OIRÁS, POR EXPONERTE DEMASIADO:
“ME HABÍAS OCULTADO ESE REGISTRO”
En “El banquete”, Platón, seudónimo de Aristocles, pone en boca del poeta cómico Aristófanes una narración que ha devenido en mito clásico y crucial sobre el amor, puesto que ha concedido carta de naturaleza a la idea, extendida por el orbe entero, de que todas las personas tenemos un alma gemela, “nuestra media naranja”, esperándonos para complementarnos, completarnos, y hacernos inmensamente dichosos.
A la susodicha opción prefiero una alternativa. Y, así, para mí, está claro, cristalino, que, en lugar de una media esfera, toda persona es un poliedro. Abunde conmigo el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, o discrepe, seguiré adelante con mi disertación. Tal vez las razones que vaya agregando o ensartando este menda en su discurso le lleven a decantarse por disentir de mi criterio o, al contrario, por coincidir aún más con mi parecer. Yo, metafóricamente hablando, me veo a mí mismo y considero un cuerpo geométrico limitado por diferentes caras. Esa pluralidad de facetas es evidente, ya que, dependiendo de las diferentes circunstancias comunicativas en las que nos hallemos (dónde y con quién/es dialoguemos), usaremos los hablantes unas expresiones y palabras y no otras, un registro idiomático y no otro (y, de ese modo, demostraremos nuestra competencia lingüística). ¿Quién no ha escuchado alguna vez decir a la persona con la que hemos compartido un rato de charla o conversación, seguramente, por habernos expuesto demasiado a su particular o peculiar escrutinio: “desconocía ese aspecto concreto de tu carácter” o “ignoraba ese modo o variante específica de tu personalidad” (sea para encomiar o para afear una conducta o comportamiento que has tenido, el que sea)?
En ese poliedro que soy (y que eres tú también, lector; si te exploras a conciencia, si te investigas en profundidad, lo averiguarás y abundarás conmigo en la opinión), el ciudadano que se llama y apellida Ángel Sáez García y tiene en los números de su DNI unos, sietes y nueves repetidos, echamos mano del mismo cacumen o caletre que tenemos a nuestra disposición varias personalidades (a veces, nos mezclamos varios sujetos y resulta un revoltijo, enredo o confusión de padre y muy señor mío), el mencionado civis mundi, con las varias plumas de sus diversos heterónimos o seudónimos. Tengo la impresión refractaria de que acarreo y contengo, asimismo, plurales lectores y correctores. Y, teniendo en cuenta quiénes llevan las riendas de los caballos que realizan esas labores o tareas, lecturas, relecturas y enmiendas (con los añadidos y las supresiones), que tienen mis textos, así serán mejores o mediocres, mis urdiduras o “urdiblandas”.
Habiendo llegado a la conclusión provisional (toda verdad coincide, desde que leí a Karl Raimund Popper, en ser también interina) de que la realidad, lo que me sucede a diario, es el mayor caudal de información que recibo, hago con él lo mismo que hacían las familias de los pueblos españoles durante la posguerra con el cerdo, que cebaban a lo largo del año y, llegada la festividad de san Martín, lo sacrificaban, y de él aprovechaban todo, hasta sus postreros andares.
En mi cerebro (esa certeza se ha impuesto con machacona contundencia) hay una inmensa picadora de noticias y, asimismo, una serie variopinta de tripas e intestinos, que, una vez limpiados, me sirven para embutir las diversas piezas literarias, convenientemente especiadas y espaciadas, que semejan chorizos, salchichas, salchichones, etc.
Como conclusión y epítome, me brota escribir que mi seso es una fábrica en la que entran ciertas informaciones y, tras la oportuna metamorfosis, salen otras, con mi firma, que son las que usted, atento y desocupado lector, se lleva a los ojos. Y unas, me consta, le placen, flipan o chiflan más que otras. Lo lógico y normal.
Nota bene
Quien leyera el pretérito sábado 14 de marzo de 2026 la columna titulada “En medio de un tornado”, que firmó su autora, Ana Iris Simón, en la página 14 de EL PAÍS, me entenderá, si vuelve a releer las líneas que subrayé otrora y he entresacado ahora de su pieza literaria para afianzar mi tesis: “(…) También en la voluntad —y en la capacidad— que tienen los críos de contarle a los desconocidos quiénes son en unas pocas frases, solo comparable a la de otro grupo demográfico: los ancianos. Los primeros, porque aún no se han puesto demasiadas máscaras. Los segundos, porque ya se han quitado la mayoría de ellas. Entre la niñez y la senectud, la mayoría perdemos esa naturalidad que lleva a críos y viejos a dar trocitos de sí a todo el que esté dispuesto a recibirlos. Salvo honrosas excepciones, el resto vivimos con miedo a que nos conozcan, pero con sed constante de vernos reconocidos”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home