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Amanece, que no es poco el prodigio

Ángel Sáez García 26 Mar 2026 - 14:00 CET
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AMANECE. QUE NO ES POCO EL PRODIGIO

Ignoro si al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos le suele suceder una, dos, tres o hasta las cuatro cuartas partes de lo mismo que me acostumbra a acontecer a mí, que, cuando salgo al baño, durante la madrugada, a hacer un pis, tras llevar a cabo lo perentorio, evacuar la vejiga de la orina, y volver a recuperar la horizontal, o sea, la posición decúbito supino en el catre, durante los minutos que dura ese estado elástico (que se estira o contrae involuntariamente, como hace el peristaltismo) de duermevela, antes de conciliar de nuevo el sueño, ejerzo de semidiós aventajado, ya que tengo la impresión refractaria de haber cazado con la diestra al vuelo o pescado con la zurda, sin la necesidad de usar anzuelo, una Costanza o idea sobre la que poder discurrir o disertar, y hasta me da tiempo a redactar, en la pizarra apócrifa de mi cacumen, el primer párrafo de esa urdidura o “urdiblanda” mentalmente. Luego, cuando me despierto, me ocurre lo de siempre, que lo suelo recordar todo o me falla o falta algún dedo de algún pie.

Ayer, por la tarde, por ejemplo, tras terminar de escribir el texto hodierno, me dio por leer (en sentido estricto, releer) la tribuna titulada “No somos un continente, somos una civilización”, en las páginas 2 y 3 del suplemento IDEAS, de EL PAÍS, del domingo 15 de marzo de 2026, que lleva la firma de su hacedor, el napolitano Antonio Scurati. Al acabar dicha relectura, me di cuenta de que, hasta el penúltimo parágrafo, no había subrayado nada, ninguna línea, algo extraordinario, pues había pasado mi vista por un texto de mucha enjundia. Y llegué al corolario interino de que acaso no lo había hecho porque tal vez todo debía serlo, subrayado. Ahora bien, ¿por qué había subrayado las frases de Friedrich Nietzsche? Por lo que dice Scurati unas líneas más arriba: “Y es precisamente otro célebre aforismo del gran filósofo alemán el que nos ofrece una conclusión provisional y un programa general para el futuro”.

También lo hice porque esas tres frases nietzscheanas me hicieron recordar a mi progenitora. Rememoré la tarde en que mi madre llegó a casa, tras haber ido al tanatorio a dar su sentido y sincero pésame a los familiares y amigos de la persona que había fallecido, y luego a la correspondiente misa de exequias. Nada más abrir la puerta de casa y preguntarle servidor qué tal había ido la tarde, me largó esta sentencia: “Esta vida es de tránsito, Angelito” (ella, Iluminada, me llamaba con el diminutivo o hipocorístico; y como ella lo hacía, daba pie a que lo hicieran el resto, que tomaban por modelo; así que muchos, deudos o no, la seguían en dicho menester y me lo siguen llamando; hubo un tiempo en que me molestó, ahora ya no, mi piel y mis oídos se han acostumbrado).

Bueno, pues, ahora caigo en la cuenta de que no he recogido aún las tres frases de marras, de su ignoto adagio, pues a mí, lo reconozco sin ambages ni requilorios, no me constaba: “La grandeza del hombre reside en que es un puente y no una meta. Del hombre se puede amar que es una transición y una puesta de sol. Amo a aquellos que no saben vivir más que hundiéndose”.

Con todo lo que he escrito, lector, aún no sé cómo, he hecho un rosario, y esa metáfora me ha llevado a otras, vistas del derecho y del revés, por el haz y por el envés; en resumen, que me ha hecho recordar la desdibujada (en mi memoria), pero absurda y genial, película “Amanece, que no es poco”, de José Luis Cuerda, en donde, en lugar de hundirse una persona, puede salirte o brotarte un hombre, cuando menos lo esperas, en medio del bancal. Y, según quienes saben de ese ámbito, los hortelanos expertos, hay que arrancarlo y trasplantarlo, pues chupa mucha agua y te deja la tierra seca.

Te aviso, lector, que aquí no hallarás una colección de absurdos memorables, o sea, dignos de recordar; si esa es tu pretensión, te recomiendo encarecidamente que vuelvas a ver la película de Cuerda, a la que seguramente él, se halle donde se halle, si existe la vida de ultratumba, cielo o infierno (que existen, pero me temo que se viven aquí, en el planeta azul, la Tierra), estará dándole cuerda hasta a su reloj inteligente, digital.

   Nota bene

Mi Costanza, a la vista está, nada tiene que ver con Costanza Piccolomini Bonarelli, la que fuera amante del genial escultor Gian Lorenzo Bernini, de la que Barbara Celis, nos contaba este fin de semana esto: “En cuanto a sus esculturas, todas las hizo por encargo excepto una: la de su amante, Costanza Piccolomini Bonarelli, a la que vemos en la muestra con un gesto apasionado y mostrando el escote. Lo que no se ve es lo que Bernini le hizo después: al descubrir que ella también mantenía una relación con su hermano Luigi (no me ha quedado claro de quién era hermano Luigi, ¿de Costanza o de Bernini?), el escultor ordenó a un siervo que destrozara el rostro de Costanza con una cuchilla y luego trató de matar a su hermano (¿de Costanza o Gian Lorenzo?). Por si no bastara, Costanza fue obligada a entrar en un convento acusada de adulterio. Urbano VIII acudió al rescate del artista y Gian Lorenzo Bernini nunca fue condenado”, en EL PAÍS.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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