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Cué y sus latiguillos a gogó

Ángel Sáez García 19 May 2026 - 14:00 CET
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CUÉ Y SUS LATIGUILLOS A GOGÓ

SI NO TUVISTE ASAZ CON UNA TAZA,

AHÍ VAN DOS, TRES Y HASTA CUATRO, LLENAS

El lector de EL PAÍS (asiduo lo es servidor de la versión de papel; esporádicamente, también de la digital) que no tuvo bastante con los artículos incompletos que el sábado 16 firmaron E. Saiz y E. García de Blas, de manera conjunta, y Lourdes Lucio, en solitario, en las páginas 16 y 17 del número 17.818, el domingo 17 pudieron leer en el siguiente, en su página 25, la crónica titulada “Andalucía cierra el ciclo electoral sin alterar el plan de Pedro Sánchez”, que firma su autor, Carlos E. Cué.

Soledad Alcaide, Defensora del Lector, en la urdidura titulada “Noticias sin fuentes, la mala hierba en la Redacción”, publicada en la página 20 del número 17.791 de EL PAÍS, del domingo 19 de abril de 2026, hace un mes justo, en el apartado que lleva el marbete “Normas”, alegaba qué decía el Libro de Estilo sobre las fuentes: “El manual exige que los periodistas citen una fuente siempre que no hayan estado en el lugar de los hechos que narran, ya sea un testigo presencial o un documento que explica los hechos. La regla general es que el reportero debe ‘esforzarse en huir de las fuentes anónimas y citar el nombre de quienes hablaron con él’. Pero en algunos ámbitos, como la política, los tribunales o las empresas, resulta una rareza porque los informantes exigen como condición permanecer en la sombra”.

¿Qué cabe colegir del texto entrecomillado en el parágrafo precedente? Es un hecho incontestable que las cosas son de esa guisa, pero esa manera de proceder se puede (y debe) cambiar, porque todo (a excepción de la muerte, por supuesto) es mejorable, perfectible. No nos podemos conformar ni los lectores ni los periodistas que trabajan en EL PAÍS con que las cosas sigan así. Los redactores, si no son favorables, por comodidad, a mudarlas, a optimizarlas, no están cumpliendo a rajatabla con su labor de informar. ¿A los lectores solo nos queda apechugar con la pechuga y, velis nolis, sin freír ni cocinar, tragarla? ¿Los lectores nos vamos a quedar de brazos cruzados y vamos a tolerar semejante indignidad, que nos puedan dar gato por liebre? Algunos no estamos dispuestos ni nos mostramos favorables a renunciar a nuestros derecho y deseos diarios de controlar al poder y a los propios periodistas que nos abastecen de noticias, a que el periódico que leemos deje de ser el mejor diario de España (y, por esa razón, algunos lo censuramos y criticamos a quienes escriben en él, para que siga siendo un modelo o referencia, el mejor, el óptimo, y la complacencia no haga que el suelo que pisa se vuelva inestable bajo sus pies), por tener unos periodistas conformistas. Si no tienen que entrecomillar comentarios, que no lo hagan, pero que no se dejen torear y luego hagan ellos lo propio con nosotros, darnos una larga cambiada, intentando tomarnos el pelo, sin ser peluqueros.

En esa misma pieza o urdidura de la Defensora, citada arriba, leí unas palabras de Carlos E. Cué que me escamaron (por lo que, implícitamente, me escamoteaban): “para huir del relato controlado, a veces solo podemos trabajar con fuentes anónimas” (que es una forma sibilina de decir amén al relato controlado a medias, al alimón; así de claro y cristalino veo el caso yo). ¿Se estaba poniendo Cué la tirita o la venda antes de recibir el corte, la herida? Eso parece.

Vayamos a las muletillas (según vocablo que gusta usar Soledad Alcaide), que yo prefiero llamar latiguillos, aunque los dos vocablos son sinónimos de coletilla, de Cué:

“‘Autonómicas y generales son dos mundos. Nuestras cifras para generales nos dicen que somos muy competitivos. No estamos lejos de ser el primer partido, de ganarle al PP. No tiene sentido hacer ninguna revolución por las andaluzas cuando los dos procesos llevan ritmos muy distintos’, señala una persona de confianza del líder (y a mí me nace preguntar: ¿quién podrá ser?). ‘El plan se va a mantener sin grandes giros. Las andaluzas sí sirven para cerrar el ciclo autonómico y empezar a mirar ya las generales y municipales, pero arrancamos de nuevo; cada partida es diferente’, coincide otro (y a mí me brota interrogar e interrogarme: ¿quién estará detrás?)”.

“‘Lo único seguro es que Sánchez va a convocar las elecciones cuando crea que las puede ganar. No tirará la toalla como hicieron González o Zapatero adelantándolas para perder. Sánchez irá a por todas. Y por eso nada indica que sea inminente’, señala otro miembro del Ejecutivo”.

Otro dirigente (y a mí me surge formular la siguiente pregunta: ¿quién podrá ser?) cree que, en cualquier caso, los alcaldes, aunque presionen, no tienen capacidad de forzar a Sánchez a hacer nada en contra de su voluntad: ‘No hay que olvidar que en el PSOE hay muy pocos Abel Caballero, esto es, muy pocos alcaldes que tengan más votos que Sánchez. Él tiene el capital político, la conexión con el electorado, y está claro que no logra transferirlo, ni a Pilar Alegría ni a María Jesús Montero, y ya veremos en las otras elecciones con ministros. Es él quien puede cambiar las cosas con su tirón, como hizo en 2023. Y por eso es él quien tomará esa decisión, la más difícil de todas, del día de las elecciones’”.

Y ahí están las cuatro tazas prometidas en el subtítulo que encabeza estos renglones torcidos, si no llenas, casi.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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