¿QUERRÁ DECIRNOS ALGO TANTO AZAR?
Hoy, domingo 30 de agosto de 2026, entre las siete y las nueve menos cuarto de la mañana, hora a la que mi hermana, “la Nena”, me he despertado (me ha llamado al móvil para decirme que había visto las fotos del agasajo que le habíamos hecho la víspera a “el Chato”), mientras me hallaba descansando, durmiendo a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, soñaba que en un viaje en el Alvia (tren) que, por cierto, lo tengo previsto hacer dentro de tres semanas, el 18 de septiembre, de Tudela a la capital, Madrid, he coincidido, ella ocupaba el asiento de la ventana y yo el del pasillo, con L. G.; una vez nos hemos sentado en nuestras respectivas plazas, nos hemos presentado y hemos empezado a darle a la sinhueso.
Parece que ambos teníamos miedo al vacío, horror vacui, porque no hemos dejado ni treinta segundos sin palabra que fuera de emisor a receptor, o, intercambiados los papeles, a la inversa o viceversa, durante las dos horas que ha durado el trayecto.
Hemos tocado todos los palos de la baraja; hemos hablado de lo divino (poco) y de lo humano (mucho); hasta el asunto de la mecánica cuántica lo hemos tratado brevemente, porque los dos somos unos legos en el mismo.
En la estación de Madrid-Atocha hemos cogido un tren de cercanías que nos ha llevado a la T4. Allí hemos facturado y hemos aprovechado para comer. Hemos compartido la tortilla de patata y cebolla que llevaba ella y el jamón serrano y los plátanos que portaba servidor.
Tras pasar el control, hemos seguido dándole a la mui. Aún quedaban muchos episodios de nuestras correspondientes, exclusivas y peculiares existencias que no habían aflorado y merecían ser referidos y mencionados algunos de sus detalles o pormenores por ser suculentos (así llamados por una doble condición, ser sabrosos y lentos a la hora de narrar o sacar con o sin truco, y, por ende, si no marro en mi apreciación horrenda), truculentos.
Cuando hemos hecho fila, nos hemos llevado una sorpresa de aúpa, porque nuestros asientos en el avión, en el que nos disponíamos a embarcar para volar al aeropuerto de Tenerife-Norte, eran contiguos.
Tanto L. como yo, aunque no hemos hecho referencia a la casualidad, hemos pensado que acaso tanta coincidencia azarosa quería decir algo. Dentro de la nave, llegados a nuestros sitios, he pasado primero para ocupar el asiento del medio (del de la izquierda se había adueñado su interino propietario, un señor que estaba leyendo EL PAÍS) y L. se ha sentado en su plaza, a mi derecha, junto al pasillo; y hemos seguido a lo nuestro, a pelar otra pava, o sea, a hablar y a escuchar, repartiéndonos escrupulosamente los turnos de palabra.
Como nuestra conversación le ha parecido animada al señor del ventanuco, se ha colado de rondón y se ha sumado a la misma, al oír que L. me ha llamado Otramotro. Y él, ni corto ni perezoso, me ha preguntado: ¿Tú eres Otramotro? Y le he contestado la verdad, que sí.
Nos ha dicho a L. y a mí que se llamaba Juan Ruiz (y yo he pensado: anda, como el arcipreste de Hita, pero no he dicho nada, su anagrama) y que era un avezado entrevistador, y me ha interrogado si podía hacerme allí una entrevista. Como no he hallado razón para negarme y rechazar su propuesta, he accedido, y él ha empezado a formular las preguntas que ha considerado pertinentes.
La primera ha sido muy directa:
—¿Hace cuánto tiempo que sois novios? —pues Juan había deducido, por cuanto había escuchado de nuestra charla, que L. y yo lo éramos, sin duda.
—Si está permitido mentir en la primera y en la última respuesta de la interviú, le daré una exclusiva, que acaso tome usted por embeleco: desde hace dos años, si tenemos en cuenta todo lo que hemos hablado, aunque solo han pasado siete horas, desde que nos conocemos.
—¿Eso es cierto?
—(Tras asentir L. con su cabeza, yo he corroborado su gesto, diciendo:) Certísimo.
—Pues dime un defecto de tu reciente churri, que contenga, a su vez, una alabanza que tenga base real, que sea auténtica.
—¿Se puede pensar durante cinco minutos la respuesta?
—Se puede y debe.
—La única pega que le encuentro y pongo a L. es que es más alta y más inteligente que yo.
Y aquí ha terminado la interviú y el sueño, porque ha empezado a sonar mi móvil y me he despertado.
Nota bene
A mi hermana, “la Nena”, le tengo que decir que me debe el final de un sueño grato.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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