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Salvo en Rosales, donde siempre lo hallo,…

Ángel Sáez García 10 Jun 2026 - 14:00 CET
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SALVO EN ROSALES, DONDE SIEMPRE LO HALLO,

REMEDIO NO ENCUENTRO A MI POZO SECO

EN OTRA POBLACIÓN CERCANA A ALGASO

Desde que ideé el argumento, lo vengo iterando allí donde juzgo que puede cuadrar o encajar, como alianza en el dedo anular, o sea, al principio, en medio o al final de una conversación de cierta enjundia, por la sencilla razón de peso de que nadie, hasta la fecha, lo ha abatido o derribado, porque se mantiene firme, de pie, sobre su peana o pedestal, que, para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, que es o cabe comparar la vida, son necesarios dos ingredientes fundamentales, el amor y el humor; el amor, para comprender y perdonar; y el humor para soportar. Y quien no tiene amor puede suplir dicha carencia y seguir tirando con doble ración de humor. Si, según Jacinto Benavente, “al amor lo pintan ciego y con alas. Ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos”, al humor lo pintan con cuatro ojos, o sea, con gafas, y con unas ganas irrefrenables de reír a mandíbula batiente; y es que nadie ha conseguido objetar que la risa no sea una estupenda terapia.

Ayer, por la tarde. mientras esperaba mi turno en la peluquería de caballeros (con el cabello largo o excesivo para el sujeto en cuestión; adonde nadie llega allí montado en un corcel, ni se marcha de allí subido en la silla colocada sobre el lomo de una yegua) de costumbre, y mataba el rato de espera leyendo, verbigracia, echando un vistazo rápido, pasando las hojas de una revista de información comarcal, reparé, en la sección de los obituarios (las compañías o los dueños de los tres tanatorios de Algaso consideran imprescindible pagar una página de propaganda en dicha publicación mensual, en la que aparecen, minimizadas, las esquelas de las personas que los familiares directos de los finados decidieron que los cadáveres de sus parientes fallecidos permanecieran allí antes de la misa de funeral, si la hay, de ser cremados (cada vez son más), y luego puestas sus cenizas o restos en nicho, columbario o bajo tierra; a fin de que los amigos y deudos del óbito puedan ir y darles allí el último adiós y sus allegados recibir el acostumbrado pésame de los concurrentes) en que había fallecido recientemente Ángela Manrique Munárriz, la señora octogenaria, a la que tuve la suerte de conocer y conversar con ella en el autobús, durante un trayecto corto, de Algaso a Trinquete, donde ella vivía.

Me quedé pasmado, sorprendido, porque Ángela me pareció una mujer vital, a pesar de su edad, pero aún me admiró más cuando, unas esquelas más abajo, comprobé que allí estaba también la de su hermano, deduje, por sus mismos apellidos, Pedro Manrique Munárriz, que había finado sus días en el planeta azul, la Tierra, una jornada después de haberlo hecho su hermana pequeña.

Ese doble deceso, con apenas veinticuatro horas de diferencia, me hizo recordar el caso de un matrimonio muy unido, que murió con un escaso día de retraso. Él lo hizo el 29 de septiembre y su esposa el 30 (unos aseguran que murió en el propio cementerio, nada más ennichar a su marido, y otros que lo hizo en el camino de regreso al pueblo desde el camposanto, que queda algo apartado del conjunto de casas que lo conforman, Rosales, que, aunque el nombre verdadero no sea ese, es el que he cambiado y uso en mis urdiduras y “urdiblandas”. Admito que el nombre auténtico no es Solares, que es uno de sus posibles anagramas, como más de un lector me ha preguntado por correo o por la calle.

Aunque entonces no lo recogí en el texto que escribí a propósito de dicha coincidencia y contacto con Ángela, he rememorado qué me adujo la octogenaria dicharachera, que vivía con su hermano Pedro, que ambos estaban solteros, y que se llevaban como el perro el gato (aunque he visto mascotas de esas dos especies en una misma casa, conviviendo como hermanos bien avenidos).

Y es que, como dice una copla popular, que cantaba Emilio José, “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio; contigo, porque me matas y sin ti, porque me muero”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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