EL MANDAMIENTO UNDÉCIMO DESOYEN
QUIENES NO HAN SIDO CORREGIDOS NUNCA
“Se puede enderezar la rama tierna, verde, de un árbol o arbusto, ya que, por ser joven, es aún flexible, aunque no lo sea tanto como un junco; ahora bien, conforme va creciendo, envejeciendo, la madera de la tal se vuelve más dura y rígida, dificultando y hasta imposibilitando su corrección. Quienes lo han intentado se han encontrado con lo inesperado y acaso también insólito, la quiebra de la misma”. Hace muchos años, más de medio siglo, le escuché argüir el apotegma que encabeza este texto durante un recreo, no dentro de un aula del seminario menor navarretano (y es que, como argumentó también otro sabio iletrado, analfabeto, que los hay —quien ponga en tela de juicio el aserto, que lea el discurso que pronunció el escritor luso que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura de 1998, José Saramago, con la grata ocasión de la entrega del mismo en Estocolmo, porque en el arranque del susodicho reconoció que la persona que más había influido en su existencia y en su peculiar visión del orbe fue su abuelo materno, Jerónimo Melrinho, que, jugando servidor con la eufonía o sonoridad de dicho apellido, a mí me brotó decir en varias de mis clases que lo riñó y enmendó cuando se extralimitó, y fungía de pastor de cerdos en la aldea portuguesa de Azinhaga, cuando el insigne literato nació: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”; y, bajo la higuera del huerto familiar, ejerció de bululú o cuentacuentos; su yayo Jerónimo, presintiendo que estaba rondándole la muerte, acudió a dicho hortal y se despidió de los árboles, frutales o no, que allí había, abrazándolos, demostrando su “empatía” con la naturaleza, su compañera, mostrándose solidario con la biodiversidad—, cliente del mismo bar, con quien solía coincidir en dicho establecimiento de hostelería, donde acostumbraba a tomarme un cortado con leche fría, después de comer, y leer el Heraldo de Aragón, mientras estudiaba la carrera de Filosofía y Letras, en la capital maña: cualquier esquina puede ser una aleccionadora biblioteca —no sé por qué a mí me nació la especie de que se limitaba a repetir lo que había escuchado alegar a otra/s persona/s—), a Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo.
Él hablaba, por supuesto, metafóricamente. ¿Qué quería decir, sensu stricto? Grosso modo, que, mientras que el párvulo tiene arreglo, el rebelde indómito, ya hecho y derecho, y con senos turgentes y pezones en punta, si es fémina, o con pelo en el pecho, si es varón, que nunca atendió a razones (si las oyó proferir a sus educadores, en el supuesto de que los tuviera, todas ellas, sin excepción, cayeron en saco roto), seguirá haciendo y deshaciendo a su libre albedrío, hasta que se tope con uno o varios agentes de la justicia o la policía que sea, local, foral o nacional, que serán los que le echarán el “¡alto!” y le impedirán seguir en sus trece, sin regla que lo coarte en su proceder, haciendo de su capa un sayo, o sea, lo que le venga en gana.
¿Qué hecho ha motivado que el abajo firmante de estos renglones torcidos rememorara la información de arriba, cuanto se recoge en los dos parágrafos precedentes? La realidad pura y dura; en el piso inmediatamente superior al mío, aunque los días pasados ha hecho mucho calor en Tudela (como en el resto de los municipios, sean capitales, ciudades o pueblos, de España), la primera ola de calor del estío, los niños que lo habitan, en lugar de estar en la piscina dándose mil y un chapuzones, o durmiendo la siesta, tumbados en sus respectivas camas, aparentemente, se divertían (puede que, azuzados por sus padres y/o abuelos, nada que ver con los de Saramago, Jerónimo y Josefa), gozaban como críos, arrastrando sillas, mesas y demás enseres al alcance de sus manos o pies, es decir, sin dejar o parar de molestar. Deben ignorar que es el undécimo Mandamiento de la Ley de Dios, que no cupo entre los famosos diez, pues no pudo desplazar a ninguno de los que conforman la selecta decena de marras, en suma, impidiendo que me concentrara y pudiera escribir. Pocas veces empiezo a pulsar las teclas de la computadora sin contar con el apoyo o ayuda de mis medias cuartillas gualdas o amarillas.
Basta con haber cazado al vuelo o pescado sin anzuelo una idea para trenzar varios párrafos sobre ella. Y aquí está la muestra, una nueva urdidura dispuesta a ser leída e interpretada por el atento y desocupado lector, usted.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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