RAZONA EL CORAZÓN CON EMOCIONES
QUE LA RAZÓN QUIZÁ JAMÁS COMPRENDA
Soy español, porque mi señera y señora madre, Iluminada, ayudada por la comadrona de turno, me alumbró o parió el 30 de marzo de 1962 en Tudela, Navarra, España; pero, desde hace décadas, me considero civis mundi, ciudadano del mundo, o sea, que tengo ciudadanía española, pero me sienta bien, encaja y hasta cuadra estupendamente, la camiseta global, la azul, la del planeta Tierra, que, por cierto, marró morrocotudamente quien la nombró así, ya que hubiera atinado más si hubiera elegido para él el nombre de Agua, Mar u Océano, si somos justos, ecuánimes, que nos esforzamos en serlo, aunque numerosas veces nos quedemos a medio camino, sin culminar nuestro propósito.
Anoche, en la final del Campeonato del Mundo de Fútbol, en Nueva York, ¿con quién fui? Cuando aún era de día, iba con la Roja, pero no porque de ese color fuera ayer la que vestía la selección española de fútbol (que es el color habitual de la camiseta de las selecciones españolas de otros deportes, no todos), sino porque la primera, reglamentaria, en la que embutí mi torso, durante la adolescencia navarretana, fue la roja del equipo de cross o carrera a campo traviesa de los religiosos camilos, que llevaba estampada en su parte ventral, no dorsal, las letras “PP Camilos”, inolvidables.
Hace casi ocho lustros, en mi último año de carrera en la Universidad de la capital maña, 1987, me dio por leer, aprovechando las ocasiones que nos depara el azar, dos obras del polígrafo fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, en el que cabe hallar más de un antecedente de fray Ejemplo, mi proverbial personaje literario, su “Teatro crítico universal” y sus “Cartas eruditas y curiosas”. En el párrafo inicial del prólogo que el erudito fraile antepuso al tomo séptimo de su “Teatro” escribió: “Las plumas vuelan, colocadas en las alas de las aves; pero no hay movimiento más perezoso que el suyo, puestas en las manos de los hombres”. En el parágrafo 35 del discurso décimo tercero de dicho tomo, el séptimo, de la obra citada, rotulado “Lo que sobra y falta en la física” (alguien debería proceder a enmendar la información equivocada que aparece en la Wikipedia, que habla de parágrafo 37 y de “República de las Letras”), Feijoo redactó una idea que me ha servido en mi quehacer literario, que dice: “Así, yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles, ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que dictaren la experiencia y la razón”. De esos dos pensamientos deduje o inferí dos tesis, dos; una, o tienes disciplina y perseverancia en tu labor diaria o no tendrás nunca una obra que ofrecer a los demás; y dos, la experiencia es madre y maestra de ciencia y conciencia, aserto que se lo escuché aseverar muchas veces a mi piadoso progenitor, Eusebio. Luego comprobé que una idea de Blaise Pascal complementaba y aun completaba lo escrito por Feijoo, que “el corazón tiene razones que la razón ignora”.
Bueno, pues el intríngulis o busilis del pensamiento pascaliano lo volví a constatar ayer, una vez más, contemplando el encuentro entre las selecciones de España y Argentina, la final de la Copa del Mundo de fútbol, ese deporte o discurrir lúdico en el que dos equipos de once jugadores gozan dando patadas o cabezazos a un balón, atajando o despejando con los puños el portero y rematando a puerta con el pie o la testa el jugador de campo, cuando me brotó o nació preguntarle al corazón sobre emociones que la razón aún no ha aprendido a responder de manera satisfactoria. Cosa que hubiera hecho en un pispás, aunque se hubiera equivocado en todo o en parte, la IA, Inteligencia Artificial.
Nota bene
Como dejó bien dicho y escrito el Premio Nobel de Literatura de 1922, Jacinto Benavente, “en la pelea, se conoce al soldado; solo en la victoria se conoce al caballero”, omito la censura o crítica que me disponía a escribir; así que me decanto por recoger la oportuna loa final y el siguiente pensamiento. A pesar del sufrimiento, España mereció la segunda estrella que obrará en las camisetas de la selección española que, a partir de ahora, se compren/vendan y pongan.
Para mí, Lionel Messi (el balón en sus pies significó peligro hasta en el último partido que jugó con su selección) es el mejor jugador de fútbol que ha existido. Y un ejemplo (en tantos terrenos) a seguir. ¡Chapó!
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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