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En el querer saber ha de haber modo…

Ángel Sáez García 25 Feb 2026 - 14:00 CET
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EN EL QUERER SABER HA DE HABER MODO

PARA SABER LAS COSAS BIEN SABIDAS

Hoy me he propuesto disertar sobre quien me apetece y, seguramente, me divertiré un montón al hacerlo, sobre Piérola. Así que confío, deseo y espero que a usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, le arrobe leerlo tanto como a mí me va a flipar escribirlo, ya que eso indicará a las claras que he logrado mi propósito.

Aunque su nombre compuesto y dos primeros apellidos eran Pedro María Piérola García, si a él le hubiera dado por redactar su autobiografía, como estoy casi seguro de ello, me apostaría hoy doble contra sencillo a que hubiera optado por iniciarla del mismo modo que lo hizo Herman Melville su “Moby Dick” (1851), “Llamadme Ismael”, o sea, mutatis mutandis, “Llamadme Piérola”.

Piérola, persona o pieza fundamental en el engranaje de mi vida, la tercera parte o pata de mi personaje literario “fray Ejemplo”, fue uno de los inolvidables educadores, formadores, motivadores y profesores que tuve otrora en el cronotopo que reputo mi cielo en el planeta azul, la Tierra, el seminario menor navarretano, del año 1974 al 1977, los tres últimos cursos académicos de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié allí, en el colegio indeleble (aunque este se convirtió en el Hotel “San Camilo”; olé, olé y olé, a los dueños que lo compraron, por mantener el nombre del santo de Buquiánico en él).

De Piérola, en algunas (veinte, treinta, tal vez cuarenta) de las más de ocho mil urdiduras o “urdiblandas” que llevan mi firma, he escrito hasta milagros llevados a cabo por él, pero hoy mi pretensión es destacar dos hechos que prueban que fue humano y me marcaron. En Séptimo de EGB, apareció por la clase donde nosotros estábamos intentando resolver un problema de matemáticas en la pizarra. Esperó a que lo solucionáramos. Cogió un trozo de tiza blanca y escribió sobre el encerado, recién borrado, dos palabras en latín: EGO SUM. Y al cuarteto que estábamos junto a él en aquella ocasión, a la vera de la pizarra, nos prometió que entregaría la bolsa de chuches que llevaba en el bolsillo derecho de su pantalón, que extrajo para que viéramos que estaba llena de variadas golosinas, a quien contestara de manera certera a la pregunta que nos formuló a continuación: ¿Cuál es la traducción correcta del latinajo EGO SUM? Recuerdo que yo contesté raudo, como el mismo rayo, “yo soy”, y otro compañero, no recuerdo ahora quién, “yo estoy”, pero no validó ninguna de las dos, no las consideró fetenes. Pensad, nos dijo, pensad. Pero no atinamos con la traducción.

Para animarnos a encontrarla, escribió, delante de las dos palabras, una más: COGITO, pienso, pero, aun con la nueva ayuda prestada, ninguno dimos en el blanco o centro de la diana. Más tarde, entre la E y la G de EGO, introdujo una R, ERGO, pero tampoco solucionamos el acertijo. Él, que era un hacha componiendo charadas en verso (¿cuántas aparecieron en la revista “Navarrete”?; ni se sabe), se desesperaba tanto como nosotros (por lo mismo, no hallar la respuesta). Pensó que estábamos más adelantados de lo que él suponía, y eso le llevó al error. Al final, él resolvió el enigma y nos entregó la bolsa para que la repartiéramos entre los cuatro que no logramos resolver la adivinanza. Para él, eso es lo que colegimos, de mancomún, bastó con constatar que nos habíamos esforzado. A veces, la dedicación, el esfuerzo y el sacrificio, el acrónimo DES, que tanto he usado en clase, no tiene el resultado buscado, el apetecido, el éxito. Por eso me gustan tanto dos frases; una, de Mohandas Karamchand, “Mahatma”, Gandhi, “nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, y otra del virólogo Jonas Edward Salk, “la peor tragedia que me podría ocurrir, me sucedió, y fue mi éxito. Supe al instante que estaba acabado, proscrito”. La postrera me suena a esa que se le atribuye a uno de los Siete Sabios de la Antigua Grecia: “Quien consigue el fin frustra el resto”.

Desde entonces, conozco el fundamento de la filosofía racionalista, cartesiana: Cogito, ergo sum, pienso, luego existo. Así que, en COU, cuando tocó estudiar a René Descartes, me aprendí de memoria lo que aparecía en la cuarta parte de su “Discurso del método” (1637): “(…) advertí luego que, queriendo yo pensar, de esta suerte, que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: cogito, ergo sum, ‘pienso, luego existo’, era tan firme y segura que ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos la podían conmover, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que andaba buscando”.

Al año siguiente, en Octavo de EGB, durante el recreo, Piérola se me acercó y me entregó dos discos, uno, de plástico duro, y otro, reglamentario, de competición, para que entrenara con ellos. Yo no sabía la técnica de lanzamiento, pero con la ayuda de varios de mis colegas, la adquirí de aquellas maneras, todas rudimentarias. Y me vi como el modelo que sirvió a Mirón para esculpir en piedra su perdido discóbolo.

Al tiempo, me avisó de que al sábado siguiente tenía que participar en un concurso de disco en las pistas de atletismo de Logroño. Acudí y al primer intento, si hubiera sido válido, hubiese batido el récord de lanzamiento en chicha disciplina en la categoría de cadete, pero se me anuló porque salí por delante; yo no sabía que había que hacerlo por detrás del redondel, porque dicha circunstancia la ignoraba. No había sido aleccionado en esa materia por Piérola.

Me he cansado de repetir, hasta la saciedad, la misma cantinela o monserga, que, para aprender, el requisito imprescindible, indispensable, es querer hacerlo, y luego profundizar en ello por tu cuenta, pero hace falta quien te guíe, dirija y corrija.

Y es que tengo claro, cristalino, que la quintaesencia del adagio 174 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián, es “Aun en el querer saber ha de haber modo para no saber las cosas más sabidas”.

Nota bene

En la entrevista que Anatxu Zabalbeascoa le hizo a Andrea Fuentes, publicada el domingo 22 de febrero de 2026, en el número 2.578 de EL PAÍS SEMANAL, en la página 56, Anatxu le asevera y pregunta: “Repite ‘querer es poder’. Alcaraz contra Djokovic, ¿no quieren ganar los dos?”. Y responde Andrea: “Sí. Pero ha habido uno que lo ha querido un poco más. Se ha expuesto más. O ha tenido un entrenador más acertado. Si no hubiese tenido las entrenadoras que tuve [Anna Tarrés y Bet Fernández], no habría llegado donde llegué. Es cierto que no es solo querer. Pero querer es mucho. También propiciar que pasen las cosas”. De bien nacida es ser agradecida. Sencillamente, ¡chapó!

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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