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En el taller del escultor Zardoya…

Ángel Sáez García 23 Jul 2026 - 14:00 CET
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EN EL TALLER DEL ESCULTOR ZARDOYA

EXISTE UN ORDEN, AUNQUE IGNOTO SEA

La primera persona que me habló de Tomás Zardoya fue Nieves, en alguna de las conversaciones que mantuvimos en nuestros encuentros-viajes en bus. Ella lo llama “el Miguel Ángel de Trinquete”. Tomás lleva golpeando el cincel con el martillo que agarra su diestra desde que falleció, como consecuencia de un fatal accidente de tráfico, su tío Félix, que fue quien le enseñó a salir airoso de los busilis, a solventar los intríngulis del oficio. Desde entonces, mayo de 1985, más de cuatro décadas, Zardoya se dedica a darle forma y vida a las muertas piedras que arriban a su estudio, imaginando mundos posibles donde ellas sean las protagonistas. Restaura todo lo que el paso del tiempo, el descuido y los desastres humanos o naturales han afeado o destrozado: capiteles, escudos, portadas, agregando su marca de la casa a esa parte de la belleza que aún permanece intacta.

Ayer, en lugar de dar mi matutino paseo por las rutas acostumbradas en torno a Rosales, bajé, como había pensado hacer, andando, a Trinquete, con el triple propósito de acercarme a conocer a Tomás y su taller y mantener con él una entrevista. Le había llamado por teléfono la tarde de la víspera a su vecina, Nieves, para que pudiera dedicarme una hora, al menos, de su tiempo. Nieves hizo el encargo y me llamó para cerrar la cita. Zardoya me invitó a comer con él y su sobrina Lucía, que vive y cuida de él, pero decliné el convite, porque había quedado con el panadero y aproveché que este subía a Rosales a fin de repartir el pan, magdalenas y demás artículos, para acompañarle en dicho trayecto. Nieves había hecho con Tomás lo mismo que hizo previamente conmigo, hablarle de mi vocación y pasiones, como a mí de las suyas.

El taller de Tomás es un museo en su lógico y paulatino proceso de creación. Tiene en él obras sin comenzar, empezadas, a medias y pocas, muy pocas, acabadas, aunque a algunas de las últimas les falta que le ponga su firma, las iniciales de su nombre de pila y primer apellido, o sea, la T y la Z.

Quien entra, por vez primera, en el taller de Zardoya tiene, nada más acceder a él y tras llevar una hora larga en su interior, constatación de que allí reina el caos, el desorden. Pero, conforme va tomando conciencia y confianza con el susodicho artista y su espacio, uno tiende a pensar que Tomás sabe dónde se halla todo, que existe un orden que solo él conoce, por supuesto.

Zardoya me ha revelado que no es la primera vez que nos veíamos.

—¿Cuándo y dónde nos vimos? —le he preguntado, extrañado.

—Hace dos años, cuando los lunes y los miércoles iba a remozar tres capiteles del claustro del convento de Algaso. A fray Ejemplo y a ti os vi, sentados junto al banco de madera que está junto al pozo, hablando de vuestras cosas. Cuando os despedisteis, me diste los buenos días, pero me temo que no te fijaste en lo que hacía.

—Perdón, Tomás, pero soy un despistado redomado.

—No lo creo; vas a tus asuntos y estás pendiente de lo tuyo. Yo, ídem, pero curioseo. Sé que tú también lo haces, porque, desde que empecé a hacerlo, te sigo leyendo, casi siempre con gusto.

—Como ese aserto es cierto, no lo objetaré.

—Nieves me explicó el origen de tu seudónimo principal, Otramotro. Y, si acudes pronto al claustro del cenobio algasiano, te recomiendo que le eches un ojo (en realidad, los dos, que no eres tuerto, me consta) al capitel que queda en frente de la puerta de la capilla, que es el último, por ahora, que he reformado. Te admirarás.

Y así quedó la cosa. Nos despedimos, dándonos un abrazo sentido y sincero.

Nada más bajar a Algaso, me faltó tiempo para llamar a fray Ejemplo y quedar con él, a fin de gozar con lo que más nos gusta coronar a ambos, darle a la mui o sinhueso. Ciertamente, nos asombramos ambos, al contemplar el capitel indicado por Zardoya. En un lado, sorpréndase usted también, atento y desocupado lector, como lo hicimos los testigos directos del hecho, Tomás había esculpido al proverbial rector de la Universidad de Salamanca, reconocible por su barba y gafas. Y, en el otro lado del capitel, a mí, sin el lipoma que acarreaba en la garganta y que la doctora Ciria (que merece que le ponga, allí donde convenga instalar un altar, y encienda, más que una vela, un cirio, para que le siga iluminando Dios o la Naturaleza su quehacer diario) me extirpó. Al principio, ese bulto de grasa era evidente, pero, cuando se enteró de la intervención exitosa de la citada especialista en maxilofacial, acudió con su cincel y martillo al claustro y lo hizo desaparecer.

Como de bien nacido es dar las gracias, aquí están y estarán cuando no estemos.

Nota bene

Al principio (en el borrador primigenio), el rótulo y los subtítulos de este texto en prosa fueron otros: “TOMÁS ZARDOYA CON LAS PIEDRAS HACE LO MISMO QUE HAGO YO CON LAS PALABRAS; DE IGUAL MANERA LO LLAMAMOS, ARTE”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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