NARRAR A DIARIO ES UNA DROGA DURA
Narrar, créetelo a pies juntillas, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, él o no binario), sea verdad o ficción, crea adicción, dependencia. Me da en la nariz que tú también cantarás (en verso) y contarás (en prosa). Tan potente es la fragancia husmeada que me apuesto doble contra sencillo a que, dentro de poco, si continúas con el ritmo que llevas, si sigues devorando pilas y más pilas de libros, como me consta que haces, comprobarás en tus propias carnes, de manera fidedigna, que narrar va a ser una pasión a la que te va a costar Dios y ayuda renunciar. Algunos narradores diletantes sueñan con convertir la escritura diaria (en prosa o verso) en un oficio, en un medio de vida, si no como literato, como periodista. Hubo quien se conformó otrora, como servidor, con escribir una décima al día, y de la espinela pasó al soneto; otro tanto sucedió con la pieza tipo, un folio, que ahora son dos y medio muchas jornadas. La literatura es una droga dura que, con el lento paso del tiempo (al menos, eso es lo que acaece en mi caso específico) va aumentado su dosis.
Como ya conoces o sabes y, si no lo has pillado todavía, si no te has percatado aún de ello, pronto lo constatarás, existen distintos estilos y diversas formas de narrar. Ninguna es más importante o superior a las demás. Se puede narrar una odisea, un viaje, como lo haría un turista, un aventurero o un viajero normal, ordinario, tradicional. Lo verdaderamente interesante del mismo es contar qué ves, qué oyes y qué acontece a tu alrededor; qué aromas capta tu pituitaria y qué sensaciones dejan en las yemas de tus dedos las hojas y las flores que tocas, mientras paseas por un jardín o zona verde de la ciudad o pueblo que recorres. Y, si tienes la suerte de cara y puedes acariciar la piel de una fémina venusta y hasta besarla, qué rastro han dejado en tus labios los suyos.
Como narrar es un arte que va especializándose, y hasta mudando con el transcurso del tiempo, narrar son diversos artes, con diferentes niveles a su vez. Al principio, te sueles conformar con los básicos y luego aspiras, si eres osado, o te atreves con todo lo que te echen, con los más complicados y difíciles.
Como narrar puede resultar un quehacer satisfactorio o desilusionante, conviene ponerse retos que sean factibles, fáciles de alcanzar o coronar, para, de este modo, no tener la sensación frustrante de haber fracasado con mayor o menor estrépito. Asimismo, es muy útil reflexionar antes de empuñar la herramienta adecuada, el BIC azul, y ponerse a escribir sobre las hojas de una libreta de apuntes o donde tengas el hábito de trenzar tus borradores. Yo no suelo escribir directamente mis textos procediendo a pulsar el teclado de un ordenador, por la sencilla razón de que carezco de él. Y sí, lo reconozco sin ambages ni requilorios, no tengo computadora, ni fija ni portátil. Y vivo tan feliz. Es una estupenda estratagema para evitar decepciones y que la experiencia creativa sea constructiva, un aprendizaje. Y es que a narrar solo se aprende narrando todos los días. No hay mejor metodología que esa para llegar a hacerlo un día bien, tras haber asimilado, paulatinamente, las diversas técnicas narrativas, habiendo leído a los clásicos (autores y obras), claro.
La libertad es la condición sine qua non, el requisito imprescindible, necesario, para sacarle el máximo beneficio, partido o provecho al proceso creativo. Uno puede estar ansioso, estresado, enfadado o indignado, pero, como te falte la libertad de cátedra, expresión y opinión, notas que donde te encuentras escasea el aire, el oxígeno para respirar, que tienes las manos y los pies atados y, así, en esas condiciones, no vas a poder concluir tu tarea, explorar y explotar, como se merece, esa jungla o selva en la que te vas a internar.
Si narras a diario (te adelanto lo que te espera), te sentirás un semidiós, al descubrir habilidades que no te constaban que tuvieras. Y disfrutarás un montón resolviendo los problemas que van surgiendo conforme avanza tu escritura. Te considerarás diligente, inteligente y orgulloso de tu labor, al comprobar que, tras culminar varias pruebas (algo parecido hace el investigador cuando echa mano del método científico de ensayo y error para solventar cuanto entorpece el proceso que sigue), logras salir airoso, indemne, de los aprietos o bretes que se te van presentando.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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