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Medio siglo de pan con chocolate

Ángel Sáez García 24 Sep 2026 - 14:00 CET
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MEDIO SIGLO DE PAN CON CHOCOLATE

Hay quien cree que el ser humano cambia un montón a lo largo de los años, y quien sostiene la tesis contraria, que apenas nada. Bueno, pues, sea verdad, o no, eso de que en la variedad está o estriba el gusto, considero que los dos opinantes anteriores tienen parte de razón. Ahora, mientras redacto estos renglones torcidos, constato que estoy merendando un trozo de pan y una onza o porción de chocolate. Y me digo (sin decirme nada, por supuesto, pues solo lo pienso): qué poco has mudado o mutado, Ángel, tus costumbres, en el medio siglo que ha transcurrido desde que estuviste estudiando en el seminario menor navarretano a hoy.

Junto con Tudela, ciudad donde nací y vivo, Zaragoza ha sido la capital de provincia y Comunidad Autónoma en la que más años he residido. Si no recuerdo mal, que puede (varios de mis amigos y excompañeros me han hecho saber y ver que, en más de una y de dos ocasiones, he fundido o sumado dos hechos, que acaecieron en días diferentes, a una misma jornada), fue mi señera y señora madre, Iluminada, quien me narró, grosso modo, la leyenda sobre esa disyuntiva que otrora todo quisque te planteaba, “a Zaragoza o al charco”, que yo ignoraba.

Al parecer, la explicación del dicho radicaba en una anécdota, esta. Un joven baturro iba andando desde su pueblo a la capital maña para ver la Basílica del Pilar por fuera y luego entrar y hacerle una visita a la Pilarica (o sea, además de rezarle una oración a la Virgen, rozarla, en puridad, darle un ósculo con sus labios al abombado y convexo, y con beso, pilar). Se le apareció en el camino un santo. Mi progenitora eligió a San Pedro, que le preguntó al zagal adónde iba. Y él, resolutivo, le respondió la verdad, que se desplazaba a Zaragoza. A lo que el santo le agregó tres palabras inexcusables: “si Dios quiere”, la prótasis necesaria para que se cumpliera su deseo y propósito, la apódosis. El joven, sin prestarle la debida atención o hacerle caso, insistió, perseverante, tozudo, que iba a Zaragoza, con determinación: “Quiera Dios o no”. Si el joven era pertinaz, el santo era como la gota de agua que logra horadar la piedra por ser constante. Y le hizo ver que, si no usaba las tres palabras mágicas, lo convertiría en sapo y lo mandaría a vivir en una charca que quedaba a tiro de piedra de allí. Ante la testarudez del zagal, lo metamorfoseó en batracio y envió donde le prometió que iría. El santo se apiadó y deshizo el hechizo. Para saber si había aprendido la lección, le preguntó, una vez más, adónde se dirigía. Y él mozo baturro, cabezón como él solo, contestó la disyuntiva de arriba: “A Zaragoza o al charco”.

Y todo esto, consabido hasta la saciedad seguramente, ¿a qué redaños viene, si puede saberse?, se preguntará con razón el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario). Pues a que, durante el corto cuarto de hora que hoy ha durado mi rato de siesta, mi inconsciente me ha suministrado un episodio onírico peculiar, en el que he soñado que alguien me había convertido en aligátor, caimán o (no me callaré un sinónimo más) yacaré; y no me mandaba a un charco, sino a un foso. Un semejante mío, ora cruel, ora desalmado, menudo congénere, se había encargado de construir alrededor de una cárcel un foso, que iba a llenar de mis primos hermanos o carnales, los cocodrilos del Nilo, a fin de que a los presos recluidos allí se les quitaran las ganas de evadirse del penal.

   Nota bene

   Si hay un sueño (con transformación incluida) que se me repite con relativa frecuencia, mientras estoy de vacaciones en el Puerto de la Cruz (Tenerife), donde me hallo disfrutando de diez días de asueto, es este, que el lector de cama (tumbado en ella) que soy, deviene en camaleón, una mera variante del monstruoso insecto en el que se convirtió Gregor Samsa, personaje ficticio de Frank Kafka en su obra clásica, “La metamorfosis”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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