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Prefiero que el talento sea lento

Ángel Sáez García 18 Nov 2025 - 14:00 CET
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PREFIERO QUE EL TALENTO SEA LENTO

Hace más de una década y menos de dos (dejemos esa horquilla o tramo o trecho de tiempo, por tanto, en tres lustros, por promediar), a mí, urdidor y firmante aquí de estos renglones torcidos, lector avezado allí, otrora, me llamó la atención, mientras pasaba mi vista por cierto escrito, una anécdota, detalle o pormenor del mismo (que no me pasó inadvertida/o, no), que (en la extensa respuesta que le dio a una pregunta que le había formulado el periodista que le había hecho la interviú), dejó caer, de manera voluntaria o involuntaria, uno de los gurús de las empresas relacionadas con las nuevas tecnologías, que se habían instalado por aquella época en Silicon Valley, California. El dirigente entrevistado había incluido una cláusula imprescindible o conditio sine qua non en los contratos que había firmado con las personas que iban a trabajar dentro de su casa: los empleados se comprometían a no entrar en ella con sus teléfonos móviles.

Hoy sabemos, a ciencia cierta, porque los estudios concienzudos que se han hecho sobre este asunto en concreto, son, básicamente, coincidentes en sus conclusiones, que el ruido digital puede parir más y peores monstruos que los que era capaz de producir el sueño de la razón: confusión mental, descontrol, estrés, furia, ansiedad, depresión, etc. Supongo, intuyo o barrunto que algo de eso le debía constar y sabía, de primera mano, el directivo, gerifalte o jerarca de marras, que las nuevas tecnologías, amén de lo obvio, no solo dejaban rastro negativo, pernicioso (más de un efecto indeseado), sino que cada una de ellas semejaba una moneda, con su anverso y su reverso, su cara y su cruz, o, si se prefiere esta otra opción, que cabía compararla con un cuchillo de cocina, que, si lo usabas, del modo correcto, te hacía una labor estupenda, magnífica, cortando y troceando verduras, verbigracia, pero, si no, podía dejarte malherido, y hasta matar al prójimo o suicidarte, velis nolis.

Algunas personas se extrañan, cuando les confieso la fetén, la verdad, que, a pesar de que escribo a diario (rara es la jornada que no lo hago, que me salto ese específico proceder de mi modus vivendi, pero ese día, excepcional, sin duda, seguramente, habré leído mucho y tomado notas), no poseo ordenador ni acceso a internet ni en casa ni en el móvil, ni redes sociales, ni wasap, etc. El grueso de la razón de todo ello (de las carencias aducidas o inopias) puede que estribe o radique en la anécdota, detalle o pormenor, que he mencionado unas líneas más arriba.

He comprobado, de manera fehaciente, que los dos mejores compañeros que puedo tener para cazar y canalizar, de manera coherente y sensata, mis ideas y redactar luego, a partir del desarrollo lógico y normal de las tales, mis textos (en prosa o en verso) son, sin hesitación, la soledad y el silencio. Con dicha compañía, con esos dos ángeles custodios, insuperables guardaespaldas, logro concentrarme y, por ende, no distraerme, que es el mejor medio y modo de alumbrar textos que al lector, habitual o esporádico, le merezca la pena invertir unos minutos, al menos, de su tiempo de ocio o asueto en leer pausada y reposadamente.

Lo (ur)diré, a la pata la llana y sin ambages, a continuación: prefiero un texto urdido con talento a otro sin él, que no lo tenga (o yo no lo haya advertido). Y, asimismo, prefiero un texto creado con lentitud (“vísteme despacio, que tengo prisa”, airea el refrán español) a otro improvisado (repentizado en el momento; porque los genios siempre fueron como son y serán, pocos; y hoy puede que haya un nuevo Quevedo, pero dudo mucho que pueda haber dos). Quien piense de esa guisa acaso ponga, como en mi caso, la calidad por encima de la cantidad, y prefiera saborear los momentos de dicha, que suelo coronar contemplando monumentos u otras obras de arte, verbigracia, en la grata compañía de mis deudos o amigos, a perder el tiempo contando los segundos que contiene un minuto, los sesenta consabidos, de rigor.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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