CUANDO EL SOCIALISMO ES DE PACOTILLA,
QUE PACO SALAZAR EN ESTO BRILLA,
SE LE VE AL TROGLODITA QUE ANDA COJO
En España, en las postrimerías del año 2025, cuando el impar va dando sus últimos estertores, constato que sus ciudadanos vivimos en una sociedad todavía cavernícola y mendaz. Este aserto es una circunstancia o coyuntura que no se puede ni debe esconder u ocultar, ni tampoco negar o refutar, porque es pública y notoria dicha doble condición; insisto e itero, en la mencionada tesitura. Aquí, salvo el espécimen decente, que vino a ponderar Ulpiano en su célebre latinajo sobre los principios rectores del derecho (Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere, o sea, estos son los preceptos del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo), una rara avis, el supuesto intelectual que no arrima el ascua a su sardina, esto es, que no embeleca a favor de la tendencia política que defiende él, engaña a favor de la otra, pero miente o intenta convencer a la opinión pública y a la publicada con argumentos falaces, sofismas o medias verdades. Lo vengo comprobando desde hace mucho tiempo y basta con llevarse a los ojos las últimas piezas literarias salidas de sus interesados magines (hayan aparecido en diarios digitales o de papel) para demostrarlo de manera fehaciente, fidedigna. En la arena política española, una de dos, o los líderes no se enteran o no quieren enterarse de lo que pasa en sus respectivos cosos (donde los casos son los que son; aunque acaso ellos no hablen de los tales, los demás conciudadanos sí lo hacemos, hasta el ocaso), cuando, en sus declaraciones (sin aceptar preguntas, claro, no se les vaya a poner en un compromiso), a su asidua autocomplacencia le acompaña la habitual falta de autocrítica. Y esta censura va dirigida para todos los partidos del arco parlamentario, sin excepción (habrá observado el atento y desocupado lector que no me dejo a ninguno en el tintero; bueno, pues no se preocupe que no faltará quien vendrá a achacarme que defiendo a los que están en contra de los de su cuerda, tiempo al tiempo; lo dejo escrito aquí, negro sobre blanco, para que conste en acta).
En pleno siglo XXI, en el partido que ha enarbolado la bandera del feminismo, el Partido Socialista Obrero Español, PSOE, por los últimos casos que han salido a relucir o visto la luz en los diversos mass media, protagonizados por varios de sus representantes varones (alguno, Francisco Salazar, verbigracia, fue hombre de confianza del presidente Pedro Sánchez), dentro de sus filas, la peste, el binomio o tándem del machismo y la mendacidad, había calado, arraigado. Ignoro quién tiene la culpa de que, en el seno del Gobierno, en pleno Palacio de la Moncloa, hubiera quien llevaba su actitud machista hasta unos límites casi delictivos (puede que los rebasara, pero de ese menester se ocuparán los tribunales de justicia, en el supuesto de que decidan conocerlos) y hubiera quien lo consintió o permitió; ahora bien, se le ha de buscar, identificar y echar, si eso no se ha hecho ya, pues no hizo bien su trabajo, nada (y, si lo culminó, fue en la dirección opuesta, al revés de lo deseado y esperado, una huelga de brazos caídos, para que el caso se demorara y hasta olvidara) para corregir o enmendar que el machista y mendaz siguiera, erre que erre, fungiendo su machismo redomado y su abulencia empedernida… hasta que la situación devino insostenible o se volvió insoportable, inaguantable, y trascendió.
Rosa Montero (que no es sospechosa de “pepera”) lo narra estupendamente, en el primer párrafo de su última manera de vivir (recomiendo que se lea el artículo entero, por supuesto), en la página 74 del número 2.569 de EL PAÍS SEMANAL, EPS, que ella tituló “Se acabó”, así:
“LOS DIOSES GRIEGOS condenaron a Sísifo a empujar montaña arriba una enorme piedra que, al rozar la cima, volvía a caer hasta la base. A veces, como ahora, tengo la sensación de que el pedrusco de Sísifo es una chinita comparado con la plúmbea carga de varones asilvestrados que soportamos las mujeres. Empujamos desde hace demasiado tiempo a un montón de machirulos hacia la civilidad por la cuesta arriba de la historia y, cuando creemos que el sexismo empieza a diluirse, zasca, la dura realidad nos arroja al abismo a empezar de nuevo”.
Tengo para mí (como ser humano que soy, me considero un ente falible y, por ende, puedo equivocarme; así que acepto, de buena gana y grado, objeciones o simples sugerencias, para enriquecer los prismas sobre mi tesis) que en nuestra sociedad hay dos plagas que no hemos podido o sabido erradicar (la herramienta de la educación, tanto familiar como escolar, no ha dado los frutos apetecidos, los adecuados, o por ignorancia o por dejadez, o sea, por abulia, esto es, falta de voluntad), el machismo recalcitrante y la empedernida falsedad interpersonal (a fin de diferenciarla de la literaria), que se ha apoderado y ha echado raíces en nuestro proceder, en el grueso de nuestros comportamientos. ¿Es posible, me pregunto, guasón (zumbón que es uno), que puedan desconocer los sujetos que acarrean la doble condición de machista y mendaz que, como airea el dicho castellano, se pilla antes al mentiroso que al cojo?
Me gustó, gusta y gustará (si debo hacer caso a la costumbre) el ensayo que escribió Albert Camus con el título de “El mito de Sísifo, pero aún me plugo, place y placerá (si sigue el hábito, la tendencia) más su novela “La peste”, cuyo párrafo final me aprendí de memoria la primera vez que la leí. Teniendo en cuenta lo dejado escrito por servidor en los parágrafos que preceden a este, me apetece un montón recordarlo con unas leves variaciones, que el atento y desocupado lector entenderá:
“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Otramotro tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo del machismo y de la mendacidad no mueren ni desaparecen jamás, que pueden permanecer durante decenios dormidos en los muebles, en la ropa, que esperan pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la doble plaga, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas (que otros llaman erratas) y las mande a morir en una ciudad dichosa”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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