MIS PUPILAS VOLVIERON A ALUMBRARSE
Ayer, cuando llegamos al castillo medieval mudéjar, la parada de Trinquete, me incorporé, sin llegar a ponerme en pie del todo, alargué el cuello y le eché un vistazo raudo al exterior del bus y, ¡albricias!, volví a ver el rostro que confiaba, deseaba y esperaba vislumbrar, el de Nieves, que ocupaba el quinto o sexto lugar en la cola que se había formado para subir al autobús que cubría el trayecto de Rosales a Algaso. Me desplacé al asiento 25 y le cedí a ella el 26, tras tocar con la palma de mi diestra el mismo, como queriendo darle a entender que estaba calentito. En esta oportunidad, Nieves fue la que disparó primero, tras darnos los buenos días y los preceptivos ósculos, una vez estuvimos sentados en nuestras nuevas y respectivas plazas:
—¿Qué opina de las críticas?
—¿De las que hago a los demás o de las que me hacen?
—De ambas.
—Quien tiene criterio, al exponerlo, velis nolis, critica, da su parecer sobre lo bueno y lo malo de una obra. Uno lo puede hacer a los trabajos de los demás y a los suyos propios. La autocrítica es fundamental para mejorar y, así, poder alcanzar la excelencia.
—Reconozco que no me pierdo la que publica los lunes sobre varias crónicas del finde de EL PAÍS, donde me parece que es ecuánime, justo.
—Lamentablemente, no tienen el recorrido apetecido, porque la burra sigue volviendo al trigo y la enseñanza cayendo en saco roto, al quedar mi DES, dedicación, esfuerzo y sacrificio, en agua de borrajas o cerrajas, en nada. Y es una verdadera pena que el mejor periódico de España, en mi modesta opinión, sin desmerecer a los demás (aunque ya sabes, si me lees con asiduidad, qué pregunta solía formular Federico Cuadrado, personaje unamuniano de “Abel Sánchez”, 1917, cada vez que escuchaba una alabanza: “¿Contra quién va ese elogio?”), porque casi todos son buenos, desprecie aquello que le serviría para elevar unos cuantos peldaños más su calidad, categoría y prestigio, porque yo hago todo lo que puedo con mi labor, aunque no tenga esta la repercusión que ansiaba y pretendía, que se me hiciera caso y eso ayudara a llevar al Periódico Global a hollar la cumbre, el ochomil de la excelencia.
—Lo que me admira de usted es su capacidad camaleónica, proteica, su versatilidad, que pueda pasar de escribir en prosa al verso sin aparente dificultad, porque parece hacer ese tránsito sin encontrar traba, cuando le da la real gana.
—Te agradezco el cumplido, pero la cosa no es tan fácil. En mi caso, que es el que conozco, hay textos que piden una u otro, la prosa o el verso, aunque he intentado y conseguido fusionar ambos varias veces sin estridencias.
—Me gusta que corra riesgos y que no le moleste fracasar.
—Es que el fracaso puede ser muy aleccionador. Los errores, si sabes sacarles el máximo partido, pueden ser excelentes educadores. Me gusta hacer lo que algunos toreros, aunque deteste la tauromaquia, probar cosas nuevas en cosos nuevos. Quiero decir que me limito a explorar y, si advierto en ello un acierto, explotar esa veta (y, si es de oro, con más razón).
—Me asombra que sea prolífico.
—Una vez tienes el cerebro bien amueblado, has de cazar al vuelo o pescar sin anzuelo una idea sobre la que discurrir o disertar y ponerte a ello sin demora. Y, una vez termina la pieza y la firmas, compruebas que quedas razonablemente satisfecho, nunca completamente, porque todo es perfectible.
—¿Durante el proceso de escritura cambia algo de la idea original?
—Siempre se enriquece; compruebas que había datos que no habías considerado y los incorporas, sin pedirles el carné, si entiendes que apoyan tu tesis.
Me suena el teléfono y atiendo la llamada; es mi hermano Jesús María, “el Chichas”, que me ofrece mermelada de fresa, que acaba de hacer su esposa, mi cuñada Elena, y quedamos en que bajaré a su casa por la tarde a por un tarro.
Nieves me asevera:
—Acabo de constatar que es verdad que no tiene un smartphone, sino un teléfono tonto.
—Que es más inteligente que los así llamados, me temo.
Y llegados a Algaso, nos despedimos y besamos de nuevo, y ella baja pitando las escaleras, porque tiene un par de minutos apenas para enlazar con el bus que va a la capital maña.
Nota bene
Cuando escribo o hablo de crítica literaria siempre suelo recordar dos textos, uno de “Juan de Mairena”, de Antonio Machado, y otro de “El olor de la guayaba” (1982), donde, entre otras muchas cosas, Plinio Apuleyo Mendoza pregunta esto y Gabriel García Márquez contesta lo siguiente:
—Siempre hablas con mucha ironía de los críticos. ¿Por qué te disgustan tanto?
—Porque, en general, con una investidura de pontífices, y sin darse cuenta de que una novela como Cien años de soledad carece por completo de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que solo ellos pueden descubrir, asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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