DE PALIQUE EN EL BUS CON FULANITA (II)
(Sigue donde quedó cortada o truncada la conversación anterior.)
—¿Sabes que conozco a uno, dos, tres y hasta cuatro médicos que cursaron el BUP y el COU por letras y son, déjame que te lo diga, sin ánimo de darte envidia ni intención de menoscabar un ápice tu dignidad, por supuesto, unos estupendos galenos?
—A mí, lo reconozco sin ambages, excepto la Anatomía, las cuatro asignaturas restantes de primer curso me pudieron. Hay que tener altura moral para reconocer la derrota en el mismo momento en que esta se produce. Aunque hubo un tiempo, breve, muy corto, en el que pensé continuar la carrera (incluso en algún sueño esporádico reciente me he hallado cursando el mir —en ello, supongo, habrá influido algo, ignoro cuánto, que mi sobrina Alba lo está realizando actualmente—), el impulso de escribir que acarreaba conmigo era tan grande, prioritario y pujante o vigoroso, que arrasó o se llevó a otros, secundarios, por delante. Dejé de salvar a mis semejantes por una vertiente de la montaña o faceta del poliedro, pero pretendo hacer lo mismo por otra; la literatura también puede ser reparadora, si no como la cirugía, casi.
—Muchas veces no podemos solucionar un problema. Sumo varias especialidades en esas “muchas veces”.
—¿Te vienes abajo?
—No, en el grueso de ellas; y es que nos da ánimos a seguir en la brecha, nos alientan, los casos en los que el problema queda parcial o totalmente solventado. La gratitud de un paciente curado no tiene parangón con otras muestras del mismo sentimiento, o tal vez sí, pero yo la/s desconozco.
—La gratitud, cual sólido limitado por superficies planas, también tiene muchas caras. A veces, el paciente está tan acongojado, tan acojonado antes de la intervención, que, cuando esta ha ido de maravilla, ha resultado óptima, aún tiene el pasmo con el que cursa el pavor o miedo cerval encima, metido en el cuerpo, y necesita tiempo para tamizar todo lo ocurrido y expresar sus gracias. Lo sé por propia experiencia.
—Coincides con el parecer que varios pacientes, que han dejado de serlo (no por haber fallecido, sino por haber sanado del todo), me han expresado, transcurridos tres y hasta más meses de la operación. Por cierto, ¿cómo va tu filtrado glomerular?
—Bien; bueno, ¿cómo sabes que padezco insuficiencia renal crónica? Ah, ya; el bocazas que porto y porteo tiene la culpa. Suele estar entre 35 y 38. No necesito diálisis.
—Te lo he preguntado por dos motivos, uno, porque el dato aparece en alguno de tus textos, pero te recomiendo que no te martirices, y, dos, porque yo también sufro el mismo mal.
—Los médicos no estáis exentos de padecer enfermedades, libres de males, no sois una especie aparte, sino como el resto de los mortales. Te ruego encarecidamente que no me copies el título, porque te acusaré de plagio, pero de la frase que acabo de proferir cabe extraer un endecasílabo sáfico que pudiera venir pintiparado, verbigracia, como subtítulo de esta urdidura o “urdiblanda”: “Del mal los médicos no están exentos”.
—Y yo soy una muestra de ese aserto.
—Que es otro endecasílabo, sí, heroico. ¿La misma afición tienes que este menda, versear dos sonetos cada finde?
—No tengo tu rutina creativa.
—Pero el ritmo me sigues con soltura.
—He aprendido a salir de los aprietos.
—¿Qué consejo a tus hijas les repites, que ya he hecho callo o mella en sus seseras?
—Que solo el tándem es igualitario cuando puedes marcharte cualquier día, pero permanecer has elegido a su vera porque es maravilloso.
—Que siga transitando ese camino, sin hacer probaturas escabrosas.
—Si a su lado desea aparecer en más fotos de viajes por el orbe, sabe qué derrotero es adecuado.
Llegados a Rosales, lo obvio inquiero:
—¿Qué vas a hacer ahora, Fulanita? ¿Aceptarás comer conmigo en casa?
—Gracias. Vuelvo a la mía satisfecha; narraré lo logrado a Menganita.
—¿Puedo darte dos besos en la cara?
—Ambos nos merecemos un morreo.
Y me lo dio ella a mí, pero le dije:
—Cuando quieras podemos iterarlo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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