LLAMA “MAESE PÉREZ” MI HERMANO “USE”
Ayer, pasados diez o doce minutos como mucho de las dieciocho horas, tras escribir la segunda versión de mi hodierna urdidura en prosa y, tras leerla, quedar conforme (la satisfacción suele quedar postergada para el día siguiente, cuando la paso a ordenador y la leo tres veces, requisito imprescindible, necesario, para darla por buena), cuando me disponía a salir por la puerta del edificio donde vivo a la calle para dar el primer paseo de la tarde, que suele ser, asiduamente, más largo y, por ende, más duradero que el segundo, el posterior a la cena, me llamó por teléfono mi hermano “Use” para decirme que me subía una mata de borraja de su huerto, y que le esperara junto a la fachada del cine Moncayo, en la tudelana calle Mauleón, para entregármela. Use usa conmigo el sobrenombre de “maese Pérez” y yo utilizo el vocativo de su hipocorístico, el expresado arriba, para llamarlo o hacer referencia a él.
Como nunca le he preguntado al respecto, ignoro si mi hermano ha leído los capítulos XXV, XXVI y XXVII de la Segunda parte del “Quijote” cervantino, donde se cuenta qué le ocurre al retablo de Melisendra, teatrillo portátil de marionetas o títeres que maneja Ginés de Pasamonte, oculto tras el parche de tafetán verde que le cubre su ojo izquierdo y media cara, y con los comentarios certeros que hace su mono adivino.
Haya leído los capítulos citados y hasta las dos partes de la inmortal novela de Cervantes, sin querer queriendo, tal vez, como solía expresar “el chavo del Ocho/8”, me hace un elogio con el mote que me ha puesto, si por maese Pérez se refiere a maese Pedro, el personaje que se esconde tras el mentado Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes que liberó don Quijote en el capítulo XXII de la primera parte de su imperecedera obra. ¿Que por qué? Porque Ginés se las ingenia para, mediante una añagaza, estratagema o subterfugio, dar de lleno en la diana con lo que finge que le dice el mono amaestrado al oído. Algo parecido hace este menda con lo que supuestamente le soplan a su pabellón auricular externo sus diferentes musas, numen o estro poético. Y, cuando Ginés monta con pequeñas figuras un teatrillo, otro tanto hace servidor con la única ayuda de su imaginación, que pone al servicio de sus palabras.
De la atenta lectura de los tres capítulos mencionados cabe extraer una serie de verdades como puños (vencedores, por K O, puesto que te llevan a besar la lona) y un breve tratado de preceptiva literaria. Probémoslo todo ello con razones.
En el capítulo XXV leemos un aforismo que repite más veces don Quijote, cuando maese Pedro elogia a don Quijote y a Sancho Panza, “el mejor escudero del mejor caballero del mundo”, tras aparentar que se lo ha chivado su mono: “el que lee mucho y anda mucho vee (con dos es, sí, como si fueran los dos ojos de una cara) mucho y sabe mucho”. También leemos que “el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a relucir a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”.
En el capítulo XXVI, una vez empieza el muchacho, que ayuda a de maese Pedro, a explicar lo que va a suceder o está ocurriendo en el retablo, don Quijote le corta sus digresiones así:
“—Niño, niño —dijo con voz alta a esta sazón don Quijote—, seguid vuestra historia línea recta y no os metáis en las curvas o transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas”.
Y abunda o confirma ese parecer maese Pedro, que agrega:
“—Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado: sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles”.
Y el trujamán o intérprete, aprendida la lección, evita dar razones arguyendo “no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el fastidio”.
Habiéndose desmandado de nuevo el mocete, maese Pedro le reconviene:
“—Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.
Cuando el intérprete menciona campanas en el territorio moro de Sansueña/Zaragoza, don quijote, ante la evidente falta de verosimilitud, le ataja con esta razón:
“—¡Eso no! —dijo a esta sazón don Quijote—. En esto de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto de sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate”.
Ahora bien, maese Pedro le intentó convencer con otro argumento, que parece llevar aparejada una pulla contra el arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, con la que parece haber persuadido a don Quijote, que coincide en el criterio:
“—No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le halle. ¿No se representan por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera y se escuchan no solo con aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir, que como yo llene mi talego, siquiera represente más impropiedades que tiene átomos el sol.
“—Así es la verdad —replicó don Quijote”.
Pero la ficción deviene en la testa de don Quijote verdad, se le cruzan los cables e interviene en la representación de la mentira, y destroza el teatro y las figuras, que quedan desfiguradas.
Una vez recobrado el sentido común, don Quijote explica su proceder de esta guisa:
“—Ahora acabo de creer —dijo a este punto don Quijote— lo que otras muchas veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno. Por eso se me alteró la cólera, y por cumplir con mi profesión de caballero andante quise dar ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis visto: si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costa: vea maese Pedro lo que quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagárselo luego, en buena y corriente moneda castellana”.
Al final, hubo arreglo entre las partes y Cervantes concluye así el episodio:
“En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo”.
En el comienzo del capítulo XXVII se cuenta quién era maese Pedro, Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes que liberó don Quijote en Sierra Morena y quien le robó el rucio a Sancho Panza.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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