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¿Sabes cuál es el notición del día?

Ángel Sáez García 30 Oct 2025 - 14:00 CET
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¿SABES CUÁL ES EL NOTICIÓN DEL DÍA?

QUE A “TXOMIN” LE HAN DESVALIJADO EL PISO

En la transitada calle Mayor del centro madrileño, cerca de la Puerta del Sol, por azar, se dan de bruces dos excompañeros de piso y facultad; uno, Juan, le pregunta a otro, Lucas:

—¿Cómo te va la vida en esa jungla o selva que, actualmente, semeja el mundo de la política patria, Lucas Herrero?

—Estupendamente, Juan Paniagua. Quizá opine así porque aún no he recibido el primer zarpazo dado por una garra de fiera.

A renglón seguido, tras contestar, Paniagua le formula, a su vez, esta cuestión a Herrero:

—Y a ti, gacetillero, ¿cómo te trata la profesión?

—No me quejo; voy tirando —le responde escuetamente—.

—Por cierto, ¿te acuerdas todavía del grueso de la gente con la que nos juntábamos a golfear los viernes, cuando estábamos estudiando la carrera de Ciencias de la Información en la Complutense? ¿Recuerdas, en concreto, a Domingo Mínguez, a quien unos llamábamos “Txomin”, por ser de Donosti/San Sebastián, aunque hubiese nacido en Nájera (La Rioja), y otros llamaban “Mingo”, por su minga de “mandingo”? ¿Sabías que sus modos rústicos solo eran una mera tapadera?

—Por supuesto que lo recuerdo. ¿A ti también te preguntó si entendías?

—No; a mí nunca se atrevió a interrogármelo directamente

—Creo que lleva un año trabajando como corresponsal de El Siglo en La Paz, Bolivia.

—Pues no te lo vas a creer, pero le han desvalijado el piso.

—¿No fastidies? ¿El de aquí o el de allí?

—El de allí. Lo sé de buena tinta, por boca autorizada de un colega, amigo común, que me lo acaba de contar por extenso, mientras nos tomábamos una caña y un pincho de tortilla en un bar cercano.

—Pues desembucha o croa; narra, rana.

—Al parecer, todo ha resultado ser una venganza de la persona de confianza que cuidaba de su progenitora, encamada, que se recuperaba en su casa de una operación de cadera. La contrató hace un mes, cuando su madre, que no vivía con él (ya sabes que era y, supongo, seguirá siendo gay), decidió volar a La Paz para que no estuviera solo; pero esta, bajando el tramo de una escalera, se cayó y se rompió la cadera, o tal vez ocurriera al revés, que se rompió primero la cadera y luego se cayó.

—Vaya mala pata.

—Peor, pésima; según me ha referido mi confidente, Luis Artigas Sotero, “Txomin” tenía la intención de hacerle un contrato legal, en forma, pero todavía no lo había redactado. Le pagaba, semanalmente, lo que habían acordado en negro. “Mingo”, cuando tuvo que contarle a la agente de la policía que le tomó declaración cuanto pudo acaecer, según sus sospechas, no sabía, a ciencia cierta, si la presunta cuidadora se llamaba y apellidaba como ella adujo, porque se fio de que era amiga de la portera del edificio, pero ahora nadie sabía dónde se hallaban ni la una ni la otra, ni la portera ni su recomendada. Así que la cuidadora Lucía Argüello Zapata podía llamarse y apellidarse de otro modo, y lo mismo cabía afirmar de la portera Soledad Vinareta Giménez, con ge, sí, cuya fotocopia de su cédula de identidad o carnet no aparecía por ningún sitio.

—Con todas las teselas que me has suministrado he ido conformando un mosaico coherente; lo que no logro entender, porque no me encaja, es lo de la venganza. ¿Por qué motivo? ¿De quién?

—Él había escrito una columna y se la habían publicado el jueves pasado en El Siglo, en la que se mofaba irónicamente del robo de alhajas que unos amigos de lo ajeno habían cometido en el emblemático museo del Louvre, en París. En ella, reconocía que se alegraba del hecho, porque habían conseguido alcanzar lo que parecía un imposible, hollar un ochomil, o sea, hacer cumbre en uno de los catorce picos del orbe.

—Sí, ya sé que no te referías a un soneto.

—Al parecer, Lucía, la cuidadora, leyó el artículo que “Txomin” había escrito en su ordenador antes de que fuera publicado. Y, a fin de darle un susto, su merecido, planeó con su amiga la portera, Soledad, cuanto hicieron.

Nota bene

Hoy he conocido más información al respecto; que la policía ha echado el guante a dos de los malhechores del Louvre. Y, ¡cáspita!, ¡eureka!, que la cuidadora y la portera tenían una cómplice inaudita, porque, lo creas, atento y desocupado lector o no, ora seas o te sientas ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, se habían conchabado con Iluminada, la madre de “Mingo”, al que quisieron dar, de mancomún, una lección. ¿La habrá aprendido? Eso solo lo dirá el tiempo, ese juez supremo que brinda y objeta razones.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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