QUIZÁ ALEXÉI NAVALNI FUE IMPRUDENTE
NO MERECE EL ULTRAJE DE INSENSATO
He aquí una verdad apodíctica, o sea, incondicionalmente cierta, necesariamente válida. En cada libro, periódico o revista que nos llevamos a los ojos, mientras hacemos una lectura atenta y detenida de sus páginas, podemos hallar una, dos, diez o cien perlas. Sobre el papel, negro sobre blanco, nos parecen perfectas. Ahora bien, aplicadas a los comportamientos, ajenos o propios, de seres humanos concretos, se evidencian defectos en sus costuras. ¿Qué cabe hacer con esas convicciones? Ponerles como escolta a la duda, algo que no adujo ni dejó escrito en palabras de molde Albert Camus, pero pudo, por la inteligencia que dicha medida aún rezuma.
He aquí otra del mismo jaez. ¿Qué cabe hacer cuando esas convicciones detenidas, paradas, una vez echan a rodar, chirrían? Llevarlas al taller y engrasar todo su mecanismo, es decir, reparar sus fallos.
He aquí una tercera (y su anagrama), certera. Nunca tuve vocación de héroe. La razón acaso descanse, esté o estribe en que cada vez que decidí comerme el mundo, con apariencia de gato inofensivo, se le ocurrió abrir la boca al minino, que había devenido, por arte de birlibirloque, en felino feroz, y este me enseñó sus fauces y exhibió sus afiladas garras, y, por ende, yo desistí de mi propósito, porque prefería no ser devorado por él.
A todo discrepante, disidente u opositor de un régimen que encabece un autócrata me gustaría recordarle que no dispone de siete vidas, como la sabiduría popular o la tradición viene atribuyéndole o concediéndole sin chistar al gato. Y, si lo mencionado y memorable no ha hecho el efecto apetecido en él, no olvide cómo murió, envenenado, hace dos años cabales del luctuoso hecho, el 16 de febrero de 2024, el opositor Alexéi Navalni en el penal de Siberia donde estaba recluido. Si no han sido bastantes las dos razones de peso argüidas, alegaré una más, que se puede leer en el capítulo 24 de “El guardián entre el centeno”, novela de Jerome David Salinger; la dijo y dejó escrita el psicoanalista Wilhelm Stekel: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.
Hoy se impone la siguiente pregunta: ¿Tendrá algún recorrido el comunicado que, de mancomún, elaboraron y firmaron representantes de cinco países europeos, Alemania, Francia, Países Bajos, Reino Unido y Suecia, e hicieron público durante la pasada Conferencia de Seguridad de Múnich? Lo ignoro, porque no soy augur o vidente. Reconozco que me gustaría que lo tuviera; ahora bien, como mal menor, ahí está y queda la imputación.
En dicho escrito se acusa al Gobierno ruso, al Kremlin de Vladimir Putin, de ser el ideador, instigador y mano negra de que llegara al cuerpo de Navalni la epibatidina, una toxina letal, extraída de la rana dardo de Ecuador, el mismo alcaloide natural que usaban los guerreros indígenas de dicho país en la punta de sus flechas, mortales de necesidad.
Las pruebas de laboratorio han arrojado ese resultado incontestable, que se han hallado restos de epibatidina en las muestras del cuerpo que tomaron al cadáver del opositor ruso. Y, tras mucho elucubrar al respecto, se ha llegado a la conclusión de que no hay una explicación que exculpe al Gobierno ruso del asunto de marras.
En un principio, había pensado que tal vez había un remedio, una panacea, el mitridatismo, pero dado el amplio abanico de venenos existentes, lo/a desaconsejo. Por si algún atento y desocupado lector de estos renglones torcidos desconoce qué es el mitridatismo, le informo que es la resistencia a los efectos adversos, perniciosos, de un veneno, adquirida mediante la toma prolongada y paulatina de una toxina, comenzando por dosis inocuas.
Ciertamente, la verdad ha visto la luz, ha salido a flote, pero, ¿qué hacemos ahora con ella? ¿Nos sirve para que la esposa de Alexéi, Yulia Navalnaya, haya dejado de ser viuda, porque él, como el ave fénix ha logrado renacer de sus propias cenizas, acabando, de paso, con los elementos deletéreos que colocaron en su espalda a la parca? Está claro, cristalino, que no. Pero me niego en redondo a llamar a Alexéi Navalni insensato, baldón inmerecido.
Ojalá sea verdad lo declarado por el primer ministro británico Keir Starmer: “Su determinación a la hora de exponer la verdad ha dejado un legado que perdurará”. Me suena a lo que tantas veces he recordado del final del inolvidable filme “La misión”, qué le dicta el nuncio de Su Santidad, el cardenal Altamirano, a su amanuense y este se encarga de copiar, la información que va a remitir al Santo Padre: “Así pues, Vuestra Santidad, ahora vuestros sacerdotes están muertos y yo sigo vivo. Pero en verdad soy yo quien ha muerto y ellos son los que viven. Porque, como ocurre siempre, el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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