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La hipocresía se contagia mucho

Ángel Sáez García 05 Nov 2025 - 14:00 CET
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LA HIPOCRESÍA SE CONTAGIA MUCHO

COMO EL ODIO, RESULTA MUY INFECCIOSA

Ignoro qué porcentaje de casualidad y qué tanto por ciento de causalidad hay en el hecho concreto, notorio, pero no cuanto es cierto y verdad, que, de un tiempo a esta parte, cada vez me doy de bruces más frecuentemente con noticias (que me llegan por los oídos y/o los ojos) que tienen que ver con el ejercicio relajado de los votos que llevan a cabo algunos clérigos, porque las públicas promesas que hicieron de castidad, obediencia y pobreza, admitidas por la iglesia católica, que, si no marro, aún realizan las diversas órdenes religiosas, han quedado en la práctica en agua de borrajas o cerrajas, o sea, en nada; sobre todo, la primera.

Siempre hubo, hay y habrá, mientras el mundo siga siendo (in)mundo, quienes al voto adquirido no le den ninguna importancia; así que, cabe preguntar a los tales con qué están comprometidos de veras y/o a quiénes son leales, ya que el voto exige una perseverancia en el respeto a una obligación contraída, acordada con una persona o institución, una orden religiosa, verbigracia, la que sea.

Como hay días en los que no me da tiempo a llevar al papel todas las ideas que me brotan, suelo recortar el artículo en el que la advertí y que, transcurrida una semana, una quincena o dos, propiciará mi posterior urdidura, y la jornada que dispongo de tiempo para echarle un ojo, aunque haya pasado un mes, se lo echo, pero me cercioro antes de que no sea con enojo ni con mal de ojo. Eso es, exactamente, lo que me pasó con un artículo que lleva la firma de quien lo escribió, Fernando Miñana, y apareció publicado el sábado 4 de octubre de 2025 en la página 29 del diario EL PAÍS, bajo el rótulo de “El activismo LGTBIQ+ nació con un anuncio” (se refiere a Valencia), que lleva este antetítulo: “Un pediatra, un cura y un biólogo crearon una de las asociaciones de referencia en la Valencia de los ochenta, un frente contra la intolerancia”. Y yo escribí, encima de él: “¡Viva la Pepa y su madre!”, tras leer el artículo entero, dando a entender que el descontrol, el desorden o el aquí todo vale está a la orden del día.

¿Que por qué recorté dicha pieza de la sección de COMUNIDADES? Porque la hipocresía que advertí en quien ejercía de sacerdote era de órdago a la grande, de campeonato o plusmarca. A mí lo que me llamó la atención fue leer cura y no excura o exsacerdote, pues, según mi prisma, el tal se comportó como una aféresis de dicha dicción, como un cerdote. Uno puede ser heterosexual, homosexual, bisexual, lo que le venga en gana o más le apetezca, pero, sobre todo, tiene que ser coherente, honesto (consigo mismo y con los demás) en su comportamiento, y yo veo en el caso del cura una incongruencia y una inconsecuencia colosal.

Según Miñana, un pediatra homosexual, de 32 años, puso un anuncio y un cura dominico, de 35, y un biólogo, de 34, llamaron. Juntos formaron el Col.lectiu Lambda. Del dominico nos cuenta que “le gustaba rememorar que, cuando ya se había constituido el Col.lectiu Lambda, diseñó una pegatina con un eslogan rotundo: ‘Ser gay es bueno. Conócenos’”. Y, más adelante, añade Miñana: “(…) era sacerdote y quiso rebelarse cuando entró en Lambda. ‘Realmente, yo he salido del armario cuando me he jubilado y me he convertido en el coordinador de Gent Gran en Lambda. En el convento, en su día, se enteraron, pero no dijeron nada. Allí había mucha hipocresía. Ya había tenido mis relaciones íntimas dentro del doble muro. Por entonces, ya había comprobado que [la homosexualidad] no era un pecado tan gordo’”.

Ciertamente (abundo con la opinión del exdominico en este aserto), la homosexualidad no es ningún pecado, ni venial, ni grave o mortal. Lo que sí me parece un despropósito es la hipocresía, que se contagia mucho; como el odio, resulta muy infecciosa. Y para muestra basta con exhibir en el mostrador de la mercería este botón.

Nota bene

Todos debemos ser coherentes con las ideas o principios que afirmamos defender o sostener, y honestos a carta cabal, pero a los clérigos yo, al menos, desde que conviví con varios religiosos camilos íntegros durante siete años (porque, aunque hoy parezca mentira, quise ser uno de ellos —a quienes tanto debo, pues me desasnaron, y les estoy muy agradecido por todo el bien recibido—, pero advertí, antes de dar el paso definitivo, crucial, dónde fallaba, al comprobar de qué pie cojeaba), aun siendo humanos como yo, les exijo un plus de decencia o probidad.

He acudido al texto de Miñana que apareció publicado en la web de EL PAÍS, porque había olvidado el recorte del periódico de papel en casa, y en la versión de internet, más extensa, he leído algo que no aparecía en la impresa, esto, que me ha terminado de convencer de que la censura que había hecho de semejante proceder era conveniente (yo no entendía su actitud ni salía de mi asombro o perplejidad): “Luego, con 50 años, salí de la orden, pero, en la práctica, mucho antes, cuando empecé a trabajar con gente marginal. Por aquel entonces, ya había comprobado que [la homosexualidad] no era un pecado tan gordo. Me confesé con un compañero y la respuesta que me dio, bastante avanzada para su tiempo, fue que daba igual el objeto de mi deseo porque tenía que ser célibe. Luego se me aconsejó vivir una vida doble, algo bastante habitual en la época”. El atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, que haya llegado hasta aquí ahora, seguramente, entenderá por qué recurrí a la locución interjectiva irónica “¡Viva la Pepa (y su madre)!”. Si acudimos al Diccionario de la lengua española, DLE, nos cercioraremos de que se utiliza “para referirse a toda situación de desbarajuste, despreocupación o excesiva licencia”.

Me gustaría conocer qué penitencias imponía el dominico, mero dominguillo, a quienes acudían al confesionario, si es que él practicó alguna vez el sacramento de la reconciliación.

Cuando para el cinismo no hay fronteras, cualquier desmán o desafuero vale, pues cabe y puede ser ovacionado.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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