, síguela de lejos y adora siempre sus huellas”).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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